Dos días después, el agente inmobiliario llevó a la primera pareja a ver la casa.
Daniel todavía no se había mudado.
Eso ya me molestaba.
Lo que me sorprendió fue encontrarlo en mi habitación, desmontando nuestra fotografía de bodas.
—¿Qué haces?
Se volvió.
—Me llevo algunas cosas.
—Esa foto puedes tirarla.
Sus dedos se quedaron quietos sobre el marco roto.
—Antes no hablabas así.
—Antes tampoco quería divorciarme.
Su mandíbula se tensó.
Entonces volvió a sonar su teléfono.
La misma voz femenina escapó del altavoz.
—Dani, ¿vas a venir hoy?
Daniel cortó inmediatamente.
Esta vez sentí un escalofrío.
No por celos.
Por reconocimiento.
Había escuchado esa forma de pronunciar su nombre cientos de veces.
Camila lo llamaba exactamente así.
Pero Camila llevaba tres años muerta.
Esa tarde llamé a Nora.
—Necesito que averigües algo.
Le di el número que había alcanzado a ver en la pantalla.
Nora tardó cuatro horas.
Cuando regresó, no sonaba tranquila.
—Ariana, ese número pertenece a Verónica.
La madre de Camila.
Solté el aire.
Tal vez había imaginado demasiado.
—Pero hay algo raro —continuó—. El teléfono está registrado a su nombre, aunque lleva meses utilizándose casi exclusivamente desde otra dirección.
Me envió la ubicación.
Era un apartamento que Daniel pagaba desde hacía tres años.
El mismo periodo durante el cual transfería dinero mensualmente a Verónica.
No fui allí.
Ya no quería respuestas.
Me quedaban doce días antes de marcharme al extranjero.
Pero aquella noche, mientras empaquetaba documentos, encontré nuevamente la solicitud amarillenta que había cambiado mi decisión.
Era de hacía ocho años.
Una solicitud para estudiar diseño en Milán.
A nombre de Camila.
Durante años yo había creído que Camila abandonó aquella oportunidad porque quería quedarse cerca de Daniel.
Por eso, después de morir, él la había convertido en el gran amor sacrificado de su vida.
Pero en la parte inferior había una nota escrita a mano.
“Plaza transferida a Ariana Song.”
Me quedé inmóvil.
Yo había estudiado en Milán aquel año.
Creí que había conseguido la plaza por mis propios méritos.
Busqué mis antiguos correos.
Encontré la aceptación.
Luego un mensaje de Camila enviado dos días antes de mi viaje.
Nunca lo había abierto.
“Cuando vuelvas, necesito contarte algo sobre Daniel.”
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
A la mañana siguiente fui a ver a Verónica.
Cuando abrió la puerta, perdió el color.
—¿Qué haces aquí?
—Quiero saber por qué Camila renunció a Milán.
Su expresión cambió.
—Vete.
Entonces escuché aquella voz desde el interior.
—Mamá, ¿quién es?
Todo mi cuerpo se congeló.
Una mujer apareció al final del pasillo.
Cabello más corto.
Más delgada.
Una cicatriz junto a la sien.
Pero era ella.
Camila.
La media hermana cuya tumba Daniel visitaba cada año.
Retrocedí.
—Tú estás muerta.
Camila empezó a llorar.
—Ariana…
No la dejé acercarse.
—¿Daniel lo sabe?
Su silencio respondió.
Tres años de cementerio.
Tres años de duelo.
Tres años diciéndome que competía contra una muerta.
Y ella había estado viva.
—¿Desde cuándo?
—Desde el principio.
Sentí náuseas.
Entonces Camila dijo algo todavía peor.
—Daniel no fingía mi muerte por mí.
—¿Qué significa eso?
Verónica cerró la puerta detrás de mí.
Camila tomó una carpeta de una mesa.
—La noche del supuesto accidente descubrí por qué tú recibiste realmente aquella plaza en Milán.
Me entregó documentos médicos.
Entre ellos estaba el historial de mi embarazo perdido.
Y un informe fechado semanas antes de aquella noche.
Daniel había solicitado pruebas genéticas prenatales sin decírmelo.
—¿Por qué tenía esto?
Camila me miró con lágrimas en los ojos.
—Porque tu bebé no murió por casualidad, Ariana.
Sentí que el suelo desaparecía.
—¿Qué estás diciendo?
Ella negó lentamente.
—Yo no fui la persona que Daniel estuvo protegiendo durante estos tres años.
Abrió la última página.
Allí aparecía una firma que reconocí inmediatamente.
La de mi padre.
Camila susurró:
—Daniel fingió llorar mi muerte porque era la única manera de mantenerte alejada de la verdad sobre la tuya.
