PARTE 2: Las cenizas que costaban cientos de millones

No había llegado ni a la salida del hotel cuando alguien me puso una chaqueta sobre los hombros.

—Laura.

Reconocí la voz.

Marcus Reed.

Mi hermano mayor.

Miró mis pies descalzos, la combinación marfil y después las puertas del salón.

No preguntó qué había ocurrido.

—¿Quemaste los documentos?

—Sí.

—Bien.

Parpadeé.

—¿Bien?

Marcus sacó su teléfono.

—Porque hace veinte minutos Hayes Capital llamó tres veces preguntando si la transferencia ya había sido ejecutada.

Me quedé inmóvil.

Los papeles que había quemado eran borradores firmables para transferir una participación vinculada a Reed Capital.

Julian creía que yo iba a pedirle regalos.

En realidad, aquella noche pensaba entregarle acceso a activos valorados en cientos de millones.

Subimos al automóvil.

—Cancela todo —dije.

Marcus sonrió apenas.

—Ya lo hice.

A las ocho de la mañana, el teléfono de Julian comenzó a explotar.

No contesté.

A las nueve llamó su padre.

A las nueve y doce, el director financiero de Hayes Capital.

A las diez llegó el mensaje que estaba esperando.

Julian:

“¿QUÉ DEMONIOS HICISTE?”

Respondí únicamente:

“Recuperé lo mío.”

Tres horas después apareció en Reed Capital.

Ya no llevaba aquella sonrisa arrogante.

—Laura, tenemos que hablar.

—No.

—¡Mi empresa acaba de perder la participación en la ronda de financiación!

Marcus dejó una carpeta sobre la mesa.

—Nunca fue su participación.

Julian la abrió.

Su rostro se vació.

—¿Reed Capital…?

—Es de mi familia —dije.

Me miró como si estuviera viendo a otra persona.

—¿Entonces esos documentos…?

—Eran mi regalo de compromiso.

Silencio.

—¿Cuánto?

Marcus respondió por mí.

—Lo suficiente para que tu padre lleve cuatro años intentando entrar en nuestro círculo financiero.

Julian se sentó.

Por primera vez entendió qué había ardido frente a sus ojos.

Pero entonces llegó su padre, Charles Hayes.

No vino a defenderlo.

Entró furioso.

—¿Dónde está el jade?

Julian frunció el ceño.

—Con Ivy.

Charles perdió el color.

—¿Se lo diste?

—Es una joya familiar.

—¡Precisamente!

Charles explicó algo que Julian aparentemente desconocía.

El jade no era solo una tradición.

Dentro de una antigua disputa patrimonial de los Hayes, su entrega ceremonial podía utilizarse como evidencia de intención familiar, aunque por sí sola no sustituyera los documentos legales necesarios.

—Recupéralo inmediatamente —ordenó Charles.

Julian salió buscando a Ivy.

No la encontró.

Había desaparecido.

Esa tarde, nuestro equipo jurídico descubrió algo todavía peor.

Alguien había presentado electrónicamente una declaración afirmando que la transferencia de mis acciones a favor de la futura alianza Reed-Hayes ya había sido acordada.

Mi firma aparecía abajo.

—Yo jamás firmé esto.

Marcus amplió los datos.

El documento había sido enviado desde la oficina ejecutiva de Julian.

Pero utilizando las credenciales corporativas de Ivy.

Sentí frío.

Ella no solo quería mi lugar en la ceremonia.

Había estado esperando el patrimonio que debía acompañarlo.

Entonces apareció otro dato.

La declaración había sido preparada once días antes de nuestra fiesta.

Once días antes de que yo quemara nada.

Eso significaba que alguien ya planeaba actuar como si mis cientos de millones pertenecieran a los Hayes, incluso sin mi consentimiento.

Marcus recibió una llamada.

Escuchó durante treinta segundos.

Después me miró.

—Encontraron a Ivy.

—¿Dónde?

—En el aeropuerto.

—¿Con el jade?

Marcus negó lentamente.

—El jade ya no estaba con ella.

—¿Entonces dónde está?

Puso el teléfono en altavoz.

La voz de nuestro investigador respondió:

—La señorita Langford afirma que se lo entregó esta mañana a la persona que organizó todo.

Julian palideció.

—¿Quién?

Hubo una pausa.

—Su madre, señor Hayes.

Charles cerró los ojos.

Y comprendí que la humillación de aquella ceremonia quizá nunca había sido una simple crueldad de Julian.

Alguien dentro de la familia Hayes había preparado el escenario mucho antes de que yo encendiera aquel fósforo.

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