Damián no apagó la lámpara.
Tampoco despertó a Itzel de inmediato.
Se quedó junto a la ventana, inmóvil, con el rifle apoyado contra el marco y los ojos clavados en la tierra oscura del corral. Las huellas eran claras. Dos caballos habían rodeado la cabaña, no por accidente, no como viajeros perdidos, sino como hombres que buscaban algo y no querían ser vistos.
O buscaban a alguien.
El fuego crujía dentro de la estufa. Itzel dormía sobre la cama con el sarape hasta el cuello, pero su sueño no era tranquilo. A veces movía los dedos vendados, a veces apretaba la mandíbula, como si todavía sintiera las cuerdas. Damián la miró un instante y sintió una rabia vieja subirle al pecho.
Había visto mucha crueldad en la frontera.
Pero dejar a una mujer atada para que la noche decidiera por ella no era justicia, ni castigo, ni honor.
Era cobardía.
Afuera, Trueno resopló.
Damián tomó el rifle y abrió la puerta apenas lo suficiente para salir sin hacer ruido. El frío le mordió la cara. Caminó agachado hasta el corral, estudió las marcas y pasó los dedos sobre la tierra removida.
No eran huellas de paso.
Habían esperado allí.
Uno de los caballos tenía una herradura rota en la pata trasera. Damián reconoció ese detalle. Había visto una marca igual semanas atrás frente a la tienda de abarrotes de Ures, donde un hombre de Roque Paredes había dejado su caballo amarrado mientras presumía que “nadie le decía que no al patrón”.
Damián apretó la mandíbula.
Entonces escuchó la voz de Itzel detrás de él.
—Ya nos encontraron.
Volteó.
Ella estaba de pie en la entrada, pálida, envuelta en el sarape, con el cabello negro cayéndole sobre los hombros. No parecía asustada. Parecía cansada de tener razón.
—Debiste quedarte adentro —dijo él.
—Si vienen por mí, no quiero esperarlos acostada.
Damián guardó silencio.
Había algo en esa mujer que no se doblaba, aunque la hubieran dejado casi sin fuerzas. Algo que le recordó a Clara en sus últimos días: no la ausencia de miedo, sino la decisión de no entregarse a él.
—Son dos —dijo Damián—. Tal vez más cerca.
Itzel miró hacia la oscuridad.
—Roque nunca manda a pocos si cree que puede perder.
—¿Por qué tanto empeño por un rifle?
Ella bajó la mirada.
Durante unos segundos, solo se escuchó el viento golpeando las tablas de la cabaña.
—Porque no es solo un rifle.
Damián la observó.
—Entonces será mejor que me digas qué es.
Itzel respiró hondo, como si cada palabra tuviera espinas.
—Mi padre fue guía en la sierra. Conocía caminos, manantiales, pasos escondidos. Antes de morir, escondió algo dentro de la culata del rifle.
—¿Qué cosa?
—Un mapa.
Damián frunció el ceño.
—¿Un mapa de tierra?
—De agua.
Aquello cambió el peso de la noche.
En Sonora, un mapa de agua valía más que oro. Quien controlaba un manantial podía controlar ranchos, cosechas, pueblos enteros.
Itzel continuó:
—Mi padre encontró un ojo de agua antiguo en tierras que Roque quiere reclamar como suyas. Pero ese manantial pertenece a familias que él ha querido expulsar durante años. Si consigue el mapa, puede cercarlo, venderlo o dejar morir de sed a quienes se le opongan.
Damián miró las huellas otra vez.
—Y por eso te acusó de traición.
—Porque nadie defiende a una traidora.
La frase le salió baja, pero dura.
Damián sintió el golpe de esas palabras. No era solo que Roque quisiera un objeto. Quería destruir la credibilidad de Itzel antes de robarle la prueba.
—¿Dónde está el rifle ahora? —preguntó.
Itzel lo miró.
—No lo tengo.
—¿Entonces por qué te dejaron viva?
—Porque creen que voy a decirles dónde está.
Una sombra cruzó el rostro de Damián.
—¿Y lo harás?
Itzel sostuvo su mirada.
—Antes prefiero volver al mezquite.
Él no dijo nada.
Solo asintió.
En ese momento, un ruido seco sonó entre los matorrales.
Damián levantó el rifle.
Itzel dio un paso atrás, pero no entró a la cabaña.
—Quédate detrás de mí —ordenó él.
—No soy carga.
—No dije que lo fueras.
