PARTE 2: LA VISITA QUE ACABÓ EN UNA REDADA

Renata abrió la puerta con el cabello recogido, un delantal sencillo y una expresión tranquila.

—Buenos días, señora Ofelia.

Su futura suegra sonrió con satisfacción.

—Así me gusta. Una mujer decente debe estar despierta antes que el marido.

Pero Renata no miró a Ofelia.

Miró al hombre que venía detrás.

Traje gris.

Portafolio negro.

Una carpeta bajo el brazo.

No era un familiar.

Era un notario.

Y detrás de él apareció otro hombre de unos cincuenta años con una calculadora financiera en la mano.

—¿Quiénes son? —preguntó Renata.

Ofelia entró sin pedir permiso.

—Personas que vienen a poner orden.

Mauricio bajó las escaleras fingiendo sorpresa.

—Mamá… no esperaba que llegaras tan temprano.

—Quería comprobar que ya aprendió a obedecer.

Renata observó discretamente la cámara de seguridad instalada sobre el librero.

La luz azul seguía encendida.

Todo estaba grabándose.


El notario abrió su portafolio.

—Señorita Renata, solo necesitamos unas firmas.

Ella sonrió.

—¿Firmas de qué?

Ofelia tomó asiento como si fuera la dueña del departamento.

—Como ya se van a casar, lo mejor es simplificar las finanzas.

El contador colocó varios documentos sobre la mesa.

Renata los leyó uno por uno.

Cesión de administración bancaria.

Autorización para operar todas sus cuentas.

Poder para vender bienes adquiridos durante el matrimonio.

Solicitud para incorporar su salario a un fideicomiso familiar.

Todo preparado.

Solo faltaba su firma.


—¿Esto lo prepararon antes de hablar conmigo? —preguntó.

Ofelia respondió sin vergüenza.

—Las mujeres enamoradas siempre terminan firmando.

Mauricio evitó levantar la cabeza.

Renata continuó hojeando la carpeta.

Entonces encontró algo inesperado.

Había otro nombre.

Patricia Gómez.

—¿Quién es Patricia? —preguntó.

El contador levantó la vista con nerviosismo.

Ofelia respondió demasiado rápido.

—No importa.

Renata levantó aquella hoja.

—Aquí dice que Patricia cedió exactamente los mismos derechos hace cuatro años.

El silencio cayó sobre la sala.

Mauricio tragó saliva.


Renata sonrió lentamente.

—¿También fue tu prometida?

Mauricio cerró los ojos.

Ofelia golpeó la mesa.

—¡No cambies de tema!

—Estoy preguntando algo muy sencillo.

Miró directamente a Mauricio.

—¿Cuántas mujeres firmaron estos papeles antes que yo?

Él no respondió.

Pero el contador sí.

Sin darse cuenta.

—Solo fueron…

Se quedó callado demasiado tarde.

Solo fueron.

No una.

Varias.


Ofelia lanzó una mirada asesina al contador.

—¡Cállese!

Renata dejó los documentos sobre la mesa.

—Así que este era el negocio.

Ninguno habló.

Ella continuó.

—Buscan mujeres con buenos ingresos.

Las convencen de casarse.

Controlan sus cuentas.

Las dejan sin dinero.

Y cuando ya no sirven…

Las reemplazan por otra.

El rostro de Mauricio estaba completamente blanco.


Ofelia soltó una carcajada.

—¿Y quién va a creer semejante tontería?

Renata tomó el control remoto del televisor.

Presionó un botón.

En la pantalla apareció la imagen de la cámara de seguridad del comedor.

Se veía perfectamente.

El notario.

El contador.

Los documentos.

Las amenazas.

Y la conversación completa desde que habían entrado.

Ofelia se levantó de golpe.

—¡Apaga eso!

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque ya no está aquí.

Renata levantó el teléfono.

—La grabación lleva veinte minutos transmitiéndose automáticamente a la nube.

Después mostró otra aplicación.

También estaba enviándose en tiempo real a tres destinatarios.

Su abogado.

Su socio.

Y la Fiscalía Especializada en Fraudes Patrimoniales.


Mauricio dio un paso hacia ella.

—Renata… podemos hablar.

—Todavía no terminé.

Abrió otra carpeta.

—Anoche, mientras dormías, encontré en tu computadora las copias digitales de estos contratos.

Había cinco mujeres diferentes.

Cinco salarios.

Cinco cuentas bancarias.

Cinco transferencias.

Cinco matrimonios cancelados.

El contador comenzó a recoger desesperadamente sus papeles.

—Yo no sabía…

—Siéntese —ordenó una voz desde la puerta.

Todos giraron.

Dos agentes de la Policía Investigadora acababan de entrar junto con una fiscal.

Detrás de ellos venían otras dos mujeres.

Una de ellas rompió a llorar apenas vio a Mauricio.

—Es él…

La otra levantó una carpeta.

—A mí también intentaron quitarme todo.

Renata las reconoció inmediatamente.

Patricia Gómez.

Y Laura Méndez.

Los nombres que acababa de leer en aquellos documentos.


La fiscal tomó la carpeta.

—Señora Ofelia Salgado.

Señor Mauricio Salgado.

Existen indicios de fraude, coacción, violencia familiar, tentativa de administración fraudulenta y posible asociación delictuosa.

Ofelia intentó correr hacia la cocina.

No llegó ni a la mitad del pasillo.

Los agentes la detuvieron.

Mauricio cayó de rodillas.

—Renata…

Perdóname.

Ella lo miró por última vez.

—No necesitaba una esposa.

Necesitabas otra víctima.

Y esta vez elegiste a la mujer equivocada.

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