PARTE 2: LAS CARTAS PERDIDAS

Durante unos segundos nadie habló.

Yo seguía apretando la pulsera roja entre los dedos.

—¿Qué cartas? —preguntó Adrián.

Lo miré.

—Las que envié.

Su expresión cambió.

—¿Cuándo?

—Desde que aprendí a escribir.

El silencio se volvió pesado.

Me incorporé lentamente sobre la cama.

—La mujer que me crió no sabía leer bien, pero cada año me ayudaba a comprar papel. Yo escribía el nombre de papá, el nombre de la familia Shen y la dirección del cuartel que aparecía en un recorte de periódico.

Adrián se acercó.

—¿Cuántas cartas?

—No lo sé. Treinta. Quizá cuarenta.

Su rostro se endureció.

—Nunca recibimos ninguna.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

Bajé la mirada.

—Porque si hubieran llegado, alguien habría venido por mí.

Aquella frase lo dejó inmóvil.

Desde el pasillo llegó la voz de Olivia.

—¡No pueden echarme así!

Después escuchamos a mi padre.

—Adrián se tranquilizará.

Mi hermano giró hacia la puerta.

—No.

Se levantó.

—Esta vez no.

Lo seguí con la mirada.

—¿Adónde vas?

—A averiguar quién recibía el correo de esta casa.


Media hora después, toda la familia estaba reunida en la sala.

Mi madre acababa de llegar.

Se llamaba Elena Shen.

Durante el trayecto desde el hospital militar había llorado tanto que sus ojos estaban hinchados.

Cuando entró en mi habitación quiso abrazarme.

Yo retrocedí instintivamente.

Ella se quedó quieta.

No insistió.

Eso, por alguna razón, me dolió más.

Ahora estaba sentada frente a mí.

Mi padre permanecía junto a la ventana.

Olivia se había negado a marcharse y estaba aferrada al brazo de él.

Adrián sostenía una caja de madera.

—¿Reconocen esto?

Mi madre palideció.

—Es la caja del correo viejo.

—Exactamente.

La dejó sobre la mesa.

—Estaba en el almacén.

Papá frunció el ceño.

—¿Qué intentas demostrar?

Adrián abrió la tapa.

Dentro había sobres amarillentos.

Muchos.

Demasiados.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Reconocí mi letra infantil.

Mi nombre.

El de mi padre.

La dirección del complejo militar.

Había cartas de distintos años.

Algunas estaban manchadas por humedad.

Otras todavía tenían pequeñas flores secas pegadas.

Me levanté.

—Son mías.

Mi madre se llevó una mano a la boca.

—Dios mío.

Papá tomó uno de los sobres.

—¿Dónde encontraste esto?

Adrián no respondió.

Miraba a Olivia.

Ella había dejado de llorar.

—¿Por qué la miras? —preguntó mi padre.

Mi hermano tomó una carta.

En el reverso había una marca hecha con tinta azul.

Dos iniciales.

O.F.

Olivia retrocedió.

—Eso no significa nada.

Adrián levantó otra.

La misma marca.

Otra más.

Otra.

Todas tenían las mismas iniciales.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

—Olivia —dijo mi madre—. ¿Qué es esto?

—Yo era una niña.

—¿Qué hiciste?

—¡Nada!

Mi hermano lanzó las cartas sobre la mesa.

—Algunas llegaron hace doce años. Otras hace diez. Ocho. Cinco.

La miró con frialdad.

—No eras una niña cuando escondiste las últimas.

Olivia empezó a temblar.

—Yo solo…

Papá dio un paso.

—Explícate.

Ella lo miró como si esperara que la defendiera.

—Tenía miedo.

—¿Miedo de qué?

Olivia señaló hacia mí.

—De ella.

Nadie habló.

—Cuando la primera carta llegó, escuché a la tía Elena decir que si encontraban a Valeria todo volvería a ser como antes.

Sus lágrimas cayeron.

—Yo pensé que eso significaba que ustedes dejarían de quererme.

Mi madre cerró los ojos.

—Así que escondiste las cartas.

—Solo algunas.

Adrián golpeó la mesa con la palma.

—¡Treinta y siete!

Olivia dio un salto.

—¡Yo tenía miedo!

—Ella también.

Mi hermano señaló hacia mí.

—Pero mientras tú tenías miedo de perder una habitación, ella dormía junto a un establo esperando que su familia apareciera.

Olivia lloró.

—No sabía que vivía así.

Entonces hablé.

—En la tercera carta lo escribí.

Todos me miraron.

Tomé uno de los sobres.

—También en la quinta.

Otro.

—En la décima dije que el hombre que me cuidaba después de morir su esposa empezó a golpearme cuando bebía.

Mi padre palideció.

Abrí otra carta.

—Aquí escribí que me encerraban afuera cuando no terminaba el trabajo.

Mi madre empezó a llorar.

—Y aquí…

Mi voz tembló por primera vez.

—Aquí dije que estaba enferma y que creía que iba a morir.

Elena se cubrió el rostro.

Papá miró a Olivia.

Ya no había ternura en sus ojos.

—¿Leíste estas cartas?

Olivia bajó la cabeza.

Eso fue suficiente.

Mi padre se tambaleó ligeramente.

—Sabías dónde estaba mi hija.

—No sabía exactamente…

—¡Sabías que estaba viva!

Su grito sacudió la sala.

Olivia se encogió.

—Tío Samuel…

—No me llames así.

Las mismas palabras que Adrián había pronunciado horas antes.

Pero ahora vinieron de mi padre.

Olivia lo miró horrorizada.

—¿También vas a abandonarme?

Papá tardó varios segundos en responder.

—No.

Adrián frunció el ceño.

Entonces mi padre continuó:

—Pero dejarás esta casa.

Olivia comenzó a llorar con más fuerza.

—¡Mi padre murió por ti!

Samuel cerró los ojos.

—Y por esa deuda te di un hogar.

Volvió a mirarla.

—Pero no te di derecho a robarle quince años a mi hija.

Dos guardias entraron.

Olivia empezó a gritar mientras recogían sus maletas.

Esta vez mi padre no la consoló.

Mi madre tampoco.

Adrián se quedó a mi lado.

Cuando Olivia pasó frente a mí se detuvo.

Sus ojos estaban llenos de odio.

—¿Estás feliz?

Negué.

—No.

Aquello pareció desconcertarla.

—Deberías.

Miré las cartas.

—Si estuviera feliz significaría que recuperar esto puede devolverme quince años.

Olivia apretó los labios.

—Tú no sabes nada.

—¿Sobre qué?

Una sonrisa extraña apareció entre sus lágrimas.

—Sobre por qué desapareciste.

Adrián dio un paso hacia ella.

—¿Qué quieres decir?

Olivia miró a mi padre.

Samuel se había quedado completamente quieto.

Demasiado quieto.

—Pregúntale —dijo.

Mi estómago se cerró.

—¿Preguntarle qué?

Olivia sonrió.

—Por qué dejó de buscarte durante casi siete años.

La sala quedó en silencio.

Giré lentamente hacia mi padre.

—¿Es verdad?

Él no contestó.

—Papá.

Mi madre empezó a llorar otra vez.

Adrián miró a ambos.

—¿Qué está pasando?

Samuel cerró los ojos.

Entonces entendí algo.

Las cartas ocultas no eran el único secreto de aquella casa.

Mi padre finalmente habló.

—Valeria…

Su voz ya no sonaba como la de un general.

—Hay algo que nunca te contamos sobre el día en que desapareciste.

Y por primera vez desde que había regresado, sentí miedo de escuchar la verdad.

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