La lluvia seguía cayendo cuando subí al automóvil.
El conductor cerró la puerta con cuidado.
—¿A dónde, señorita Bennett?
Miré por la ventanilla el hospital alejándose poco a poco.
—Al laboratorio Grant.
No preguntó nada más.
Sabía reconocer el silencio de alguien que acababa de cerrar una etapa de su vida.
Cuarenta minutos después, el doctor Samuel Grant me esperaba en un edificio discreto, lejos de los grandes hospitales privados.
Era genetista.
Y también uno de los pocos médicos en quienes todavía confiaba.
Me condujo hasta su despacho.
Sobre el escritorio había dos cajas selladas.
—La primera contiene la muestra que obtuvimos del bebé esta mañana.
La segunda…
Golpeó suavemente la otra caja.
—Es la que me pidió recuperar del banco de fertilidad.
Respiré hondo.
—¿Sigue existiendo?
—Por suerte, sí.
Abrió la carpeta.
—Durante tres años alguien ordenó conservar todas las muestras de sus tratamientos.
No era un procedimiento habitual.
Alguien pagó mucho dinero para que nunca fueran destruidas.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
El doctor negó lentamente con la cabeza.
—El pago se hizo mediante una empresa intermediaria.
Pero hay algo mucho más extraño.
Sacó varios análisis.
Todos llevaban mi nombre.
Todos pertenecían a fechas diferentes.
—Señorita Bennett…
Usted nunca fue infértil.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
—¿Qué…?
—Sus análisis hormonales siempre fueron normales.
Sus óvulos también.
No existía ninguna razón médica para impedir un embarazo.
Mi respiración comenzó a acelerarse.
Durante tres años…
Había tomado medicamentos.
Recibido inyecciones.
Soportado tratamientos dolorosos.
Todo porque los médicos aseguraban que mi organismo no podía concebir.
—Entonces…
¿Por qué nunca quedé embarazada?
El doctor permaneció unos segundos en silencio.
Después colocó sobre la mesa un pequeño frasco transparente.
—Porque esto aparecía mezclado en todos sus tratamientos.
Observé el líquido.
Era completamente incoloro.
—¿Qué es?
—Un compuesto que disminuye drásticamente la posibilidad de implantación del embrión.
En otras palabras…
Alguien estaba saboteando deliberadamente cada intento de embarazo.
Sentí que el estómago se contraía.
—¿Es posible hacer eso sin que la paciente lo note?
—Sí.
Especialmente si confía en quien administra el tratamiento.
El despacho quedó completamente en silencio.
Solo existía una persona que me acompañaba absolutamente a todas las consultas.
Samantha.
Siempre insistía en ayudarme.
Preparaba mis medicamentos.
Me recordaba los horarios.
Incluso varias veces se ofreció a recoger las recetas cuando yo estaba trabajando.
Recordé una escena de dos años atrás.
—Claire, hoy estás muy cansada.
Yo te aplico la inyección.
Pensé que era cariño.
Ahora comprendía que quizá era otra cosa.
El doctor interrumpió mis pensamientos.
—Todavía hay más.
Sacó un sobre amarillo.
—Las cámaras del centro de fertilidad fueron eliminadas hace meses.
Pero logramos recuperar parte del respaldo.
Insertó una memoria en el ordenador.
La grabación apareció en la pantalla.
La fecha correspondía a mi segundo tratamiento.
Se veía claramente el pasillo de la clínica.
Yo había entrado primero.
Cinco minutos después apareció Samantha.
No iba acompañándome.
Entró sola.
Miró varias veces hacia ambos lados.
Después desapareció dentro del área restringida donde únicamente tenían acceso los médicos y el personal autorizado.
Permaneció allí doce minutos.
Cuando salió, llevaba un pequeño sobre blanco en la mano.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué hacía allí?
El doctor cerró lentamente el video.
—Eso todavía no lo sabemos.
Pero una enfermera recordó algo importante.
Sacó una declaración firmada.
“La señorita Reed dijo que venía de parte del señor Ethan Hawthorne para recoger unos documentos del tratamiento de fertilidad.”
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Ethan.
Otra vez Ethan.
¿Había sido él?
¿O Samantha utilizó su nombre sin que lo supiera?
El doctor me observó con seriedad.
—Por eso le pedí paciencia antes de presentar cualquier demanda.
Necesitamos distinguir quién ejecutó el plan… y quién lo organizó.
En ese momento mi teléfono comenzó a vibrar.
Era Michael, el asistente de Ethan.
Rechacé la llamada.
Volvió a insistir.
Y una tercera vez.
Finalmente contesté.
Su voz sonaba completamente alterada.
—Señorita Bennett…
Tiene que volver al hospital.
Fruncí el ceño.

—¿Por qué?
Hubo unos segundos de silencio.
Después pronunció una frase que hizo que incluso el doctor Grant levantara la vista.
—La prueba preliminar de ADN acaba de llegar…
Y el bebé de Samantha no es hijo del señor Hawthorne.