PARTE 2: LO QUE LOS WALSH NO SABÍAN DE AVA

Desperté al día siguiente en el sofá de Mia.

Mi vestido de novia estaba dentro de una bolsa.

—No lo tires —dijo ella—. Es evidencia.

Mia trabajaba como abogada corporativa.

Cuando leyó los mensajes de Ethan y vio la marca de la bofetada, su expresión cambió.

—Vamos a documentarlo todo.

Fotografió mis lesiones.

Guardó capturas de pantalla.

Descargó los vídeos de la boda que ya circulaban por internet.

Entonces encontró algo extraño.

—Ava, ¿quién pagó realmente esa boda?

—Yo pagué casi todo.

—Entonces tenemos un problema.

Me mostró una factura.

Walsh Development había declarado más de ciento ochenta mil dólares en gastos del evento.

Mi boda.

La misma boda que yo había pagado con mis ahorros.

—Eso no tiene sentido.

Mia comenzó a revisar documentos públicos y registros empresariales.

Dos horas después encontró mi nombre.

No como esposa de Ethan.

Como beneficiaria.

—¿Qué demonios es Parker-Walsh Holdings?

Se me heló la sangre.

Parker era el apellido de soltera de mi madre.

La sociedad había sido creada veintiséis años atrás.

Sus fundadores eran Richard Walsh…

y mi padre.

El hombre que había muerto tres años antes.

Llamé inmediatamente a mamá.

Cuando mencioné la empresa, comenzó a llorar.

—Tu padre me hizo prometer que nunca te lo diría.

—¿Decirme qué?

Hubo silencio.

—Los Walsh no te aceptaron porque Ethan te amara.

Sentí un vacío en el estómago.

Mi padre había financiado los primeros proyectos de Richard cuando ambos eran jóvenes.

Pero cuando Walsh Development empezó a crecer, Richard eliminó poco a poco a mi padre de las cuentas.

Hubo demandas.

Acuerdos secretos.

Finalmente mi padre aceptó retirarse con una condición.

Su participación quedaría dentro de un fideicomiso.

Y pasaría a mí cuando cumpliera treinta años.

Faltaban cuatro meses.

—¿Cuánto vale?

Mia encontró la cifra antes de que mamá contestara.

Casi treinta y ocho millones de dólares.

Pero había una cláusula todavía más extraña.

Si yo me casaba legalmente con un descendiente Walsh antes de cumplir treinta años, mis acciones se integrarían temporalmente en una sociedad familiar administrada por mi esposo.

Miré a Mia.

—Ethan sabía.

—Probablemente todos sabían.

Entonces comprendí por qué habían insistido tanto en acelerar la boda.

Por qué Ethan me convenció de dejar mi trabajo.

Por qué me pidió entregar mi apartamento.

No querían una esposa.

Querían una firma.

Pero habían cometido un error.

Había abandonado la ceremonia antes de firmar el documento final que el abogado de los Walsh debía entregarme después del banquete.

Mia sonrió por primera vez.

—Ava, ayer no saliste de esa boda arruinada.

Giró la pantalla hacia mí.

—Saliste antes de entregarles treinta y ocho millones.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Número desconocido.

Era Richard.

—Vuelve inmediatamente.

—No.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Ahora sí.

Colgué.

Tres horas después, Mia recibió un correo del abogado de mi padre.

Había una carpeta protegida que debía abrirse si algún miembro de los Walsh intentaba reclamar mis acciones mediante matrimonio.

Dentro había auditorías.

Transferencias.

Contratos falsificados.

Y una grabación realizada por mi padre meses antes de morir.

Escuché su voz.

“Si Ava está oyendo esto, significa que Richard finalmente utilizó a Ethan.”

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

Pero la siguiente frase me dejó inmóvil.

“Lo que Ava todavía no sabe es que Ethan no es hijo biológico de Richard.”

Miré a Mia.

La grabación continuó.

“Su verdadero padre soy yo.”

Sentí que el mundo desaparecía bajo mis pies.

Ethan.

El hombre con quien casi acababa de casarme.

Podía ser hijo de mi padre.

Mi medio hermano.

Pero Mia levantó una mano.

—Espera.

Había encontrado otro archivo.

Una prueba de ADN realizada después de la muerte de papá.

RESULTADO:

PATERNIDAD EXCLUIDA.

—Entonces tu padre mintió.

—¿Por qué?

Mia abrió el último documento.

Era una carta manuscrita.

“Ava, si la prueba genética está dentro de esta carpeta, Richard descubrió demasiado tarde que Ethan tampoco era mi hijo.”

Debajo había un nombre.

Margaret Walsh.

Y una instrucción:

“Pregúntale quién era realmente el hombre que murió la noche en que nació Ethan.”

Me quedé mirando aquella frase.

La boda ya no parecía un simple intento de robar mi herencia.

Mi padre había pasado décadas escondiendo algo dentro de la familia Walsh.

Y aparentemente, Ethan era la pieza central.

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