PARTE 2: Las medicinas que nunca debí tomar

Durante las semanas siguientes dejé de preguntar por Renata.

Alejandro empezó a llegar tarde.

Yo sonreía.

Renata publicaba flores.

Yo daba “me gusta”.

Mi suegra, Teresa, interpretó mi silencio como una victoria.

—Por fin estás madurando —dijo una mañana mientras colocaba frente a mí las cápsulas y frascos que llevaba meses dándome—. Un hombre como Alejandro necesita tranquilidad, no una esposa celosa.

Tomé las medicinas.

Pero aquella tarde hice algo diferente.

Guardé una muestra de cada envase.

Luego pedí una cita médica independiente.

No acusé a nadie.

Solo quería saber exactamente qué estaba tomando.

Mientras esperaba los resultados, retomé en secreto el plan que había abandonado al casarme.

Mi maestría.

La universidad europea que dos años antes me había ofrecido una plaza volvió a aceptar mi solicitud.

También llamé a una abogada.

—Quiero saber exactamente qué me corresponde si me divorcio.

Ella necesitó casi dos semanas para revisar nuestro acuerdo matrimonial, inversiones y movimientos financieros.

Cuando terminó, colocó una carpeta enorme frente a mí.

—¿Su esposo sabe cuánto dinero aportó usted realmente durante los primeros años de su empresa?

—Cree que fue mi padre.

—Entonces tenemos otro problema.

Me mostró transferencias.

Cuando Alejandro sufrió aquel accidente y su compañía estuvo cerca de quedarse sin liquidez, yo había utilizado dinero de una cuenta heredada de mi abuela.

Alejandro nunca preguntó de dónde había salido.

Simplemente permitió que su familia contara la historia de que los Valdés habían salvado solos el negocio.

La documentación decía otra cosa.

Había aportaciones, participaciones y derechos económicos que seguían vinculados legalmente a mí.

—Si se separan —dijo mi abogada—, esto tendrá que revisarse antes de que alguien pueda fingir que usted se marcha con una maleta vacía.

Sonreí.

—Perfecto.

Tres días después llegaron los resultados médicos.

Mi doctora dejó los frascos sobre la mesa.

—¿Quién le indicó todo esto?

—Mi suegra.

Su expresión cambió.

—No continúe tomando nada sin que un profesional revise el tratamiento completo.

No quiso sacar conclusiones apresuradas.

Yo tampoco.

Pedí mi historial médico.

Y descubrí algo inquietante.

Algunas de las supuestas recetas que Teresa decía haber conseguido mediante “su médico de confianza” no aparecían en mis registros.

Guardé copias.

Cada una.

Después continué actuando como siempre.

Hasta que una noche Alejandro regresó oliendo al perfume de Renata.

—Últimamente estás rara —dijo.

—¿Rara cómo?

—Demasiado tranquila.

Sonreí.

—Pensé que eso querías.

Su teléfono se iluminó.

Renata.

Alejandro lo puso boca abajo.

—No empieces otra vez con tus celos.

—No iba a hacerlo.

Aquello pareció molestarlo más que cualquier discusión.

Tres meses después yo estaba en el aeropuerto.

Mi admisión universitaria estaba confirmada.

Mis pertenencias importantes ya habían salido de la casa.

Las medicinas estaban en manos de mi abogada para documentar su procedencia.

Y Alejandro recibió la solicitud de divorcio en plena reunión del consejo.

Me llamó inmediatamente.

—¿Qué significa esto?

—Exactamente lo que dice.

—¿Estás loca? ¿Vas a tirar nuestro matrimonio por Renata?

—No.

Miré mi tarjeta de embarque.

—Voy a dejar de tirar mi vida por ti.

—Entonces vete. Pero no esperes llevarte dinero de mi familia.

Casi sentí lástima.

—Alejandro, abre el segundo sobre.

Hubo silencio.

Después escuché papel.

Más silencio.

—¿Qué es esto?

—Mis aportaciones.

—Esto no puede ser correcto.

—Las cifras sí lo son.

Su respiración cambió cuando llegó a la estimación de mis derechos económicos.

Pero todavía faltaba la última página.

—¿Qué significa “auditoría de fondos relacionados”? —preguntó.

—Pregúntale a tu madre.

Colgué.

Horas después, mi abogada me llamó.

—Teresa vino personalmente.

—¿Por el dinero?

—No.

Su voz se volvió seria.

—Por sus medicamentos.

Me enderecé.

—¿Qué quería?

—Saber exactamente cuáles conservamos.

Entonces comprendí que Teresa no estaba preocupada porque yo me divorciara.

Estaba preocupada porque hubiera guardado pruebas.

Y antes de terminar la llamada, mi abogada añadió:

—Hay algo más. Encontramos pagos mensuales a la persona que conseguía esos productos para su suegra.

—¿Quién los pagaba?

Hubo una pausa.

—Renata Lozano.

Miré por la ventana del avión.

Aquello ya no parecía la historia de una asistente intentando robarme al marido.

Renata había estado involucrada en mi vida mucho antes de que Alejandro empezara a enamorarse de ella.

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