PARTE 2: LAS 15 CASAS YA NO ERAN SUYAS

Durante todo el trayecto, Liu Yan habló como si aquellas quince propiedades ya estuvieran escrituradas a su nombre.

—Venderé cinco primero —dijo acariciándose el vientre—. Con ese dinero podré criar tranquilamente a los niños.

Yo mantuve las manos sobre el volante.

—Suena bien.

Ella sonrió.

—También quiero cambiar de coche.

Miró alrededor con evidente satisfacción.

—Aunque este tampoco está mal.

—Este coche está a mi nombre.

Su sonrisa se congeló apenas un segundo.

Luego se encogió de hombros.

—No importa. Venderé una casa y compraré otro mejor.

No respondí.

Porque sabía algo que ella todavía ignoraba.

No podría vender ni una.

Llegamos a la Oficina de Registro de la Propiedad poco después.

Liu Yan caminaba delante de mí con una mano sobre el vientre y la otra protegiendo cuidadosamente el bolso donde llevaba el documento de donación.

Parecía una vencedora llegando a recoger su premio.

Sacó un número.

Esperamos.

Cuando finalmente nos llamaron, se sentó frente al funcionario y colocó los documentos sobre el mostrador.

—Quiero hacer la transferencia de estas propiedades.

El empleado comenzó a revisar.

Documento de identidad.

Certificado de defunción.

Acuerdo de donación.

Información de Gao Bin.

Todo parecía normal.

Hasta que introdujo los datos de la primera propiedad.

Frunció el ceño.

Volvió a escribir.

Después comprobó la segunda.

Y la tercera.

Liu Yan perdió la paciencia.

—¿Hay algún problema?

El empleado levantó la cabeza.

—Señorita, ¿está segura de que estos datos son correctos?

—Por supuesto.

—Entonces no podemos hacer la transferencia.

La sonrisa desapareció de su rostro.

—¿Por qué?

El funcionario giró ligeramente el monitor.

—Porque ninguna de estas quince propiedades pertenecía al señor Gao Bin en el momento de su fallecimiento.

Liu Yan parpadeó.

—¿Qué?

—Según el registro, dejaron de estar a su nombre hace aproximadamente tres meses.

Su rostro se volvió blanco.

Exactamente tres meses.

Justo cuando yo había descubierto la traición de Gao Bin.

—Eso es imposible.

Liu Yan sacó rápidamente el documento.

—¡Mire! Está escrito claramente. ¡Quince propiedades! ¡Él me las dejó!

El funcionario mantuvo la calma.

—Una persona no puede transferirle mediante este documento unas propiedades que ya no constan registradas a su nombre.

Las manos de Liu Yan comenzaron a temblar.

—¿Entonces a nombre de quién están?

El funcionario negó con la cabeza.

—No puedo proporcionarle información privada de terceros sin la documentación correspondiente.

Ella se volvió hacia mí.

Por primera vez desde que la conocía, no había arrogancia en sus ojos.

Había miedo.

—Wen Jing.

No respondí.

—¿Tú sabías esto?

La miré tranquilamente.

—Sí.

Su boca se abrió.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace tres meses.

Liu Yan se levantó tan rápido que la silla casi cayó hacia atrás.

—¡Fuiste tú!

Varias personas se volvieron hacia nosotros.

Ella bajó la voz.

—¿Qué hiciste?

Recogí mi bolso.

—Aquí no es el lugar adecuado.

Salimos.

En cuanto llegamos al estacionamiento, Liu Yan me agarró del brazo.

Me solté.

—No me toques.

—¡Explícame qué hiciste con las casas!

La observé.

—¿Realmente quieres saberlo?

—¡Claro!

Abrí la puerta del coche.

—Entonces llama a Zhao Lan y a Gao Bang.

Media hora después estábamos los cuatro sentados en el salón del apartamento.

El mismo apartamento donde Liu Yan ya se comportaba como propietaria.

Zhao Lan llegó furiosa.

—¿Qué significa que las casas desaparecieron?

Gao Bang no gritó.

Él me observaba.

Era el único que parecía haber comprendido que mi tranquilidad durante el funeral nunca había sido resignación.

—Cuñada —dijo—, tú hiciste algo.

Saqué una carpeta.

La dejé sobre la mesa.

—Hace tres meses descubrí dos cosas.

Miré a Liu Yan.

—Primero, que Gao Bin tenía una relación contigo.

Después bajé los ojos hacia su vientre.

—Y segundo, que estaba preparando la manera de dejarme las deudas mientras protegía para ti los bienes que todavía tenían valor.

Zhao Lan golpeó la mesa.

—¡Eso no responde dónde están las casas!

—Llegaré a eso.

Abrí la carpeta.

Durante diez años, Gao Bin y yo habíamos construido nuestro patrimonio juntos. Yo había participado en las inversiones, negociaciones y administración de muchos de aquellos activos.

