PARTE 2: LOS CINCO AÑOS QUE LE ROBÉ

Gabriel permaneció inmóvil durante varios segundos.

Luego preguntó:

—¿Por qué?

No necesité preguntar a qué se refería.

—Cuando nos divorciamos, ya estaba embarazada.

Su mirada se clavó en mí.

—¿Lo sabías?

—Sí.

Por primera vez, perdió aquella calma insoportable.

—Entonces sabías que era mi hijo y desapareciste cinco años.

—Tú pediste el divorcio.

—¡Me divorcié de ti, Laura! ¡No de mi hijo!

Mateo se movió en la cama.

Los dos callamos inmediatamente.

Gabriel respiró hondo y bajó la voz.

—Dime por qué.

Miré mis manos.

Cinco años antes, dos días antes de nuestro divorcio, había ido al hospital para contarle que estaba embarazada.

Pero frente a su despacho escuché una conversación.

La voz de Gabriel.

Y la de su madre.

—Ese matrimonio fue un error —había dicho ella—. Cuando termines el divorcio, podrás empezar de nuevo.

Después escuché a Gabriel responder:

—Sí. Quiero terminar con todo.

Aquellas palabras fueron suficientes.

Firmé.

Me marché.

Y decidí que jamás obligaría a un hombre que no me quería a convertirse en padre.

Cuando terminé de explicarlo, Gabriel me miraba como si acabara de escuchar una locura.

—¿Eso fue lo que entendiste?

—Eso dijiste.

Se pasó una mano por el rostro.

—Estábamos hablando del hospital.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Quería dejar el hospital privado de mi familia. Mi madre se oponía.

Sentí frío.

Gabriel continuó:

—Y el divorcio tampoco lo pedí porque dejara de quererte.

Sacó lentamente su teléfono.

Buscó algo.

Luego lo dejó frente a mí.

Era un correo de cinco años atrás.

Una investigación interna.

Pagos.

Registros.

Y el nombre de su madre.

—Ella falsificó pruebas para hacerme creer que estabas preparando el divorcio y querías quedarte con dinero de mi familia.

Mi garganta se cerró.

—Eso no es cierto.

—Ahora lo sé.

Su voz se quebró apenas.

—Lo descubrí tres meses después de que desaparecieras.

Lo miré.

—¿Me buscaste?

Gabriel soltó una risa amarga.

—Durante cinco años.

Sentí que el aire desaparecía.

Entonces una vocecita somnolienta nos interrumpió.

—Mamá…

Mateo abrió los ojos.

Miró a Gabriel.

Después me miró a mí.

—¿Por qué el doctor está triste?

Ninguno respondió.

Mateo estudió el rostro de Gabriel con extraordinaria seriedad.

Luego levantó su Ultraman roto.

—¿Lo arreglaste?

Gabriel tomó el juguete.

—Todavía no.

—Prometiste.

—Lo sé.

Mateo frunció el ceño.

—Los adultos tienen que cumplir promesas.

Gabriel cerró los dedos alrededor del muñeco.

Sus ojos se humedecieron.

—Tienes razón.

Aquella madrugada permaneció junto a Mateo hasta que la fiebre bajó por completo.

No intentó tocarlo sin permiso.

No volvió a preguntarme nada.

Simplemente estuvo allí.

Cuando amaneció, Mateo despertó y encontró su Ultraman sobre la mesita.

El brazo estaba reparado.

—¡Mamá!

Lo levantó emocionado.

—¡El doctor lo salvó!

Gabriel estaba junto a la ventana.

Mateo lo miró.

—Doctor Jiang, ¿tienes hijos?

El silencio fue brutal.

Gabriel tardó varios segundos en responder.

—Tengo uno.

Mateo sonrió.

—¿Cómo se llama?

Gabriel me miró.

No pude apartar los ojos.

—Mateo.

Mi hijo dejó de sonreír.

Miró a Gabriel.

Luego a mí.

Después volvió a observar aquellas cejas, aquella nariz y aquella expresión demasiado parecida a la suya.

—Mamá…

Su voz se volvió pequeñita.

—¿Por qué el doctor tiene un hijo que se llama como yo?

Cinco años de secretos llegaron finalmente a su última puerta.

Me senté junto a él.

—Porque tengo algo importante que contarte.

Gabriel dio un paso atrás.

—Laura.

Lo miré.

—¿Qué?

Su respuesta me sorprendió.

—No se lo digas todavía si no está preparado.

No exigió que Mateo lo llamara papá.

No reclamó derechos.

Solo añadió:

—He perdido cinco años. Puedo esperar unas horas más.

Fue entonces cuando entendí que el hombre frente a mí tampoco era exactamente aquel del que me había divorciado.

Pero antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta.

Una enfermera entró.

—Doctor Jiang, hay una señora afuera preguntando por usted.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Quién?

La enfermera dudó.

—Su madre.

Mi cuerpo se congeló.

Cinco años atrás, aquella mujer había ayudado a destruir nuestro matrimonio.

Ahora estaba a pocos metros del nieto cuya existencia jamás había conocido.

Gabriel miró a Mateo.

Después me miró a mí.

Y su expresión cambió por completo.

Caminó hacia la puerta y la cerró con llave.

—Esta vez —dijo— nadie va a decidir por nosotros.

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