Otro crujido.
Luego una voz masculina se deslizó desde la oscuridad.
—Arce. Sabemos que estás ahí.
Damián reconoció el tono burlón.
Santos Muro.
Uno de los capataces de Roque. Un hombre de sonrisa torcida, famoso por cobrar deudas con más gusto del necesario.
—También sabemos que la india está contigo —añadió Santos—. Entrégala y nos vamos sin quemarte el jacal.
Itzel se tensó al escuchar el insulto.
Damián no bajó el rifle.
—En mi tierra, quien amenaza desde la sombra no pone condiciones.
Hubo una risa.
—No es tu tierra. Todo esto será de don Roque cuando termine el mes.
—Entonces dile que venga él a decírmelo.
Un disparo rompió la noche.
La bala pegó contra una piedra cerca de la puerta y levantó polvo. Itzel se estremeció, pero no gritó. Damián la empujó con cuidado hacia el interior de la cabaña y cerró de golpe.
—Al suelo.
Ella obedeció.
Otro disparo atravesó una tabla y apagó una lámpara. La cabaña quedó en penumbra, iluminada apenas por el fuego.
Damián se movió rápido. Cerró la tranca de la puerta, apagó la segunda lámpara y tomó una caja de cartuchos del estante. No había pánico en sus movimientos. Había oficio.
Itzel, desde el suelo, vio cómo aquel hombre solitario se transformaba. Ya no era solo el vaquero que la había salvado de los lobos. Era alguien acostumbrado a leer la noche, a medir distancias, a sobrevivir.
—¿Tienes otra salida? —preguntó ella.
—Una ventana trasera. Da al cañón.
—No podemos huir a pie.
—No vamos a huir.
Damián se acercó al fogón y quitó una tabla floja del piso. Debajo había una pistola envuelta en cuero y una vieja caja con documentos.
Itzel lo miró, sorprendida.
—Dijiste que no buscabas problemas.
—No buscarlos no significa no esperarlos.
Afuera, Santos volvió a gritar:
—Última oportunidad, Arce. Esa mujer ya está marcada. Si la escondes, te marcas con ella.
Damián se colocó junto a la ventana.
—Entonces marca bien mi nombre.
Disparó una vez.
No apuntó al cuerpo. Apuntó a la rama de mezquite sobre la que uno de los hombres se cubría. La rama se partió y cayó con un estruendo. El caballo del agresor se encabritó, relinchando en la oscuridad.
Santos maldijo.
Damián aprovechó la confusión para moverse hacia la parte trasera.
—Itzel, cuando te diga, vas a salir por la ventana y correrás hacia el corral.
—¿Y tú?
—Voy detrás.
—Mientes.
Él la miró apenas.
—Sí.
Ella se levantó, furiosa pese al cansancio.
—No me salvaste para decidir por mí cinco minutos después.
—Te salvé para que vivieras.
—Y yo llevo toda la vida viviendo mientras otros deciden qué debo callar, dónde debo estar, cuándo debo desaparecer.
Damián no tuvo respuesta.
Porque ella tenía razón.
Itzel tomó la pistola del piso con manos vendadas. Le dolió sostenerla, pero no la soltó.
—No dispararé si no hace falta —dijo—. Pero tampoco volveré a estar amarrada esperando que alguien elija mi destino.
Damián la observó un segundo largo.
Luego le tendió tres cartuchos.
—Entonces escucha bien. No desperdicies ninguno.
El siguiente ataque llegó desde el costado. Alguien intentó prender fuego a un trapo y lanzarlo contra la pared de madera. Itzel lo vio por la rendija antes que Damián.
—¡Izquierda!
Damián giró y disparó al suelo junto al hombre. El trapo cayó antes de encender bien. Afuera se escuchó una maldición y pasos retrocediendo.
—Son tres —dijo Itzel.
—Pensé que eran dos.
—Roque nunca manda pocos.
Damián respiró despacio.
—Bien. Entonces cambia el plan.
Tomó una cuerda, abrió la ventana trasera y silbó bajo. Trueno, entrenado por años, se movió inquieto en el corral, pero no relinchó. Damián arrojó la cuerda hacia un poste y la tensó desde dentro.
—Cuando salgan corriendo hacia la puerta, tú vas al caballo.
—¿Y qué los hará correr?
Damián miró la estufa.
Itzel entendió.
—Vas a llenar la cabaña de humo.
—Solo el suficiente.
—Eso también nos puede encerrar.
