PARTE 2: LA VERDAD ENTERRADA

Me quedé mirando aquel segundo mensaje durante varios minutos.

“Ella no fue quien empezó esto.”

Mis dedos se enfriaron alrededor del teléfono.

Respondí una sola palabra:

—¿Quién?

No llegó ninguna respuesta.

A la mañana siguiente, Ethan apareció frente a mi edificio.

No llevaba chofer.

Ni asistente.

Ni ese abrigo impecable que siempre lo hacía parecer inaccesible.

Solo una carpeta gruesa bajo el brazo.

—Necesitamos hablar.

No lo invité a entrar.

—Habla aquí.

Ethan aceptó.

—Mi madre falsificó tu solicitud de transferencia.

—Eso ya lo sabemos.

—Pero no fue idea suya.

Mi corazón se aceleró.

Ethan abrió la carpeta.

—Alguien empezó a enviarle información falsa sobre ti hace casi un año.

Había correos impresos.

Fotografías.

Capturas de conversaciones.

Todas parecían demostrar que yo planeaba dejarlo, vender acciones y marcharme al extranjero.

—Esto es falso —susurré.

—Lo sé.

—¿Quién lo envió?

Ethan apretó la mandíbula.

—Una dirección vinculada a alguien de Shaw Group.

Pasó otra página.

Leí el nombre.

Y sentí que el aire desaparecía.

Ryan Cole.

El asistente que había estado al lado de Ethan durante años.

El hombre que me había encontrado en el hospital.

—No puede ser.

—Eso pensé.

Entonces Ethan sacó su teléfono.

—Hasta que revisamos las cámaras del estacionamiento del hospital.

Me mostró una imagen.

Ryan estaba allí aquella mañana.

Pero no llevaba una carpeta.

Estaba hablando con alguien dentro de un automóvil negro.

La persona bajó la ventanilla.

Era una mujer.

Joven.

Elegante.

Y demasiado familiar.

Sentí un escalofrío.

—No…

Ethan me miró.

—¿La reconoces?

Claro que sí.

Era Amelia Hart.

Mi mejor amiga.

La mujer que había sostenido mi mano cuando firmé el divorcio.

La mujer que me ayudó a mudarme.

La primera persona a la que había llamado cuando descubrí que estaba embarazada.

Ethan cerró lentamente el teléfono.

—Grace, ella sabía del bebé antes que yo.

No pude hablar.

De pronto recordé algo.

La noche anterior al divorcio, Amelia había estado conmigo.

Había visto las pruebas de embarazo.

Había llorado conmigo.

Y había insistido:

“Firma mañana. No se lo digas. Ethan nunca te elegirá.”

Mi estómago se revolvió.

—¿Por qué haría esto?

Ethan respondió en voz baja:

—Eso es lo que tenemos que descubrir.

Mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Esta vez había una ubicación.

Y un mensaje:

“Si quieres saber por qué Amelia destruyó tu matrimonio, ven sola.”

Ethan leyó mi expresión.

—¿Qué ocurre?

Guardé el teléfono.

—Nada.

Pero él ya me conocía demasiado bien.

—Grace.

Lo miré.

Por primera vez desde el divorcio comprendí algo terrible.

Tal vez Ethan y yo sí habíamos fallado.

Habíamos callado demasiado.

Habíamos desconfiado demasiado rápido.

Pero alguien había estado empujándonos hacia ese final.

Y esa persona seguía observándome.

Puse una mano sobre mi vientre.

Ethan siguió el movimiento.

Su voz bajó.

—Esta vez no voy a dejar que enfrentes esto sola.

Lo miré fijamente.

—Entonces empieza por demostrarme que puedo confiar en ti.

Ethan asintió.

Y por primera vez, no hizo ninguna promesa.

Simplemente se quedó.

Pero ninguno de los dos sabía todavía que Amelia no había querido separarnos solo por Ethan.

Quería algo mucho más peligroso.

Algo relacionado con el bebé.

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