PARTE 2 — LA VERDAD QUE NUNCA IMAGINÓ

Adrian volvió a leer el informe.

Después una tercera vez.

Sus manos empezaron a temblar.

En la primera página aparecía claramente el nombre de Noah.

Debajo, el de Leo.

Y finalmente Lucas.

Los tres expedientes tenían la misma observación.

“El padre biológico no corresponde al señor Adrian Fuentes.”

Sintió que el aire desaparecía de la habitación.

Tomó el teléfono inmediatamente.

Marcó mi número.

No contesté.

Volvió a llamar.

Otra vez.

Cinco.

Diez.

Quince llamadas.

Ninguna respuesta.

Se lanzó hacia el ascensor.

Cuando llegó al estacionamiento, mi automóvil ya había desaparecido.

Por primera vez desde que nos conocíamos, sintió verdadero miedo.

Mientras tanto, yo conducía en silencio.

Noah iba dormido en el asiento trasero abrazando a sus hermanos.

Miré por el retrovisor.

Ellos eran lo único que realmente me pertenecía.

El teléfono vibró sin descanso.

Apagué el sonido.

Sabía exactamente qué había encontrado Adrian.

Y también sabía que aquella verdad solo era la mitad de la historia.

Una hora después, Adrian llegó al hospital donde habían nacido los niños.

Golpeó el mostrador de información.

—Necesito hablar con el director médico.

Treinta minutos más tarde, una doctora revisaba los expedientes.

—Señor Fuentes, estos documentos son confidenciales.

—Solo quiero saber si son auténticos.

Ella comparó los códigos.

Después levantó lentamente la vista.

—Sí.

—Fueron emitidos por este hospital.

Adrian sintió un nudo en el estómago.

—Entonces… ¿ninguno de los tres es hijo mío?

La doctora permaneció en silencio unos segundos.

—Eso es lo que indica el estudio genético solicitado hace tres años.

—¿Quién lo pidió?

—La señora…

Consultó la pantalla.

—…la señora Valeria Fuentes.

Adrian retrocedió un paso.

—¿Ella ya lo sabía?

—Sí.

—¿Y por qué nunca me lo dijo?

La doctora cerró el expediente.

—Esa pregunta solo puede responderla ella.

Salió del hospital completamente desorientado.

Durante cinco años había sido un padre distante.

Había rechazado abrazos.

Ignorado cumpleaños.

Olvidado festivales escolares.

Porque, en el fondo, siempre sospechó que aquellos niños lo alejaban de la vida que quería vivir.

Ahora descubría que, legalmente, nunca habían sido suyos.

Pero, extrañamente, el dolor que sintió no fue alivio.

Fue pérdida.

Recordó a Noah esperando cada noche junto a la puerta.

Recordó los pequeños dibujos donde siempre aparecía un padre sonriendo.

Recordó al niño llamándolo “papá” mientras él seguía caminando.

Por primera vez deseó volver atrás.

Mientras tanto, llegué a una casa junto al lago.

La puerta se abrió antes de que pudiera tocar.

Un hombre de cabello canoso salió apresuradamente.

Al verme con los tres niños, sonrió con lágrimas en los ojos.

—Por fin llegaron.

Noah levantó la cabeza.

—¿Abuelo?

El hombre lo cargó inmediatamente.

—Sí, campeón.

—Ya están en casa.

Entramos.

Sobre la mesa había fotografías.

Yo embarazada.

Los tres bebés recién nacidos.

Y un hombre joven sonriendo junto a mí.

No era Adrian.

Era otra persona.

Tomé una de las fotografías.

Noah la señaló con curiosidad.

—Mamá…

—¿Quién es él?

Respiré profundamente.

Había esperado cinco años para responder esa pregunta.

—Es…

Antes de que pudiera terminar la frase, sonó el timbre.

El anciano miró la pantalla de seguridad.

Su rostro cambió de inmediato.

—Valeria…

—Él ya está aquí.

En el monitor aparecía Adrian.

No había llegado solo.

A su lado estaba un hombre de traje oscuro sosteniendo una carpeta con un sello oficial.

Y detrás de ellos… otro hombre idéntico al que sonreía en la fotografía que Noah tenía entre las manos.

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