—Por eso hay que hacerlo rápido.
Damián volcó con cuidado ceniza húmeda sobre el fuego y luego arrojó un puñado de hierbas secas. Un humo espeso comenzó a subir, oscuro, irritante. Abrió apenas la puerta principal y luego la cerró de golpe. Desde fuera, parecía que algo se quemaba.
Santos gritó:
—¡Se está incendiando!
Los hombres se movieron.
Uno corrió hacia el lateral.
Otro se acercó al corral para cortarles el paso.
Itzel salió por la ventana trasera primero, con el sarape apretado al cuerpo. El frío le golpeó los pulmones. Corrió agachada hacia Trueno. Damián salió detrás, cubriéndola con el rifle.
Pero Santos los esperaba.
Apareció junto al poste, apuntando directo a Itzel.
—Hasta aquí.
Damián se quedó quieto.
Itzel también.
El humo salía por las rendijas de la cabaña. Los otros hombres gritaban confundidos al frente.
Santos sonrió.
—Don Roque dijo que te quería viva, muchacha. Pero no dijo entera.
Damián levantó lentamente las manos.
—No hace falta eso.
—Tú cállate, Arce.
Santos avanzó un paso.
Itzel lo miró con una calma que le heló la sonrisa.
—Dile a Roque que mi padre no le tuvo miedo.
Santos entrecerró los ojos.
—Tu padre murió escondido.
—Mi padre murió guardando agua para los que tú querías dejar sedientos.
La sonrisa de Santos desapareció.
Fue apenas un segundo de distracción.
Pero bastó.
Damián silbó fuerte.
Trueno golpeó el poste con el cuerpo, la cuerda se tensó y una montura colgada cayó sobre las piernas de Santos. El hombre perdió el equilibrio. Damián se lanzó sobre él, le arrebató el arma y lo derribó contra la tierra.
Itzel no miró atrás.
Subió a Trueno con dificultad, apretando los dientes por el dolor de las muñecas. Damián montó detrás de ella y golpeó los flancos del caballo.
Trueno salió disparado hacia el cañón.
Detrás de ellos, los hombres de Roque gritaban en medio del humo y la oscuridad.
Durante varios minutos, solo existieron el viento, los cascos contra la piedra y el brazo de Damián sosteniéndola para que no cayera. Itzel no sabía si temblaba de frío, de dolor o de rabia.
Cuando por fin dejaron atrás la cabaña, Damián guio a Trueno por una vereda estrecha que descendía hacia un arroyo seco.
—No podemos ir al pueblo —dijo él—. Roque tendrá ojos ahí.
—Tampoco puedo esconderme para siempre.
—No.
—Entonces iremos por el rifle.
Damián no preguntó dónde estaba.

Ya lo sabía.
No por magia, sino por la forma en que Itzel miraba hacia el norte, hacia la sierra, como si allí hubiera dejado enterrado su último pedazo de familia.
Cabalgaban bajo un cielo sin luna cuando ella dijo:
—Mi padre lo escondió en la misión abandonada de San Evaristo.
Damián tensó las riendas.
—Ese lugar está en tierras de Roque.
—Por eso nadie buscaría ahí.
Él soltó una risa baja, sin humor.
—Tu padre era valiente.
—Mi padre era terco.
—A veces es lo mismo.
Por primera vez desde el mezquite, Itzel casi sonrió.
Pero la sonrisa murió rápido.
Porque al llegar a la parte alta del arroyo, Damián detuvo al caballo.
Abajo, junto al camino viejo, brillaban antorchas.
No eran dos hombres.
Ni tres.
Eran más de veinte.
Y al centro del grupo, montado en un caballo negro, con sombrero ancho y abrigo oscuro, estaba Roque Paredes.
Esperándolos.
Itzel sintió que el mundo volvía a cerrarse.
Damián bajó la voz:
—¿Alguien más sabía lo de San Evaristo?
Ella negó lentamente.
—Solo mi padre.
—Entonces Roque no nos está esperando por el rifle.
Itzel miró las antorchas, los jinetes, el camino bloqueado.
—¿Por qué entonces?
Damián no respondió.
Porque en ese momento, Roque levantó algo con la mano.
Incluso desde lejos, Itzel lo reconoció.
Era el rifle de don Amós Yépiz.
Roque ya lo tenía.
Y si también tenía el mapa, entonces no solo venía a cazarla.
Venía a borrar para siempre la última verdad que su padre había dejado en el mundo.