PARTE 2: LA VERDADERA DUEÑA

Yovani sacó el teléfono con una sonrisa arrogante, pero su expresión cambió al leer la primera notificación.

—¿Qué demonios…?

Otra alerta apareció.

Y otra.

TARJETA BLOQUEADA.

CUENTA CONGELADA.

ACCESO CORPORATIVO SUSPENDIDO.

Doña Yolanda frunció el ceño.

—¿Qué pasa, hijo?

Antes de que pudiera responder, recibió una llamada.

—¿Bueno?

Escuchó durante unos segundos y perdió el color del rostro.

—¿Cómo que llegaron auditores a la empresa? ¡Yo soy el director!

Desde mi cama, lo observé en silencio.

Yovani me miró lentamente.

Por primera vez vi miedo en sus ojos.

—¿Qué hiciste, María Inés?

—Lo que debí hacer hace muchos años.

La puerta se abrió.

Entró Arturo Cárdenas acompañado por una mujer de traje oscuro. Llevaba una carpeta gruesa bajo el brazo.

Yovani lo reconoció inmediatamente.

—Licenciado Cárdenas… ¿qué hace usted aquí?

Arturo ni siquiera le extendió la mano.

—Vengo por instrucciones de la propietaria mayoritaria de Grupo Salgado Capital.

Yovani parpadeó.

—¿La propietaria?

Arturo caminó hasta mi cama.

—Señora Salgado, las cuentas han sido protegidas y la auditoría ya comenzó.

El silencio fue brutal.

Yolanda soltó una risa nerviosa.

—Debe existir algún error. ¿Por qué está informándole esas cosas a ella?

Arturo abrió la carpeta.

—Porque María Inés Salgado controla el fondo que posee la mayoría de las acciones de la empresa donde trabaja su hijo.

Yovani retrocedió.

—Eso es imposible.

Lo miré directamente.

—Tu puesto, tu oficina, tus viajes, el coche que conduces y hasta ese reloj que miras cada cinco minutos salieron de inversiones que yo construí durante años.

—¡Estás mintiendo!

Arturo colocó varios documentos frente a él.

—Puede comprobarlo.

Las manos de Yovani comenzaron a temblar mientras recorría las páginas.

Entonces sonó nuevamente su teléfono.

Esta vez era el presidente del consejo.

Contestó.

—Señor, puedo explicarlo…

No pudo terminar.

La llamada duró menos de treinta segundos.

Cuando colgó, parecía otro hombre.

—Me suspendieron.

Yolanda abrió los ojos.

—¿Qué?

—Me suspendieron del cargo.

Entonces me miró.

Ya no había arrogancia.

—María Inés… podemos hablar de esto.

Casi sonreí.

Hacía diez minutos quería divorciarse y dejarme en la calle.

Ahora quería hablar.

—Claro que hablaremos —respondí—. Con abogados presentes.

Yolanda se acercó furiosa.

—¡Después de todo lo que esta familia hizo por ti!

Aquellas palabras terminaron de apagar cualquier culpa que pudiera quedarme.

—Durante quince años cociné para ustedes, limpié detrás de ustedes y soporté que me trataran como si no valiera nada. Y mientras ustedes se reían de mi panadería, yo construía el patrimonio que financiaba la vida que presumían.

Yovani bajó la mirada.

—¿Por qué nunca me dijiste quién eras realmente?

—Porque quería saber quién eras tú cuando pensabas que yo no tenía nada.

No pudo responder.

Arturo dejó otro sobre sobre la mesa.

—También tenemos los documentos preliminares del divorcio.

Yovani levantó la cabeza de golpe.

—María Inés, espera.

Negué lentamente.

—Tú mismo me diste a elegir.

Tomé el sobre.

—Y finalmente elegí.

Yovani salió detrás de su madre sin decir otra palabra.

Cuando la puerta se cerró, sentí que podía respirar por primera vez en quince años.

Pero Arturo permaneció serio.

—María Inés, hay algo más.

Su expresión me hizo incorporarme.

—¿Qué encontraron?

Abrió otra carpeta.

—La auditoría detectó transferencias realizadas desde una subsidiaria durante los últimos dieciocho meses.

—¿Cuánto?

Arturo deslizó una hoja hacia mí.

Miré la cifra.

Mi corazón se aceleró.

—¿Quién autorizó esto?

Arturo señaló una firma.

Era la de Yovani.

Pero debajo aparecía otro nombre.

Uno que jamás habría esperado encontrar.

Levanté la mirada.

—No puede ser…

Arturo cerró la puerta de la habitación.

—Esto ya no parece solamente una traición matrimonial.

Hizo una pausa.

—Alguien lleva meses intentando quedarse con tu empresa.

Y esa persona todavía cree que tú no lo sabes.

CONTINUARÁ…

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