PARTE 2: La mujer a la que todos habían intentado reemplazar

No llamé a mi madre.

Todavía no.

Amplié la fotografía hasta distinguir el lugar.

Los tres estaban frente a un hotel de Tiflis.

Adrián parecía mucho más joven.

Nina llevaba gafas oscuras.

Mi madre sostenía una carpeta azul.

Dos años antes de que Adrián y yo nos conociéramos.

Eso significaba que nuestro primer encuentro quizá nunca había sido casual.

Respondí al número desconocido.

“¿Quién eres?”

La respuesta llegó inmediatamente.

“Pregúntale a tu madre por el Proyecto Ferrer.”

Sentí un escalofrío.

Nunca había escuchado ese nombre.

A la mañana siguiente fui a casa de mis padres.

Dejé la fotografía frente a mi madre.

Su taza golpeó el plato.

—¿Quién te dio esto?

Otra vez.

La pregunta equivocada.

—¿Conocías a Adrián antes que yo?

Mi padre entró justo entonces.

Vio la fotografía.

Y su expresión cambió.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Mi madre cerró los ojos.

—Adrián era hijo de uno de nuestros antiguos socios.

—¿Y Nina?

Silencio.

—Mamá.

—Trabajaba para una empresa vinculada a nosotros.

Solté una risa amarga.

—Entonces ¿por qué fingiste no conocerlos durante tres años?

Mi padre golpeó la mesa.

—Porque prometisteis que aquello había terminado.

Miré a ambos.

—¿Aquello?

Mi madre comenzó a llorar.

No me conmovió.

—Hace cinco años —dijo—, Adrián y Nina estaban comprometidos.

Ya lo sospechaba.

Pero entonces añadió:

—Hasta que Nina descubrió quién eras tú.

Me quedé inmóvil.

—¿Yo?

Mi padre abrió la carpeta azul de la fotografía.

La había conservado.

Dentro había documentos sobre una participación empresarial creada por mi abuelo.

Yo figuraba como beneficiaria.

A los veintidós años recibiría derechos sobre una sociedad que controlaba una parte importante de Ferrer International.

Veintidós.

Exactamente la edad que tenía cuando Adrián empezó a buscarme.

—No —susurré.

Mi madre bajó la mirada.

—Adrián necesitaba tu firma para recuperar unas acciones que su padre perdió años atrás.

Recordé cenas.

Viajes.

Documentos que Adrián me pedía firmar porque “el gestor los necesitaba”.

Sentí náuseas.

—¿Firmé algo?

—No lo importante.

Aquello explicaba por qué todavía no me había propuesto matrimonio.

Tal vez el matrimonio no era el premio.

Era el mecanismo.

Regresé a casa sin avisarle.

Adrián todavía no había vuelto.

Abrí la caja fuerte donde guardábamos documentos.

Por primera vez revisé cada carpeta.

Encontré un borrador de acuerdo prenupcial.

Mi nombre.

El suyo.

Y una cláusula relacionada con mis participaciones familiares.

Pero había algo todavía peor.

Una copia de mi pasaporte.

Mis estados financieros.

Y una fotografía mía tomada cuando tenía dieciocho años.

Un año antes de conocerlo.

En el reverso alguien había escrito en georgiano:

“Ella es la beneficiaria.”

Escuché la puerta.

Adrián entró.

Me encontró sentada frente a todos los documentos.

Se quedó blanco.

—¿Desde cuándo sabías quién era yo? —pregunté.

No respondió.

—¿Desde antes de conocerme?

—Sí.

Aquella única palabra destruyó lo último que quedaba.

Me puse de pie.

—Entonces nunca me elegiste.

—Al principio no.

Me detuve.

Adrián dio un paso hacia mí.

—Al principio me acerqué por las acciones.

—Qué romántico.

—Después cambió.

—¿Cuando Nina se marchó?

Su mandíbula se tensó.

—Nina no se marchó porque dejara de quererme.

—Eso ya lo sé.

—No, no lo sabes.

Sacó el teléfono.

Abrió un mensaje recibido aquella misma noche.

Era de Nina.

“Ya se lo contaron sus padres. Tenemos que decirle el resto antes de que Francia la encuentre.”

Levanté lentamente la vista.

—¿Francia?

Adrián miró la maleta que yo había dejado junto a la escalera.

—¿Por qué tienes eso preparado?

No contesté.

Él entendió.

—¿Con quién piensa casarte tu padre?

—Eso ya no te importa.

Por primera vez vi auténtico miedo en su rostro.

—Dime el nombre.

—Étienne Laurent.

Adrián retrocedió como si lo hubiera golpeado.

—No puedes casarte con él.

—¿Por qué?

Su respuesta llegó apenas como un susurro.

—Porque Laurent fue quien pagó para que Nina desapareciera de España hace cinco años.

Mi teléfono vibró.

Era otro mensaje del número desconocido.

Una fotografía reciente.

Nina entrando en un automóvil en Madrid.

A su lado estaba Étienne Laurent.

Debajo solo había una frase:

“Adrián nunca te sustituyó por Nina.

Los dos fuisteis elegidos para llegar hasta ti.”

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