PARTE 2: LAS CENIZAS HABLARON

El silencio que quedó después del sonido de la descarga fue insoportable.

Doña Rosario seguía arrodillada frente al inodoro.

Sus manos temblaban mientras intentaba recoger unas cenizas que ya habían desaparecido por el drenaje.

—Perdóname… perdóname, Aurelio…

Mariana no lloró.

Ni gritó.

Miró fijamente a doña Elvira.

La mujer incluso sonrió con desprecio.

—Ya está. Se acabó ese teatro.

Rodrigo soltó lentamente el brazo de su esposa.

—Mariana… tampoco era para tanto.

Ella giró despacio la cabeza.

—¿No era para tanto?

Su voz era tan tranquila que Rodrigo sintió un escalofrío.

—Eran solo unas cenizas.

Mariana sonrió.

Una sonrisa completamente vacía.

—No.

Eran mi padre.

Subió las escaleras sin decir una palabra más.

Rodrigo creyó que estaba derrotada.

No imaginó que acababa de perder el control de toda la situación.


Una hora después, Mariana regresó con una pequeña caja metálica.

La colocó sobre la mesa del comedor.

—¿Qué es eso? —preguntó Rodrigo.

—La copia de seguridad de mi padre.

Los dos la miraron sin entender.

Mariana abrió la caja.

Dentro había una memoria USB, varias carpetas y un sobre sellado.

Doña Elvira soltó una carcajada.

—¿Ahora los muertos usan computadoras?

Mariana ignoró la burla.

Sacó una carta.

—Mi papá era ingeniero industrial.

Durante treinta años investigó fraudes para compañías aseguradoras después de incendios.

Rodrigo dejó de sonreír.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Mucho.

Abrió lentamente el sobre.

—Mi padre desconfiaba de los incendios que parecían accidentes.

Por eso, cuando nuestra casa comenzó a tener pequeñas fallas eléctricas hace unos meses, decidió revisar toda la instalación.

Rodrigo tragó saliva.

Mariana continuó.

—Encontró algo muy extraño.

Sacó varias fotografías.

Mostraban cables recién manipulados dentro de la pared.

Conectores derretidos.

Y un pequeño temporizador electrónico.

—Papá me llamó tres días antes de morir.

Quería enseñarme esto.

Pero yo estaba en Monterrey cerrando un contrato.

Le pedí que esperara al fin de semana.

Las manos de Rodrigo comenzaron a sudar.

Doña Elvira intentó restarle importancia.

—Eso no demuestra nada.

Mariana levantó otra hoja.

Era un informe firmado por un perito independiente.

—Demuestra que el incendio no fue accidental.

La habitación quedó completamente en silencio.

Doña Rosario levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué… qué estás diciendo, hija?

Mariana respiró hondo.

—Que alguien preparó esa casa para incendiarse.

Rodrigo golpeó la mesa.

—¡Basta!

—¿Por qué estás tan nervioso?

—Porque estás diciendo locuras.

Mariana sostuvo su mirada.

—¿Estoy loca?

Entonces conectó la memoria USB al televisor del salón.

Apareció un video.

Era la cámara de seguridad del pequeño taller que don Aurelio tenía detrás de la casa.

La fecha correspondía a cuatro noches antes del incendio.

En la grabación se veía claramente un automóvil negro detenerse frente a la vivienda.

Un hombre descendía con una gorra y una sudadera.

Caminaba hacia el medidor eléctrico.

Manipulaba algo durante varios minutos.

Después desaparecía.

La calidad no permitía distinguir completamente el rostro.

Pero sí un detalle imposible de ocultar.

En la muñeca izquierda llevaba un reloj azul con una grieta en el cristal.

Rodrigo escondió instintivamente la mano bajo la mesa.

Mariana lo notó.

También doña Rosario.

Y, por primera vez, hasta doña Elvira perdió el color del rostro.

Porque ese reloj no era cualquiera.

Había sido un regalo de cumpleaños que ella misma le había comprado a su hijo dos años atrás.

Mariana apagó el televisor.

—Papá dejó una nota.

Abrió la última hoja del sobre.

La letra de don Aurelio era firme.

“Si me ocurre algo antes de entregar estas pruebas, no confíes en nadie hasta que un perito independiente confirme todo.”

“Y si el responsable resulta ser alguien cercano a la familia…”

Mariana tuvo que detenerse unos segundos para controlar el temblor de su voz.

Continuó leyendo.

“No busques venganza.”

“Busca justicia.”

Las lágrimas cayeron por el rostro de doña Rosario.

Rodrigo se levantó bruscamente.

—Ya escuché suficiente.

Voy a llamar a un abogado.

Mariana asintió con absoluta serenidad.

—Hazlo.

Yo ya llamé a la fiscalía.

Él se quedó inmóvil.

—¿Qué?

En ese mismo instante sonó el timbre de la casa.

Tres golpes secos.

Firmes.

Mariana caminó hacia la puerta.

Al abrirla encontró a dos agentes de la Policía de Investigación acompañados por un perito de incendios.

El inspector mostró su identificación.

—¿La señora Mariana Salazar?

—Sí.

—Venimos por la denuncia que presentó hace una hora.

Necesitamos hablar con el señor Rodrigo Cárdenas.

Rodrigo sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.

Pero lo que ninguno de ellos sabía era que las cenizas que doña Elvira había arrojado al drenaje habían destruido la única prueba física que pensaban ocultar… y, al hacerlo, habían obligado a Mariana a abrir la caja secreta que su padre había preparado precisamente para el día en que alguien intentara borrar la verdad.

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