Pero cuando sus negocios comenzaron a hundirse, descubrí movimientos que él intentaba ocultarme.

Deudas.

Garantías.

Transferencias.

Y un plan para reorganizar el patrimonio antes de que su situación empeorara.

Fue entonces cuando dejé de confiar en él.

Busqué asesoramiento profesional.

Revisé cada propiedad.

Cada contrato.

Cada participación.

Y actué dentro de los procedimientos correspondientes para proteger los bienes sobre los que yo tenía derechos.

Liu Yan me miraba fijamente.

—¿Entonces las casas están a tu nombre?

Sonreí ligeramente.

—No exactamente.

Aquella respuesta la desconcertó todavía más.

Gao Bang se inclinó hacia delante.

—¿Entonces dónde están?

—Protegidas dentro de una estructura patrimonial que Gao Bin ya no podía regalar unilateralmente como si fueran quince llaves guardadas en su bolsillo.

El silencio fue absoluto.

Liu Yan tomó el documento de donación.

—Pero él firmó esto.

—Podía firmar cien.

La miré.

—Eso no convierte automáticamente en suyo lo que ya no podía disponer de esa manera.

Sus dedos comenzaron a arrugar el papel.

Entonces Zhao Lan reaccionó.

—¡Pero tú firmaste que renunciabas a todos los bienes!

Ahí estaba la pregunta que estaba esperando.

—Sí.

Saqué una copia.

—Renuncié a reclamar lo que Gao Bin pretendía dejarme mediante aquel documento.

Hice una pausa.

—No renuncié a bienes que ya estaban legalmente separados de ese reparto.

El rostro de mi suegra perdió todo color.

Liu Yan comenzó a negar con la cabeza.

—No.

Miró los papeles.

—No, no, no…

De repente levantó la vista.

—¡Gao Bin dijo que esas casas eran mías!

—Gao Bin también me prometió fidelidad el día de nuestra boda.

La habitación quedó inmóvil.

—Ya sabes cuánto valían sus promesas.

Liu Yan se desplomó sobre el sofá.

Toda aquella arrogancia había desaparecido.

Entonces Gao Bang hizo la pregunta verdaderamente importante.

—¿Y la empresa?

Lo miré.

—¿Qué pasa con ella?

—Mi hermano tenía enormes deudas.

Asentí.

—Correcto.

—Y te dejó sus acciones.

—También correcto.

Sus ojos se estrecharon.

—¿Vas a aceptarlas?

Sonreí.

—Por supuesto que no voy a aceptar ciegamente una montaña de obligaciones sin revisar primero la situación legal y financiera.

Gao Bang palideció.

Finalmente lo había entendido.

Todos habían pensado que yo era una esposa devastada y estúpida.

Que aceptaría cualquier cosa que Gao Bin hubiera decidido en sus últimos minutos.

Pero mientras ellos miraban quince casas…

yo había pasado tres meses mirando todo el tablero.

Zhao Lan empezó a llorar.

—¡Ese patrimonio pertenece a la familia Gao!

La miré.

—Qué curioso.

—¿Qué?

—Durante diez años, cuando trabajaba junto a su hijo para construirlo, usted decía que todo pertenecía a Gao Bin.

Me incliné ligeramente hacia ella.

—Ahora que él ha muerto, de repente pertenece a “la familia”.

No respondió.

Liu Yan se puso de pie.

—Voy a demandarte.

—Hazlo.

Mi tranquilidad la desconcertó.

—Tengo abogados. Tengo el documento que firmó Gao Bin.

—Entonces llévaselo a tus abogados.

Tomé mi bolso.

—Ellos podrán explicarte mejor que yo qué valor tiene regalar algo que ya no puedes regalar.

Caminé hacia la puerta.

Pero antes de salir, me detuve.

—Ah, Liu Yan.

Ella me miró.

Señalé alrededor.

—Y sobre este apartamento…

Su rostro se tensó.

—¿Qué?

—Revisa bien los documentos antes de seguir llamándolo “nuestra casa”.

Salí.

Dos semanas después recibí una llamada de Gao Bang.

—Cuñada.

—Ya no soy tu cuñada.

Hubo un breve silencio.

—Liu Yan contrató abogados.

—Lo imaginaba.

—No ha conseguido las casas.

—También lo imaginaba.

Entonces bajó la voz.

—Pero hay algo más.

—¿Qué?

—Los trillizos.

Guardé silencio.

—¿Qué pasa con ellos?

—Mi madre pidió que se aclarara todo formalmente antes de discutir cualquier cuestión de herencia.

Me apoyé contra el respaldo de la silla.

—¿Y?

Gao Bang tardó varios segundos en responder.

—Han surgido dudas sobre si Gao Bin era realmente el padre.

Cerré los ojos.

No sentí alegría.

Ni satisfacción.

Solo cansancio.

—Eso ya no tiene nada que ver conmigo.

Y era verdad.

Durante demasiado tiempo, mi vida había girado alrededor de las decisiones de Gao Bin.

