Debajo de mi uniforme había cicatrices antiguas.
No una.
Varias.
Marcas de lesiones que habían sanado hacía años, extendiéndose por mi hombro y parte superior del torso.
El médico levantó inmediatamente la vista.
—¿Cuándo ocurrió esto?
Intenté incorporarme.
—Estoy bien.
—No, Mercer. Ahora mismo no lo estás.
Vega seguía inmóvil.
Ya no había burla en su rostro.
Solo una expresión que no pude interpretar.
El médico ordenó que me trasladaran para evaluación y retiró mi mochila.
—¿Esto estaba declarado en tu historial?
—Sí.
—Aquí no aparece.
Aquello me hizo abrir los ojos.
—¿Qué?
Yo había entregado toda la documentación durante el ingreso.
Informes.
Evaluaciones.
Autorizaciones.
Nada había sido ocultado.
Lo único que me negaba a hacer era explicar mi pasado a cada soldado que quisiera juzgarme.
Vega finalmente habló.
—¿De dónde salieron esas cicatrices?
Lo miré.
—Eso no es asunto suyo, sargento.
Por primera vez en seis semanas, no respondió.
Horas después desperté en la clínica.
Un capitán médico estaba revisando mi expediente.
—Mercer, tenemos un problema.
Colocó dos carpetas frente a mí.
Una era mi historial actual.
La otra tenía copias de los documentos originales.
Faltaban páginas.
Toda referencia a mis antiguas lesiones había desaparecido del resumen utilizado durante la selección.
—¿Quién modificó esto?
—Eso estamos intentando determinar.
La puerta se abrió.
Vega entró.
Pensé que venía a disculparse.
Me equivoqué.
Miraba una fotografía antigua que el capitán había sacado de mi expediente.
Su rostro había perdido el color.
—¿Dónde consiguió esto?
El capitán frunció el ceño.
—Estaba adjunta a la documentación del incidente de Haven Ridge.
Sentí que el pecho se me cerraba.
Haven Ridge.
Un nombre que llevaba años intentando dejar atrás.
Vega acercó la fotografía.
Yo tenía dieciséis años allí.
Estaba cubierta con una manta de emergencia frente a un edificio parcialmente destruido.
Detrás de mí aparecían varios miembros de un equipo de rescate.
Vega señaló a uno.
—Ese soy yo.
Lo miré fijamente.
Entonces lo recordé.
No su rostro.
Su voz.
“Quédate despierta, pequeña. Ya vienen por nosotros.”
El sargento que llevaba seis semanas llamándome débil había sido uno de los hombres que me sacaron de Haven Ridge.
Vega retrocedió.
—Rowan…
—No.
Mi voz salió fría.
—No convierta esto en compasión.
Antes de que pudiera responder, el capitán encontró otra página.
—Esto es extraño.
Era una autorización para retirar parte de mi historial del resumen operativo.
La firma pertenecía a un coronel.
Nathan Mercer.
Mi padre.
Vega miró el nombre.
Después me miró a mí.
—¿Tu padre autorizó que ocultaran esto?
—Mi padre murió hace cuatro años.
El capitán dejó de pasar páginas.
La autorización estaba fechada hacía tres meses.
Entonces Vega tomó nuevamente la fotografía de Haven Ridge.
La giró.
En el reverso había una nota escrita a mano.
“Si Rowan intenta ingresar algún día, asegúrense de que Cole Vega sea quien la evalúe.”

Reconocí inmediatamente aquella letra.
Era la de mi padre.
Pero la fecha escrita debajo correspondía a dos semanas después de su funeral.