PARTE 2: El imperio empezó a quedarse sin oxígeno

Adrian no respondió inmediatamente.

Se quedó mirando los documentos sobre la mesa como si estuviera intentando descifrar un idioma desconocido.

—Estás hablando en serio.

—Completamente.

—¿Sabes lo que estás haciendo?

—Por primera vez en diez años, sí.

Adrian dio un paso hacia mí.

—Elena, no puedes retirar de un día para otro todo lo que la familia Xu ha puesto en la empresa.

—No voy a retirar nada que pertenezca a Qin Industries.

Le señalé la carpeta.

—Voy a dejar de regalarle a Qin Industries lo que nunca le perteneció.

Su rostro se endureció.

—Esto es una amenaza.

—No.

Negué lentamente.

—Es una liquidación de cuentas.

Aquella noche no volvimos a discutir.

Adrian se encerró en su despacho.

Yo subí a mi habitación y dormí por primera vez en mucho tiempo sin preocuparme por los proveedores, los contratos ni los informes de inventario.

A las ocho de la mañana siguiente, mi teléfono empezó a sonar.

Primero fue Xu Logistics.

Después Xu Capital.

Luego tres proveedores estratégicos.

Todos confirmaban lo mismo.

Las notificaciones habían sido enviadas.

Y antes de las nueve, Adrian ya tenía diecisiete llamadas perdidas.

A las nueve y veinte, apareció frente a mi puerta.

—¿Qué demonios está pasando?

Estaba pálido.

—El proveedor de acero acaba de suspender las condiciones especiales.

—Lo sé.

—El banco quiere revisar las garantías.

—También lo sé.

—¡Y el director financiero dice que no podemos cubrir la expansión sin la línea de crédito de Xu Capital!

Lo miré tranquilamente.

—Entonces tendrás que encontrar profesionales capaces de solucionarlo.

Aquellas palabras hicieron que su rostro se contrajera.

Eran exactamente las suyas.

Pero todavía no había terminado.

A las diez de la mañana recibí una llamada de mi antiguo equipo de suministros.

—Señora Xu, necesitamos preguntarle algo.

—Dime.

—La nueva vicepresidenta, Claire Lin, quiere cancelar los contratos que usted negoció durante años.

Sonreí.

—¿Y qué dicen los contratos?

—Que requieren su aprobación como firmante principal.

Guardé silencio.

—Entonces no cancelen nada.

—Entendido.

Colgué.

Media hora después, Adrian volvió a llamarme.

Esta vez no estaba enfadado.

Estaba desesperado.

—Elena, vuelve a la empresa.

—¿Para qué?

—Necesitamos que estabilices suministros.

—¿No dijiste anoche que la empresa debía quedar en manos de profesionales?

Silencio.

—Eso fue una broma.

—Para mí dejó de serlo.

Colgué.

Aquella tarde, Claire apareció en mi casa.

Llevaba el mismo vestido blanco de la gala.

Pero ya no sonreía.

—Necesitamos hablar.

—Habla.

—Adrian cometió un error.

—Eso parece.

—Pero destruir la empresa tampoco te beneficia.

La miré.

—¿Destruirla?

Solté una pequeña risa.

—Claire, si retirar unas garantías y cobrar contratos a precio de mercado puede destruir Qin Industries, entonces quizá el problema nunca fui yo.

Ella apretó los labios.

—¿Qué quieres?

—Nada que no me pertenezca.

Claire guardó silencio.

Entonces sacó un documento de su bolso.

—Adrian está dispuesto a darte una participación del diez por ciento para que regreses.

Miré el papel.

Después levanté los ojos.

—¿Diez por ciento?

—Es una oferta generosa.

—Claire.

Me incliné ligeramente hacia ella.

—Mi familia aportó mucho más que eso.

Su expresión cambió.

—¿Cuánto?

No respondí.

Porque en ese instante mi teléfono vibró.

Era un mensaje de mi abogado.

«Señora Xu, encontramos los documentos originales de la constitución de Qin Industries».

Abrí el archivo.

Leí la primera página.

Después la segunda.

Y me quedé inmóvil.

Había una cláusula que Adrian jamás había mencionado.

Una cláusula firmada por su padre el mismo día que se creó la empresa.

Una cláusula que establecía que, si la familia Xu retiraba sus garantías y activos aportados, el control efectivo de Qin Industries regresaría automáticamente a los accionistas originales.

Y debajo aparecía un porcentaje.

El 51 %.

Levanté lentamente la mirada hacia Claire.

—Puedes volver y decirle algo a Adrian de mi parte.

—¿Qué?

Cerré el documento.

—Que no tiene que preocuparse por perder el diez por ciento.

Hice una pausa.

—Porque quizá mañana tenga que entregarme el cincuenta y uno.

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