Sus negocios.

Sus ambiciones.

Sus mentiras.

Su secretaria.

Sus propiedades.

Incluso después de muerto, todos esperaban que yo siguiera atrapada dentro de aquel desastre.

No lo hice.

Los meses siguientes fueron largos.

Hubo abogados.

Auditorías.

Reclamaciones.

Documentos.

Algunas cuestiones tuvieron que resolverse mediante procedimientos formales y ninguna fue tan sencilla como la familia Gao había imaginado.

Pero algo quedó claro:

Liu Yan nunca recibió aquellas quince casas.

La última vez que la vi fue varios meses después.

Salía de un edificio de oficinas.

Ella estaba en la acera.

Ya había dado a luz.

Nos miramos.

Parecía otra persona.

—Wen Jing.

Me detuve.

—¿Qué quieres?

—Solo quiero preguntarte algo.

Esperé.

—Cuando estabas junto a la cama del hospital… ¿ya sabías que el documento no serviría para conseguir las casas?

—Sí.

Sus ojos se llenaron de rabia.

—Entonces, ¿por qué me dejaste sonreírte de aquella manera?

Recordé aquel momento.

Su mano sobre el vientre.

Su sonrisa triunfante.

“De verdad que sabe comportarse, hermana.”

La miré.

—Porque durante diez años yo fui la última persona en enterarme de las mentiras de Gao Bin.

Di un paso hacia ella.

—Pensé que por una vez podía dejar que otra persona descubriera la verdad después que yo.

No respondió.

Seguí caminando.

Aquella tarde fui sola al cementerio.

Me detuve frente a la lápida de Gao Bin.

No llevé flores.

—Diez años —murmuré.

Habíamos empezado sin nada.

Construimos negocios.

Compramos nuestra primera casa.

Después la segunda.

Luego llegaron las tiendas, las inversiones y finalmente aquella fortuna que hizo que todos olvidaran cómo habíamos empezado.

Durante mucho tiempo pensé que perder a Gao Bin significaría perder la mitad de mi vida.

Me equivocaba.

Lo había perdido mucho antes de que muriera.

El día que decidió que diez años de matrimonio podían pagarse dejándome una empresa endeudada mientras entregaba lo mejor de nuestro patrimonio a otra mujer.

Miré su nombre grabado en la piedra.

—Querías que me marchara con las manos vacías.

Sonreí.

—Pero confundiste mis manos vacías con mi falta de preparación.

Me giré.

Y no volví a mirar atrás.

Porque al final comprendí algo.

Mi verdadera victoria nunca fueron aquellas quince propiedades.

Ni haber dejado inútil el documento con el que Gao Bin pretendía apartarme.

Mi victoria fue haber descubierto la traición a tiempo.

Haber dejado de confiar ciegamente.

Y haberme protegido antes de que todos entraran en aquella habitación de hospital convencidos de que una esposa silenciosa era una esposa derrotada.

No lo era.

Mientras Liu Yan celebraba una herencia que todavía no tenía, y Gao Bin moría convencido de haber organizado perfectamente mi derrota, yo ya sabía algo que ninguno de ellos sabía:

Las quince casas que él acababa de regalar…

hacía tres meses que habían dejado de ser suyas.

Related Posts

PARTE 2: LA VERDADERA DUEÑA

A las nueve menos cinco entré en la sala de juntas de Aurora Furniture. Ethan ya estaba sentado en la cabecera. Ava ocupaba la silla a su…

PARTE 2: MI VERDADERO APELLIDO

A las ocho de la noche, una fila de autos de lujo rodeaba la entrada del Grand Pinnacle. Spencer llegó primero con Cassandra del brazo. Ella llevaba…

PARTE 2: LA SEGUNDA TRAICIÓN

Llegué al despacho de mi abogado veinte minutos después. Daniel no me ofreció café. Ni siquiera me pidió que me sentara. Simplemente giró su computadora hacia mí….

PARTE 2: EL PRECIO DE PERDERME

—Podemos hablar —dije—. Pero eso no significa que vaya a regresar. Richard Shaw bajó la mirada. Era extraño verlo así. Durante quince años había hablado conmigo desde…

PARTE 2: EL DINERO QUE ADRIAN USÓ PARA CASARSE CON OTRA MUJER FUE LO ÚLTIMO QUE NECESITÉ PARA DEJAR DE AMARLO

Adrian miró el saldo de la cuenta y respondió con una tranquilidad que todavía recuerdo. —Se lo presté a Chloe. —¿Ciento diecisiete mil dólares? —Su familia exigía…

PARTE 2: CUANTO MÁS INTENTÓ MIA QUITARME, MÁS TERMINÓ PONIENDO A MI NOMBRE

La ambulancia llegó quince minutos después. Mia insistió en que estaba bien. Yo insistí más. —Por favor, hagan todas las pruebas necesarias. Su corazón siempre ha sido…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *