Mariana sintió que las piernas dejaban de responderle.
El mensaje seguía iluminando la pantalla.
“Trabajo hecho. Ya corté los frenos de la camioneta de tu esposa.”
No había duda.
No era una amenaza.
Era un reporte.
Alguien acababa de confirmar que el asesinato ya estaba preparado.
Respiró hondo y obligó a sus manos a dejar de temblar.
No podía llamar a Alejandro.
No podía avisarle a nadie de la familia.
Ya no sabía quién estaba de su lado.
Tomó fotografías del testamento falso, de los estados de cuenta y de la conversación con la enfermera Patricia.
Después envió todo a una carpeta en la nube con una contraseña que solo conocía ella.
Antes de cerrar el teléfono descubrió un grupo llamado Proyecto Herencia.
Había cuatro integrantes.
Alejandro.
Patricia.
Su tío Raúl.
Y un contacto guardado únicamente como Doctor G.
El último mensaje decía:
“Si Ernesto despierta, el procedimiento cambia. La hija sigue siendo prioridad.”
Mariana sintió un nudo en la garganta.
Su padre había apretado su mano aquella madrugada.
Ellos también lo sabían.
Por eso tenían tanta prisa.
Abrió el cajón inferior del escritorio.
Encontró varias carpetas con el logotipo de la empresa familiar.
Entre ellas apareció una póliza de seguro de vida por ciento veinte millones de pesos.
La beneficiaria original era Mariana.
Un documento agregado seis semanas antes cambiaba al beneficiario.
Ahora aparecía Alejandro Salgado.
La firma parecía suya.
Pero ella nunca había firmado ese cambio.
Sacó otra carpeta.
Había poderes notariales.
Autorizaciones bancarias.
Contratos de representación.
Todos llevaban su nombre.
Todos tenían la misma firma.
Y todas eran falsificaciones.
Entonces escuchó el ruido de un automóvil entrando al garaje.
Alejandro.
Había regresado demasiado pronto.
Mariana apagó el teléfono secreto y lo guardó exactamente donde estaba.
Metió las carpetas bajo su chamarra y salió por la puerta que comunicaba con el jardín.
Al pasar junto a la cocina escuchó la voz de su esposo.
—¿Ya volvió?
La empleada respondió:
—No, señor. Pensé que seguía en el hospital.
Alejandro guardó silencio unos segundos.
Después marcó un número.
—No está donde debe.
La busquen de inmediato.
Y revisen la camioneta.
Si todavía no la usó, esperen.
No podemos fallar ahora.
Mariana sintió que el corazón golpeaba con tanta fuerza que creyó que podrían escucharla.
Saltó la barda trasera y corrió hasta la calle siguiente.
Detuvo un taxi sin mirar atrás.
—Al Hospital Ángeles.
Rápido.
Mientras el automóvil avanzaba, abrió nuevamente las fotografías.
Fue entonces cuando descubrió un detalle que antes había pasado por alto.
En la última página del testamento falso aparecía una cláusula escrita con otro tipo de letra.
“En caso de fallecimiento simultáneo de Ernesto Rivera y Mariana Rivera, la totalidad del patrimonio será administrada irrevocablemente por Alejandro Salgado.”
No planeaban esperar la muerte natural de su padre.
Habían preparado dos funerales.
Y ella acababa de escapar del primero por apenas unos minutos.

Cuando el taxi llegó al hospital, Mariana vio tres patrullas estacionadas frente a la entrada principal.
Pero lo que realmente hizo que el aire desapareciera de sus pulmones fue ver a la enfermera Patricia salir de terapia intensiva acompañada por Alejandro.
Los dos sonreían.
Como si el siguiente paso de su plan acabara de comenzar.