Dejé los palillos sobre la mesa.
—¿Por qué me eligió?
La mujer sonrió, pero Adrián habló antes.
—Victoria.
Una sola palabra.
Una advertencia.
Ella se quitó el abrigo con absoluta tranquilidad.
—¿Qué? ¿Piensas mantenerla engañada para siempre?
Adrián me miró.
—Laura, ella es Victoria Lu.
—Eso tampoco responde mi pregunta.
Victoria soltó una pequeña carcajada.
—Me cae bien.
Adrián parecía cada vez menos divertido.
—Victoria es mi prima.
Parpadeé.
Aquello no era lo que esperaba.
—¿Prima?
—Por parte de mi madre —confirmó ella—. Y también directora jurídica del grupo familiar.
Me relajé apenas.
Hasta que Victoria añadió:
—Y fui quien le dijo que debía casarse contigo.
Volví a mirar a Adrián.
—Ahora definitivamente quiero una explicación.
Él tomó asiento.
Por primera vez desde nuestra boda, el hombre que siempre tenía una respuesta parecía estar buscando las palabras correctas.
—Mi abuelo modificó su fideicomiso hace tres años.
Victoria completó:
—Adrián controla las empresas, pero no puede asumir ciertas participaciones familiares hasta cumplir una condición.
Ya podía imaginarla.
—Matrimonio.
—Exactamente.
Solté el aire.
De modo que aquello era todo.
Yo era una esposa contractual disfrazada de matrimonio normal.
—¿Cuánto recibiste por casarte conmigo?
Adrián frunció el ceño.
—No es así.
—¿Entonces cómo es?
Victoria miró a su primo.
—Díselo completo.
El silencio se alargó.
Finalmente Adrián respondió:
—La condición no era simplemente casarme.
—Mi abuelo exigió que fuera con alguien sin intereses empresariales enfrentados con los Shen, que no dependiera económicamente de nosotros antes del matrimonio y que no estuviera involucrada en ninguno de los acuerdos familiares.
Me reí sin humor.
—Entonces fui una candidata conveniente.
—Al principio.
Aquellas dos palabras me hicieron levantar la mirada.
—¿Al principio?
Victoria se levantó.
—Esta parte deberían hablarla solos.
Tomó su bolso.
Antes de marcharse se volvió hacia mí.
—Por cierto, Laura, tu Wagyu estaba excelente.
Después cerró la puerta.
Me quedé frente a Adrián.
—Habla.
Él sacó su teléfono.
Abrió un archivo.
Había fotografías mías.
En el trabajo.
Con mi abuela.
En una librería.
Saliendo del supermercado.
Retrocedí.
—¿Me investigaste?
—Mi familia investiga a cualquiera que pueda entrar en ella.
—Eso no lo hace menos inquietante.
—Lo sé.
Deslizó el teléfono hacia mí.
—Pero ahí fue donde cambió todo.
Abrí un informe.
Esperaba propiedades.
Cuentas.
Relaciones.
En cambio, encontré pequeñas anotaciones.
“Continúa utilizando transporte público aunque posee automóvil.”
“Devuelve transferencias excesivas de sus padres.”
“Realiza compras semanales para su abuela.”
“Rechazó tres oportunidades laborales relacionadas con conexiones familiares.”
Levanté lentamente la cabeza.
—¿Por eso te casaste conmigo? ¿Porque soy barata?
Por primera vez vi a Adrián reír de verdad.
—No.
—Porque no podías ser comprada.
Eso me dejó en silencio.
Adrián se levantó.
—Crecí rodeado de personas que calculaban cuánto podían obtener de mí.
—Cuando tuvimos nuestra primera cita, elegiste el plato más barato.
—Eso también era calcular.
—Sí, pero calculabas cuánto podías ahorrar tú, no cuánto podías sacarme a mí.
Quise seguir enfadada.
Realmente quise.
Entonces señaló la bandeja vacía del Wagyu.
—Y hoy has demostrado que ni siquiera una cuenta ilimitada puede derrotar un descuento del treinta por ciento.
