Diego no cerró el video.
Lo reprodujo una segunda vez.
Después una tercera.
No porque dudara de lo que había visto.
Sino porque había una escena que seguía molestándolo.
A las 8:43 de la mañana, justo antes de salir del departamento, Brenda abrió el cajón del escritorio de Diego.
Sacó un sobre blanco.
Miró a su madre.
—¿También esto?
Teresa respondió sin levantar la vista.
—Llévatelo. Él ni se acordará.
Brenda sonrió.
—Con esto ya tenemos para las compras.
Diego detuvo la grabación.
Ese sobre no contenía dinero.
Guardaba los documentos originales del departamento y una carpeta con las inversiones familiares.
Corrió hasta el estudio.
El cajón estaba vacío.
Llamó inmediatamente al banco.
—Necesito bloquear cualquier operación relacionada con mis inversiones.
La ejecutiva revisó la cuenta.
Guardó silencio unos segundos.
—Señor Salazar…
—Hace dos días recibimos una solicitud para modificar a los beneficiarios de varios fondos.
Diego sintió un escalofrío.
—¿Quién la presentó?
—Tenemos copia de una carta poder.
—Con su firma.
Él cerró los ojos.
—Esa firma es falsa.
La ejecutiva respondió de inmediato.
—Entonces active el protocolo de fraude.
Mientras tanto, en Cancún, Teresa seguía disfrutando el desayuno frente al mar.
—¿Por qué no pasa la tarjeta? —preguntó molesta al mesero.
Él sonrió con incomodidad.
—Ha sido rechazada, señora.
Brenda sacó otra.
También fue rechazada.
Después una tercera.
Nada.
Óscar comenzó a ponerse nervioso.
Cinco minutos después llegó la gerente del hotel.
—Lamentablemente todas las formas de pago asociadas a su habitación han sido canceladas.
Teresa golpeó la mesa.
—Mi hijo resolverá esto.
Marcó a Diego.
La llamada fue rechazada.
Volvió a intentarlo.
Otra vez.
Nada.
Entonces recibió un único mensaje.
“No vuelvan al departamento.”
Teresa palideció.
—¿Qué significa esto?
Brenda comenzó a llamar desesperadamente.
Todas bloqueadas.
En ese momento sonó el teléfono del hotel.
La gerente escuchó unos segundos.
Después cambió completamente la expresión.
—¿Señora Teresa Salazar?
—Sí.
—La policía de Guadalajara solicita que permanezcan en el hotel hasta nuevo aviso.
Todos quedaron inmóviles.
—¿La policía? —preguntó Óscar.
La gerente asintió.
—Informan que existe una denuncia por presunta administración fraudulenta, falsificación de documentos y apropiación indebida.
Brenda dejó caer el celular.
—Eso es imposible.
Pero en Guadalajara, Diego acababa de descubrir algo todavía peor.
El banco le envió por correo electrónico la copia de la supuesta carta poder.
La firma era una imitación casi perfecta.
Sin embargo, debajo aparecía el nombre del notario que había certificado el documento.
Diego lo conocía.
Era amigo íntimo de su difunto padre.
Lo llamó de inmediato.
El hombre respondió sorprendido.
—Diego… yo jamás autoricé ese documento.
—¿Está seguro?
—Completamente.
—Ese número de protocolo pertenece a una escritura firmada hace siete años.
Diego sintió un nudo en el estómago.
Alguien no solo había falsificado su firma.
También había falsificado un protocolo notarial completo.
En ese instante, el detective encargado del caso revisaba las cámaras cuadro por cuadro.
Amplió la imagen de Brenda guardando el sobre.
Entonces observó un detalle que nadie había notado.
Antes de cerrar el cajón, Teresa entregó discretamente un pequeño paquete a Óscar.
Él lo escondió dentro de su mochila.
El detective amplió la imagen varias veces.
Después levantó lentamente la vista.
—Señor Salazar…
—Creo que sus familiares no viajaron a Cancún solo para gastar su dinero.

Diego frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
El detective señaló la pantalla.
—Porque eso que acaban de sacar de su casa…
—Tiene exactamente el tamaño del disco duro donde se almacenaban todas las cámaras de seguridad del edificio.