—El setenta y dos por ciento de Valdés Pictures pertenece legalmente a Isabella.
Adrián se llevó ambas manos a la cabeza.
—Eso es imposible.
Mi padre dejó la carpeta sobre la mesa.
—Tu empresa nació con tres millones de dólares aportados por Montenegro Capital.
Adrián me miró.
—Tú dijiste que ese dinero venía de inversionistas privados.
—Así fue.
—¡Nunca dijiste que eran tuyos!
—Nunca preguntaste.
Vanessa empezó a quitarse el collar.
—Yo no sabía nada.
Extendió la joya hacia mí.
No la acepté.
—Entrégasela a seguridad.
Adrián reaccionó.
—Isabella, podemos hablar en privado.
—Mañana querías divorciarte públicamente.
Lo miré.
—Podemos terminarlo públicamente también.
Uno de los abogados de mi padre abrió otra carpeta.
Durante los últimos dieciocho meses, Adrián había utilizado fondos de la productora para pagar el apartamento de Vanessa, viajes, joyas y contratos personales.
Más de 1,4 millones de dólares.
Entonces apareció algo todavía peor.
Había comprometido derechos sobre tres películas futuras como garantía de un préstamo de cuarenta millones.
Mi firma aparecía como autorización.
—Yo jamás firmé eso.
El abogado asintió.
—Precisamente.
Adrián perdió el color.
Mi padre cerró la carpeta.
—La inversión de doscientos millones queda cancelada.
El salón quedó completamente en silencio.
—Y mañana solicitaremos una auditoría completa.
Vanessa retrocedió.
—Adrián me dijo que él era dueño de todo.
—También me lo decía a mí —respondí.
Entonces mi padre señaló su vestido.
—Ese diseño pertenece a una colección privada registrada a nombre de Isabella.
Después señaló el collar.
—Y esa pieza forma parte del patrimonio Montenegro.
Vanessa se volvió hacia Adrián.
—¿Me regalaste cosas que ni siquiera eran tuyas?
Él no respondió.
Su teléfono comenzó a sonar.
Después otro.
Y otro.
Los inversionistas presentes ya estaban haciendo preguntas.
Pero mi padre todavía no había terminado.
—Hay algo que mi hija tampoco sabe.
Lo miré.
—¿Qué?
Leonardo sacó un documento antiguo.
—Hace cinco años acepté financiar la empresa de Adrián porque tú me lo pediste.
—Lo sé.
—Pero establecí una condición adicional.
El documento decía que, si Adrián intentaba transferir activos sin autorización de Isabella o perjudicar deliberadamente su participación, sus derechos económicos podían quedar sujetos a revisión bajo el acuerdo original.
Adrián golpeó la mesa.
—¡Esto es una trampa!
—No —respondió mi padre—. Una trampa necesita estar escondida.
Señaló su firma.
—Tú aceptaste esas condiciones.
Adrián miró el documento.
Había firmado sin leerlo.
Exactamente como esperaba que yo firmara el divorcio.
Pero entonces uno de los abogados se acercó a mi padre y le susurró algo.
Leonardo frunció el ceño.
—Isabella, tenemos otro problema.
Me entregó una transferencia bancaria.
Cincuenta millones de dólares habían salido de una filial de Valdés Pictures seis meses antes.
Destino:
Orion Film Holdings.
—¿Quién controla Orion?
El abogado giró la página.
Vanessa Collins aparecía como directora.
Pero no como propietaria.
El beneficiario final era una mujer llamada Helena Montenegro.
Sentí que el corazón se me detenía.
—Mi madre se llamaba Helena Montenegro.
Mi padre cerró los ojos.
—Lo sé.
—Murió hace dieciséis años.
Leonardo negó lentamente.
Adrián parecía tan confundido como yo.
Entonces mi padre sacó una fotografía reciente.
Mi madre aparecía entrando en un edificio de Londres.
A su lado caminaba Vanessa.
—Papá…
Apenas pude pronunciar la palabra.
—¿Mi madre está viva?
Él asintió.
—Y Vanessa no entró en la vida de Adrián por casualidad.
Miré a la mujer que todavía llevaba mi vestido.
—Entonces ¿quién es ella?
Vanessa comenzó a llorar.
Mi padre respondió por ella.
—La hija que tu madre tuvo después de abandonarnos.
El salón volvió a quedar en silencio.
Pero Leonardo añadió algo que me heló la sangre.

—Y si Helena consiguió transferir esos cincuenta millones, significa que ha regresado para reclamar algo mucho más importante que dinero.
—¿Qué?
Mi padre me miró.
—Tu lugar dentro de la familia Montenegro.