Leo fue el primero en romper el silencio.
—¿Este es tu exmarido?
Ethan cerró los ojos un segundo.
Yo sonreí desde la cama.
—Sí. El famoso tronco seco con estetoscopio.
Nate soltó una carcajada.
Adrian no.
Él miró a Ethan con la misma expresión que usaba antes de comprar una empresa problemática.
—Entonces entiendo mejor el ambiente.
Ethan recuperó parte de su compostura.
—La paciente necesita descansar. Si van a quedarse, tendrán que respetar las normas del hospital.
—Perfecto —respondió Adrian—. Empecemos por respetarlas todos.
Sacó su teléfono.
—También quiero hablar con el jefe de servicio sobre los comentarios que Olivia escuchó mientras estaba sedada.
La mandíbula de Ethan se tensó.
—Eso ya se está revisando.
—Bien.
Leo tomó mi mano.
—¿Por qué no nos avisaste?
Bajé la mirada.
—Pensé que sería rápido.
—¿Rápido? —protestó—. ¡Te van a operar!
—Leo, es una apendicitis.
—¡Sigue siendo tu apéndice!
Nate negó con la cabeza.
—Siempre hace esto. Cree que puede resolver todo sola.
Ethan me miró.
La frase claramente le molestó.
—Así que no estaba sola —murmuró.
Lo escuché.
—Nunca dije que lo estuviera.
—No llamaste a nadie.
—Porque no quería preocuparlos.
Ethan soltó una risa breve, amarga.
—Conmigo nunca te preocupaba preocuparme.
Aquello cayó mal.
Leo levantó la cabeza.
—¿Perdón?
—Nada —dijo Ethan.
Yo lo miré fijamente.
—No empieces.
—No estoy empezando nada.
—Entonces deja de hablar como si todavía tuvieras derecho a reclamarme cosas.
Adrian dio un paso hacia él.
—Doctor Cole, creo que su relación personal con la paciente está interfiriendo demasiado en esta conversación.
Ethan se quedó en silencio.
Y por primera vez fui yo quien sintió algo parecido a lástima.
Solo un poco.
Porque tres años atrás habría dado cualquier cosa por verlo celoso.
Ahora me parecía absurdo.
Horas después me llevaron al quirófano.
Ethan no operó.
Él mismo solicitó que otro cirujano llevara el caso debido a nuestro vínculo previo.
Una decisión profesional.
Probablemente la primera realmente inteligente que tomaba conmigo en mucho tiempo.
La cirugía salió bien.
Cuando desperté, Leo dormía doblado en una silla.
Nate había conseguido comida para todos.
Adrian discutía por teléfono con alguien de su empresa porque, aparentemente, había cancelado dos reuniones en Singapur para quedarse conmigo.
Y en la puerta estaba Ethan.
No entraba.
Solo miraba.
—Puedes pasar —dije.
Los otros tres levantaron la cabeza.
Ethan dudó.
—Solo vengo a revisar que estés estable.
Nate sonrió.
—Qué profesional.
—Nate —dije.
Se calló.
Ethan entró y revisó el monitor.
Después guardó silencio demasiado tiempo.
Finalmente habló.
—Pensaba que después del divorcio te habías quedado sola.
—¿Por qué?
—Nunca publicabas nada.
—No todo el mundo convierte su vida en un escaparate.
Su expresión se volvió incómoda.
—Mi madre decía que habías cortado relación con casi todos.
—Tu madre también decía que yo me casé contigo por dinero.
Ethan apretó los labios.
—Eso no era verdad.
—Tampoco esto.
Se sentó.
—Entonces ¿por qué nunca conocí a Leo?
Me reí.
—Sí lo conociste.
Frunció el ceño.
—Imposible.
—En nuestra boda.
Leo levantó la mano desde la silla.
—Yo era el chico flaco con aparato dental y un corte de pelo horrible.
Ethan lo miró.
Después abrió los ojos.
—¿Ese eras tú?
—Gracias por recordarlo.
Nate soltó otra carcajada.
Adrian intervino:
—Y yo firmé como testigo en el registro.
Ethan lo miró lentamente.
—Tú eras…
—El primo aburrido que llevaba traje gris.
Durante varios segundos Ethan pareció reconsiderar los últimos diez años de su vida.
—¿Y Donovan?
—Vecino de infancia —respondí—. Prácticamente familia.
Nate señaló a Ethan.
—Y yo nunca te soporté.
—Eso también es verdad —añadí.
