—Esto empezó mucho antes que Marisol —dijo Teresa.
Dentro de la carpeta había recibos de nómina de doce empleados.
Todos figuraban como pagados.
Cinco aseguraban llevar meses recibiendo cantidades incompletas.
Dos habían renunciado creyendo que Arturo retenía sus salarios.
Y había tres nombres que Teresa no reconocía.
—Esas personas nunca han trabajado aquí.
Arturo sintió que la mandíbula se le endurecía.
Los salarios fantasma terminaban en cuentas distintas, pero la auditora encontró un patrón.
El dinero acababa concentrándose en una sociedad llamada Cárdenas Servicios Integrales.
Esteban había estado robando.
Pero la cifra era demasiado grande para un simple administrador.
—Hay casi cuatro millones de pesos desviados en seis años —explicó la auditora—. Y alguien autorizó excepciones cada vez que el sistema intentó bloquearlas.
Arturo miró la pantalla.
—¿Quién?
Teresa permaneció inmóvil.
La autorización superior pertenecía a Valdés Patrimonial.
Una oficina administrada por la hermana mayor de Arturo.
Verónica Valdés.
Aquella noche Arturo pagó personalmente todos los salarios pendientes y cubrió la deuda de Marisol mientras los abogados determinaban cuánto debía restituirse desde las cuentas intervenidas.
Daniela observó la transferencia en el teléfono de su madre.
—Entonces usted no sabía.
—No.
La niña frunció el ceño.
—Pero era su casa.
Aquello dolió porque tenía razón.
—Y debí saberlo.
Marisol intentó disculparse.
Arturo la detuvo.
—No vuelvas a pedir perdón por exigir lo que te pertenece.
Horas después, la auditora encontró algo todavía más extraño.
Marisol no figuraba únicamente en la nómina.
Su nombre aparecía en documentos mucho más antiguos.
Veintinueve años atrás, el padre de Arturo había creado un pequeño fideicomiso educativo.
Beneficiaria:
Marisol Cruz.
Arturo leyó el documento dos veces.
—Marisol tenía seis años entonces.
Teresa abrió otro archivo.
El fideicomiso había pagado su escuela durante nueve años.
Después, los pagos se detuvieron abruptamente.
La persona que ordenó cerrarlos había sido la madre de Arturo.
Pero quedaba un documento sellado.
Una carta de su padre, fallecido hacía once años.
Arturo pidió que localizaran a Marisol.
Ella regresó a la biblioteca con Daniela dormida contra su hombro.
—¿Conociste a mi padre?
Marisol palideció.
—No que yo recuerde.
Arturo le mostró una fotografía encontrada junto al expediente.
Su padre aparecía frente a una pequeña casa en Iztapalapa.
A su lado estaba una mujer joven sosteniendo a una niña.
Marisol dejó caer la fotografía.
—Esa es mi madre.
Arturo sintió que el pecho se le cerraba.
Entonces Teresa desplegó la última página del fideicomiso.
No decía que Marisol fuera hija de su padre.
Decía algo mucho más desconcertante:
“Los fondos permanecerán protegidos hasta que Arturo conozca la verdad sobre la familia Cruz.”
Debajo había una segunda instrucción.
“Si mi esposa intenta cancelar este fideicomiso, entregar a Arturo el expediente de Daniela.”
Marisol levantó la cabeza.
—Eso es imposible.
Arturo miró a la niña dormida.

—Daniela ni siquiera había nacido cuando mi padre murió.
Teresa negó lentamente.
—Por eso necesitamos saber quién añadió esa frase hace nueve años usando la firma digital de tu padre.