Lo miré.
—Era una buena oferta.
—Daniel me lo explicó.
Me tapé la cara.
—Voy a despedirlo.
—No puedes. Trabaja para mí.
—Entonces me divorciaré de ti.
Su sonrisa desapareció.
Demasiado rápido.
—No bromees con eso.
Algo en su tono me hizo bajar las manos.
—Adrián…
Se acercó a la ventana.
—La condición del fideicomiso dejó de importar antes de nuestra boda.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Mi abuelo murió dos semanas después de nuestra primera cita.
—El fideicomiso se reorganizó. Ya no necesitaba casarme.
Me quedé completamente quieta.
—Pero tres días después viniste a pedirme matrimonio.
—Sí.
—¿Por qué?
Esta vez no respondió inmediatamente.
—Porque ya había decidido que quería conocerte.
Mi corazón dio un pequeño salto que me negué a analizar.
—Eso sigue sin explicar por qué tanta prisa.
Adrián bajó la mirada.
—Porque alguien más había empezado a investigarte.
La calidez desapareció.
—¿Quién?
Sacó una carpeta del maletín.
—Por eso traje a Victoria esta noche.
Dentro había copias de movimientos financieros relacionados con mi familia.
Mi apellido aparecía repetidamente.
Su.
Shen.
Y otro que no reconocía.
Adrián señaló una transferencia realizada veinticuatro años atrás.
—Tu abuela no era simplemente una mujer que vivía modestamente.
—Eso ya lo sé.
—No, Laura.
Su voz cambió.
—No creo que lo sepas.
Pasó la página.
Aparecía el nombre completo de mi abuela junto al de Shen Holdings.
Sentí que algo se cerraba en mi pecho.
—¿Qué tiene que ver mi abuela con tu familia?
—Hace veinticuatro años, cuando el grupo Shen estuvo a punto de quebrar, apareció capital suficiente para mantener viva una de nuestras compañías principales.
—Mi familia siempre creyó que provenía de un inversionista extranjero.
Señaló la firma.
—No fue así.
Era el nombre de mi abuela.
Me reí por puro desconcierto.
—Mi abuela reutiliza las bolsas del supermercado.
—Lo sé.
—Remienda calcetines.
—También lo sé.
—Apaga el aire acondicionado para ahorrar.
Adrián casi sonrió.
—Laura, quizá empiezo a entender de dónde lo sacaste.
Pero yo seguía mirando la cifra.
Era enorme.
—¿De dónde obtuvo este dinero?
—Eso es precisamente lo que intentamos descubrir.
Entonces mi teléfono sonó.
Era mi madre.
Respondí.
—¿Mamá?
No escuché ningún saludo.
Solo su respiración agitada.
—Laura, ¿está Adrián contigo?
Miré a mi marido.
—Sí.
Silencio.
—Sal de esa casa.
Me incorporé.
—¿Qué ocurre?
—Tu abuela acaba de enterarse de que te casaste con un Shen.
Sentí un escalofrío.
—Ella ya sabía que estaba casada.
—Sabía que te habías casado con un hombre llamado Adrián.
Mi madre tragó saliva.
—Nunca le dijimos su apellido.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
La voz de mi madre se quebró.
—Porque hace veinticuatro años tu abuela hizo jurar a toda la familia que ninguno de nosotros volvería a relacionarse con los Shen.
Miré el documento.
Después a Adrián.
—¿Qué hicieron?
Mi madre tardó varios segundos en responder.
—No puedo explicarlo por teléfono.
Entonces escuché la voz de mi abuela al fondo.
No parecía la anciana tranquila que discutía conmigo por dejar una luz encendida.
Parecía otra persona.
—Pregúntale a Adrián Shen qué ocurrió con su padre hace veinticuatro años.

Adrián perdió el color del rostro.
Y en ese instante comprendí algo.
Mi marido sí conocía esa historia.
Solo había esperado que yo jamás descubriera que también pertenecía a la mía.