—Voy a divorciarme de Jingzhou.
Song Zhihua tardó varios segundos en reaccionar.
Después soltó una risa fría.
—¿Otra vez intentando llamar su atención?
Seguí guardando mis cosas.
—No.
—Shining, debes conocer tu posición. ¿Cuántas mujeres darían cualquier cosa por entrar en nuestra familia?
—Entonces deje que entre una de ellas.
Su rostro se endureció.
Shen Yiyi apareció detrás de ella.
—Cuñada, si esto es por mí, puedo marcharme.
La miré.
—No tienes tanta importancia.
Su sonrisa desapareció.
Tomé la maleta y bajé las escaleras.
No llegué a la puerta.
Xia Jingzhou acababa de entrar.
Sus ojos se detuvieron inmediatamente en mi equipaje.
—¿Adónde vas?
Puse el acuerdo de divorcio sobre la mesa.
—A empezar mi vida.
Lo abrió.
Su expresión cambió página tras página.
—¿Renuncias a todo?
—Sí.
—¿Casa, coche, acciones, dinero?
—Todo.
Levantó la mirada.
Por primera vez en tres años parecía observarme realmente.
—¿Por qué?
Casi sonreí.
Qué pregunta tan absurda.
Había necesitado verme con una maleta para preguntarse qué sentía.
—Firma.
Xia Jingzhou cerró el documento.
—No.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—No voy a firmar hoy.
Song Zhihua intervino:
—Jingzhou, si quiere marcharse, déjala. Yiyi acaba de regresar. Quizá algunas cosas estaban destinadas a suceder.
Él la miró con frialdad.
—Mamá, esto es entre mi esposa y yo.
Shen Yiyi palideció.
Yo no sentí satisfacción.
Solo cansancio.
—Tienes hasta mañana —dije—. Después hablarás con mi abogada.
Pasé junto a él.
Xia Jingzhou me agarró de la muñeca.
—Shining.
Me liberé lentamente.
—No vuelvas a tocarme.
Algo en mis ojos debió asustarlo.
Porque me soltó.
Aquella noche dormí en casa de Su Man.
A la mañana siguiente debía acudir al hospital.
Pero a las siete recibí una llamada.
Xia Yan.
—Cuñada, necesito hablar contigo antes del procedimiento.
—Ya hablamos.
—Mi hermano está aquí.
Me incorporé de golpe.
—¿Qué?
—Encontró tu informe.
Sentí que se me helaba el cuerpo.
Veinte minutos después, las puertas del hospital se abrieron frente a mí.
Xia Jingzhou estaba en el pasillo.
Sin chaqueta.
Sin corbata.
Con mi informe médico apretado entre los dedos.
Nunca lo había visto así.
—Casi cinco meses —dijo.
No respondí.
—¿Por qué no me dijiste que estabas embarazada?
—Porque iba a hacerlo.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Ibas?
—La noche de aquella cena.
El silencio cayó entre nosotros.
—Pero vi cómo cuidabas a Shen Yiyi. Y comprendí que ya tenía mi respuesta.
Xia Jingzhou dio un paso hacia mí.
—Ese niño también es mío.
Instintivamente protegí mi vientre.
—Durante tres años yo también fui tu esposa.
Se quedó inmóvil.
—Y nunca pareció importarte demasiado.
—Shining…
—No conviertas al bebé en una excusa para arreglar un matrimonio que nunca quisiste cuidar.
Pasé junto a él.
Pero Xia Yan salió del consultorio.
—Esperen.
Su rostro estaba extraño.
Tenía otro expediente en las manos.
—Hay algo que ambos deben saber.
Me miró.
—Revisé los análisis preoperatorios.
Sentí un mal presentimiento.
—¿Qué ocurre?
Xia Yan bajó la voz.
—Hay una anomalía en tu historial médico.
Xia Jingzhou tomó el documento.
—Explícate.
—Hace tres años, poco después de vuestra boda, aparece registrado un tratamiento anticonceptivo prolongado solicitado a nombre de Shining.
Fruncí el ceño.
—Nunca solicité eso.
Xia Yan palideció.
—Eso pensé.
Sacó varias páginas.
—Las recetas fueron recogidas regularmente.
—¿Por quién?
Xia Yan no contestó de inmediato.
Xia Jingzhou levantó la vista.
—Yan, dime el nombre.
Finalmente ella habló.
—Mamá.
El pasillo quedó completamente en silencio.
Sentí que me faltaba el aire.
Song Zhihua.
Mi suegra.
La mujer que durante años insinuó que yo no era capaz de darle un heredero a la familia Xia.
Xia Jingzhou parecía incapaz de creerlo.
—Eso no demuestra que Shining las tomara.
—Exactamente —respondió Xia Yan—. Por eso revisé los registros.
Sacó otro documento.
—Algunas recetas estaban asociadas a suplementos que se enviaban directamente a la casa.
Recordé de pronto los frascos que Song Zhihua insistía en que tomara cada mañana.
“Vitaminas para mejorar tu salud.”
Mis manos comenzaron a temblar.
Xia Jingzhou también lo entendió.
Su rostro se volvió aterradoramente frío.
Pero Xia Yan todavía no había terminado.
—Hay algo más.
Nos mostró una solicitud médica antigua.
En el apartado de contacto autorizado aparecía una firma.

Shen Yiyi.
Miré aquel nombre sin comprender.
—Ella estaba en el extranjero.
Xia Yan negó lentamente.
—Eso es lo extraño.
Pasó a la siguiente hoja.
Había una copia de su pasaporte.
Una entrada al país realizada tres años atrás.
Exactamente una semana después de mi boda.
Xia Jingzhou se quedó petrificado.
—Yiyi me dijo que no había regresado durante cinco años.
—Entonces te mintió.
Xia Yan cerró el expediente.
—Porque estuvo en este hospital.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Yo había creído que Shen Yiyi acababa de regresar para recuperar al hombre que amaba.
Pero ella había estado allí desde el principio.
Y, por alguna razón, alguien llevaba tres años intentando asegurarse de que Xia Jingzhou y yo jamás tuviéramos un hijo.