PARTE 2: LA VERDAD DE HACE SEIS AÑOS

A la mañana siguiente, Luciano regresó.

Yo llevaba horas mirando el mensaje de mi madre.

Cuando entró, bloqueé el teléfono.

—Luciano, necesito explicarte por qué me fui.

Él dejó una bolsa de desayuno sobre la mesa.

—No tienes que hacerlo.

—Sí.

Respiré hondo.

—Tu madre vino a verme.

Su mano se detuvo.

—¿Qué?

—Llevaba documentos médicos tuyos.

Le conté todo.

Seis años atrás, la señora Lu había aparecido en mi casa y me había mostrado un diagnóstico relacionado con una antigua afección de Luciano.

Me aseguró que el estrés podía empeorar su estado.

Después puso un cheque frente a mí.

Yo lo rechacé.

Entonces llegó la amenaza.

—Dijo que si continuaba contigo, utilizaría sus contactos para impedir que consiguieras la inversión que necesitabas para tu primera empresa.

Luciano me observaba sin pestañear.

—También dijo que tú habías elegido tu carrera.

—Eso es mentira.

—Ahora lo sé.

Mi voz tembló.

—Entonces tenía veintiún años. Tu familia tenía dinero, abogados, contactos… Yo pensé que desaparecer era la única forma de protegerte.

Luciano permaneció en silencio durante tanto tiempo que comencé a sentir miedo.

Finalmente preguntó:

—¿Conservaste algo?

Saqué mi teléfono.

—Mi madre guardó los documentos.

Su expresión cambió.

—Envíamelos.


Aquella tarde, Luciano descubrió la verdad completa.

El diagnóstico había sido manipulado.

Su madre había exagerado deliberadamente un problema médico antiguo para asustarme.

Y el supuesto peligro para su empresa también había sido una mentira.

Cuando volvió al hospital, parecía furioso.

—La enfrenté.

—¿Qué dijo?

—Que lo hizo por mi futuro.

Solté una risa amarga.

Luciano se acercó a la cama.

—Julieta, mírame.

Lo hice.

—Durante seis años pensé que me habías abandonado porque dejaste de quererme.

—Nunca dejé de quererte.

Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas.

Los dos quedamos inmóviles.

Luciano cerró los ojos un instante.

—Eso habría sido mucho más fácil de escuchar hace seis años.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Su voz se quebró por primera vez.

—Te busqué pensando que quizá estabas herida. Después descubrí que estabas viva y pasé años intentando convencerme de que te odiaba.

Bajé la mirada.

—Lo siento.

Luciano se sentó junto a mí.

—No puedo recuperar esos seis años.

—Yo tampoco.

—Entonces no intentemos hacerlo.

Levanté la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

—Que cuando regreses al trabajo, seguiré siendo tu director.

Mi corazón cayó ligeramente.

Pero añadió:

—Y fuera de la empresa… quiero conocerte otra vez.


Semanas después regresé a la oficina.

Luciano cumplió su palabra.

Dentro de la empresa no hubo privilegios.

Ni favoritismos.

Ni rumores.

Hasta que una noche, al terminar una reunión, encontré una bolsa sobre mi escritorio.

Sopa.

Sin cilantro.

Encima había una nota:

“Esto no lo paga Recursos Humanos.”

Sonreí.

Luciano esperaba junto al ascensor.

—Director Lu —dije—, ¿esto podría considerarse acoso laboral?

—Entonces devuélvelo.

Abracé la bolsa contra mi pecho.

—No he dicho que vaya a hacerlo.

Por primera vez desde mi regreso, sonrió.

Entramos juntos al ascensor.

No éramos todavía la pareja que habíamos sido.

Quizá nunca volveríamos a serlo.

Éramos dos personas diferentes intentando construir algo nuevo sobre una verdad que nos habían robado.

Cuando las puertas comenzaron a cerrarse, Luciano preguntó:

—Por cierto, señorita Jiang.

—¿Sí?

—¿Sigue sin planes de casarse?

Lo miré.

—Depende.

—¿De qué?

Sonreí.

—De si el salario sigue siendo de medio millón al año.

Luciano soltó una carcajada.

Y después de seis años de silencio, aquel sonido se sintió exactamente como volver a casa.

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