La habitación se llenó de risas.
Menos Ethan.
Él me miraba como si acabara de descubrir que durante nuestro matrimonio había conocido una versión diminuta de mi vida porque nunca se molestó en preguntar.
Tal vez era exactamente eso.
—Olivia —dijo finalmente—, ¿por qué nos divorciamos realmente?
La pregunta borró mi sonrisa.
—Tú pediste el divorcio.
—Lo sé.
—Entonces deberías recordar por qué.
Ethan bajó la mirada.
Su primer amor había regresado.
Camille Laurent.
Elegante.
Rica.
Perfecta para la familia Cole.
Él me dijo que nuestro matrimonio había sido demasiado impulsivo y que necesitaba “corregir un error antes de desperdiciar más años”.
Firmé.
Me fui.
Nunca le dije que aquella misma semana había descubierto que estaba embarazada.
Tampoco tuve oportunidad de decírselo después.
Perdí el embarazo poco tiempo más tarde.
No necesitaba abrir esa herida.
Así que respondí:
—Porque tú decidiste que yo era un error.
Ethan se quedó inmóvil.
—Olivia…
—No pasa nada. Lo superé.
Eso pareció dolerle todavía más.
A la mañana siguiente, Camille llegó al hospital.
Perfectamente vestida.
Perfectamente maquillada.
Y completamente confundida al encontrar a Ethan sentado fuera de mi habitación.
—¿Qué haces aquí?
Él se puso de pie.
—Trabajo aquí.
—Tu turno terminó hace cuatro horas.
Silencio.
Camille me miró a través de la puerta.
Después miró a Leo.
A Adrian.
A Nate.
Su expresión cambió.
—Así que esta es Olivia.
Leo murmuró:
—Ya empezamos.
Camille entró sin invitación.
—Encantada. He oído mucho sobre ti.
—Qué desgracia.
Nate tuvo que girarse para ocultar la risa.
Camille ignoró el comentario.
—Ethan y yo vamos a comprometernos pronto.
Ethan la miró.
—Camille.
Ella continuó:
—Solo quería evitar malentendidos.
Yo asentí.
—No hay ninguno.
Miré a Ethan.
—Tu novio puede irse cuando quiera.
Camille sonrió.
—Perfecto.
Pero Ethan no se movió.
Ahí apareció el verdadero problema.
No eran mis tres familiares atractivos.
No eran los celos.
Era que Ethan, después de tres años, había comenzado a mirar hacia atrás justo cuando yo ya no tenía ninguna razón para hacerlo.
Cuando recibí el alta, me encontró sola junto al ascensor.
—Olivia.
—¿Sí?
—Lo siento.
—¿Por la apendicitis?
—Por antes.
Lo miré.
—Eso fue hace tres años.
—Fui cruel.
—Sí.
—Pensé que acabarías buscando a alguien mejor que yo inmediatamente.
Sonreí.
—Qué narcisista.
Él también sonrió débilmente.
—Lo sé.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Antes de entrar, Ethan preguntó:
—¿Hay alguien?
—¿Alguien qué?
—En tu vida.
Por fin entendí.
—Sí.
Su rostro cambió.
Entonces Leo apareció corriendo por el pasillo.
—¡Olivia! Adrian dice que Nate movió el coche y ahora nadie sabe dónde está.
Detrás llegó Adrian gritando que él no iba a perder otro vuelo por culpa de Nate.
Me eché a reír.
Ethan observó a los tres.
—Ellos.
Negué.
—No.
Entré al ascensor.
—La persona que hay en mi vida soy yo.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
—Y después de nuestro divorcio me costó mucho volver a encontrarla.
Ethan no intentó detenerlas.
Meses después escuché que su compromiso con Camille nunca llegó a celebrarse.
No pregunté por qué.
Yo tenía otras cosas.
Trabajo.
Familia.
Viajes.
Leo insistiendo en invitarme a conciertos donde terminaba escondida entre adolescentes.
Adrian intentando convencerme de invertir con él.
Nate apareciendo sin avisar con entradas para carreras.
Y una vida que, curiosamente, nunca había estado vacía.
Ethan se burló porque llegué sola al hospital.
Lo que jamás entendió fue que estar sin pareja no significa estar sola.
Y después de pasar años creyendo que necesitaba que alguien me eligiera, finalmente había aprendido algo mucho mejor.
Yo ya tenía una familia.
Ya tenía una vida.
Y, sobre todo, ya me había elegido a mí.