—Será suficiente para que vivas cómodamente durante el resto de tu vida.
Lo miré durante varios segundos.
Después dejé escapar una pequeña risa.
—¿De verdad crees que necesito tu dinero?
Jiang Hao frunció el ceño.
—No empieces con tus dramas.
—No estoy haciendo ningún drama.
Me levanté lentamente y caminé hasta el despacho.
Abrió la boca para detenerme, pero cambió de opinión.
Quizá pensó que iba a llorar.
Quizá esperaba que buscara desesperadamente una explicación.
Pero regresé con una carpeta negra entre las manos.
La coloqué sobre la mesa.
—Antes de hablar de compensaciones, deberíamos hablar de quién pertenece realmente la empresa.
Jiang Hao soltó una carcajada.
—¿Todavía no lo entiendes? Hace años que dejaste de participar en los negocios.
—Yo dejé de aparecer en las reuniones.
Lo miré directamente a los ojos.
—Eso no significa que dejara de ser la propietaria.
Su expresión cambió.
Por primera vez aquella noche, el hombre que parecía tenerlo todo perdió la seguridad.
Abrió la carpeta.
Dentro había copias de contratos, registros financieros y documentos de propiedad que jamás había visto.
—¿De dónde sacaste esto?
—De la caja fuerte de mi padre.
Jiang Hao palideció.
—Eso es imposible.
—Mi padre sabía que algún día intentarías apoderarte de lo que construyó.
Pasó rápidamente las páginas.
Entonces encontró una cláusula marcada en rojo.
Su mano comenzó a temblar.
—¿Qué significa esto?
—Que todas las acciones transferidas durante nuestro matrimonio están sujetas a una condición.
—¿Cuál?
Sonreí por primera vez aquella noche.
—Si me engañabas públicamente y solicitabas el divorcio mientras mantenías una relación con otra persona, la transferencia quedaba anulada.
El silencio cayó entre nosotros.
Jiang Hao levantó lentamente la cabeza.
—Anna…
—Exactamente.
Me senté frente a él.
—Tu declaración en ruso no fue una broma, Jiang Hao.
—Fue una confesión pública.
Su rostro se volvió ceniciento.
Pero todavía no había terminado.
Saqué mi teléfono y lo coloqué sobre la mesa.
Había un mensaje de un número desconocido.
Solo contenía una frase:
«Señora Lin, hay algo que debe saber antes de firmar el divorcio».
Debajo aparecía una fotografía.
La amplié.
Era Anna entrando en un edificio privado tres meses antes.
Pero el hombre que la esperaba en la puerta no era Jiang Hao.

Era mi padre.
Y detrás de ellos aparecía alguien cuya identidad hizo que se me helara la sangre.
Mi propio hermano.