Salí del hotel sin mirar atrás.
Desde el taxi llamé al abogado que había administrado la herencia de mi abuelo durante años.
—Señor Romano, necesito bloquear cualquier operación relacionada con mi fondo.
Hubo un breve silencio.
—¿Isabella, ha ocurrido algo?
—Mi esposo intenta quedarse con él.
Su tono cambió inmediatamente.
—No firme absolutamente nada.
—No pienso hacerlo.
—Y no le diga que me llamó.
Sonreí.
Por primera vez aquella noche alguien estaba pensando exactamente igual que yo.
A la mañana siguiente congelé las cuentas sobre las que todavía tenía control, denuncié las transferencias que no reconocía y entregué a mis abogados las grabaciones, movimientos bancarios y documentos con la firma que yo negaba haber realizado.
Después fui al cumpleaños de mi suegra.
Alexander parecía sorprendido de verme.
—Pensé que seguirías enfadada por dejarte sola anoche.
—¿Por qué iba a estarlo?
Lo besé en la mejilla.
Vi cómo se relajaba.
Su madre me recibió con una enorme sonrisa y una pila de documentos.
—Isabella, querida, necesitamos unas firmas para organizar los regalos.
Ahí estaba.
El plan que había escuchado en italiano.
Firmé dos recibos verdaderos.
El tercero era la autorización.
Lo leí lentamente.
Alexander comenzó a impacientarse.
—Es una formalidad.
Levanté la cabeza.
—Claro.
Tomé el bolígrafo.
Su madre sonrió.
Entonces lo dejé sobre la mesa.
—Pero mi abogado quiere revisarlo primero.
El salón quedó en silencio.
Alexander palideció.
—¿Desde cuándo necesitas un abogado para firmar papeles familiares?
—Desde que alguien falsificó mi firma para intentar quedarse con mi tienda.
Su madre dejó caer una copa.
Alexander me agarró del brazo.
—¿Qué estás diciendo?
Me liberé.
—También sé de Hengyue Consulting.
Silencio.
—Sé de los seis millones.
Valeria, que estaba al otro extremo del salón, se quedó inmóvil.
La miré.
Y añadí en italiano:
—También sé que queríais sacar mis ahorros del país antes de fin de mes.
La expresión de ambos fue inolvidable.
Alexander retrocedió.
—¿Tú… hablas italiano?
—Lo suficiente para saber que querías robarme trescientos setenta millones.
Valeria dejó su copa.
—Isabella, estás malinterpretando una conversación empresarial.
Saqué el teléfono.
Reproduje su propia voz.
“Cuando termine el divorcio, te aseguro que ella no podrá tocar ni un centavo.”
Nadie volvió a hablar.
—Esta mañana —continué— entregué una copia completa a mis abogados.
Alexander perdió el control.
—¡Apágalo!
—Hay copias en la nube.
Su rostro cambió.
Entonces comprendió que ya no podía borrar nada.
Durante las semanas siguientes, el mundo que había construido a mis espaldas comenzó a desmoronarse.
Los movimientos financieros fueron revisados.
La solicitud de cambio de titularidad de mi tienda quedó cuestionada.
También el cambio del beneficiario del seguro y los documentos que contenían firmas que yo no reconocía.
Valeria intentó distanciarse de Alexander.
Alexander intentó culpar a Valeria.
Su madre aseguró que nunca había entendido los documentos.
Todos empezaron a señalarse.
Yo solo quería recuperar lo mío y terminar el matrimonio.
Hasta que el señor Romano me llamó.
—Encontramos algo que necesita ver personalmente.
Llegué a su despacho esa tarde.
Sobre la mesa había un expediente antiguo de mi abuelo.
—Alexander tenía razón en una cosa —dijo—. Su fondo vale una fortuna.
—Eso ya lo sabía.
—No me refiero solo al dinero.
Abrió una página.
Allí aparecía el nombre del Grupo Zhou.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa esto?
—Su abuelo adquirió participaciones de la compañía cuando todavía era pequeña.
Pasó otra página.
—Esas participaciones forman parte de su fideicomiso.
Miré el porcentaje.
Tuve que leerlo dos veces.
—¿Yo soy accionista del Grupo Zhou?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que conociera a Alexander.
Me quedé en silencio.
Entonces comprendí por qué mi esposo había investigado tanto mi herencia.

Pero Romano todavía no había terminado.
Sacó una última carpeta.
—Hay algo más extraño.
Dentro había correos impresos.
Uno estaba fechado cuatro meses antes de mi primera cita con Alexander.
El remitente era su madre.
El destinatario, Alexander.
Solo había una frase importante:
“Confirma primero cuánto heredará Isabella Xu. Después puedes acercarte a ella.”
El aire desapareció de mis pulmones.
Durante todo aquel tiempo había creído que Alexander se había enamorado de mí y después se había vuelto codicioso.
La verdad era mucho peor.
Cuando nos conocimos, él ya sabía quién era yo.
Nuestro matrimonio no había terminado por dinero.
Había comenzado por él.