PARTE 2: LA CIRUGÍA QUE GABRIEL NUNCA SUPO QUE NECESITABA

A medianoche, Gabriel seguía frente al hospital.

Había llamado cuatro veces.

En todas recibió la misma respuesta.

—Usted no está autorizado para recibir información sobre Laura Bennett.

Por primera vez, su apellido le sonó extraño.

Bennett.

No Moore.

Gabriel marcó mi número otra vez.

Apagado.

Entonces llamó a su asistente.

—Averigua qué procedimiento le hicieron hoy.

—Señor, eso es información médica privada.

—Hazlo.

Pero aquella vez ni siquiera su dinero consiguió abrir la puerta.

Yo desperté de la anestesia poco después.

La doctora estaba junto a mi cama.

—La cirugía salió bien.

Solté el aire.

—¿Encontraron algo?

Su expresión cambió.

—Sí.

Sacó unas imágenes.

—Había adherencias y tejido cicatricial que probablemente se remontan a su pérdida gestacional de hace tres años.

Mi mano se cerró sobre la sábana.

Tres años.

Nuestro bebé.

—¿Eso significa que no podré tener hijos?

—No necesariamente.

La doctora dudó antes de continuar.

—Pero hay algo que no entiendo.

Abrió mi historial antiguo.

—Después de aquella pérdida se recomendó una intervención de seguimiento.

—Nunca me dijeron eso.

Ella frunció el ceño.

—Según el expediente, sí.

Giró la pantalla.

Había una anotación.

“Paciente informada. Familiar responsable notificado.”

Debajo aparecía un nombre.

Gabriel Moore.

Sentí un frío insoportable.

—¿Él lo sabía?

—El sistema indica que recibió los resultados.

Tres años atrás yo había pasado semanas culpando a mi cuerpo.

Gabriel me decía que dejara de obsesionarme.

Que algunas cosas simplemente ocurrían.

Pero él había recibido información médica que yo jamás vi.

A la mañana siguiente pedí una copia completa del expediente.

Había llamadas.

Correos.

Incluso una cita de seguimiento cancelada desde el número de Gabriel.

Entonces encontré algo peor.

El día de aquella cita, Gabriel había pagado una consulta privada en el mismo hospital.

Para Camila Reed.

Guardé todo.

No necesitaba gritar.

Necesitaba respuestas.

Mientras tanto, Gabriel finalmente descubrió qué planta del hospital había visitado.

Llegó cuando yo ya estaba firmando el alta.

—Laura.

Me giré.

Parecía no haber dormido.

Traía rosas blancas.

Miré el ramo.

Luego a él.

—Tíralas.

—Solo quiero saber qué te pasó.

Le entregué una copia de mi expediente.

—Explícamelo tú.

Gabriel leyó la primera página.

Su rostro perdió el color.

—¿Dónde conseguiste esto?

—Es mi historial.

Pasó rápidamente las hojas.

Cuando encontró su nombre, levantó la cabeza.

—Yo nunca cancelé esa cita.

—La llamada salió de tu teléfono.

—Laura, te juro que no sabía que necesitabas otra intervención.

Lo observé durante varios segundos.

Por primera vez, no parecía indiferente.

Parecía asustado.

Entonces su teléfono sonó.

Camila.

Gabriel rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

La rechazó otra vez.

A la tercera, contesté yo.

—¿Camila?

Silencio.

Después escuché su voz temblorosa.

—Laura…

—¿Por qué llamas?

—Necesito hablar con Gabriel.

—Está ocupado leyendo mi expediente médico.

El silencio cambió.

Ya no parecía sorpresa.

Parecía miedo.

—¿Qué expediente?

Ahí lo entendí.

—Tú sabes de qué estoy hablando.

Camila colgó.

Gabriel me miró.

—¿Qué significa eso?

Antes de responder, mi doctora apareció con un sobre.

—Señora Bennett, encontramos un documento archivado incorrectamente después de su pérdida.

Me lo entregó.

Era un consentimiento para cancelar mi tratamiento posterior.

Mi firma aparecía al final.

Solo que yo jamás lo había firmado.

Gabriel se quedó blanco.

Debajo de mi firma falsa había un nombre como testigo.

Camila Reed.

Y la fecha era imposible.

Tres años atrás, Gabriel me había jurado que todavía no conocía a Camila.

Levanté los ojos.

—¿Cuándo la conociste realmente?

Gabriel no respondió.

Pero la doctora todavía no había terminado.

—Hay otra cosa.

Sacó una fotografía clínica antigua.

Camila aparecía entrando conmigo en urgencias aquella noche.

Yo estaba inconsciente sobre una camilla.

Ella caminaba detrás.

Y sostenía mi bolso.

Entonces recordé algo que había enterrado durante tres años.

Antes de perder a mi bebé, una desconocida me había ayudado cuando empecé a sentirme mal en el aparcamiento.

Nunca vi bien su rostro.

Pero ahora sí.

Era Camila.

Y ella ya conocía a mi esposo mucho antes de que Gabriel afirmara haberla conocido.

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