—Entonces protégela —repitió Isabella.
Dominic permaneció inmóvil.
—Un guardaespaldas no será suficiente.
Enzo comprendió antes que ella.
—Costa puede alcanzarla fuera del hospital.
—También puede hacerlo dentro.
Isabella apretó el rosario.
—¿Qué estás pensando?
Dominic miró hacia la puerta del quirófano.
—Que necesito convertirla en alguien a quien tocar tenga consecuencias demasiado grandes.
Horas después, cuando Clara seguía inconsciente, Dominic llamó a un abogado.
Después a un sacerdote.
Y finalmente pidió los documentos que Enzo había encontrado durante la investigación sobre ella.
Fue entonces cuando apareció el verdadero problema.
Clara Evans no era simplemente Clara Evans.
Enzo colocó una carpeta sobre la mesa.
—Su madre es Ellen Evans. Pero ese apellido empezó a utilizarlo después de desaparecer de Nueva York hace veintiséis años.
Dominic abrió la primera página.
Había una fotografía antigua.
Una mujer joven.
Ellen.
Y junto a ella estaba un hombre que Dominic reconoció inmediatamente.
Michael Costa.
El hermano menor de Victor Costa.
Muerto veintiséis años atrás.
Dominic levantó lentamente la mirada.
—¿Clara es hija de Michael?
—Todo apunta a eso.
Isabella se quedó sin palabras.
Si era cierto, la mujer que acababa de recibir siete disparos protegiendo a una Rossi llevaba sangre Costa.
Y Victor probablemente no lo sabía.
—Hay más —dijo Enzo.
Le mostró un documento.
Antes de morir, Michael Costa había colocado parte de sus intereses empresariales legítimos en un fideicomiso para un descendiente que entonces todavía no había nacido.
Ese descendiente era Clara.
Durante veintiséis años, alguien había ocultado su existencia.
Y si Clara aparecía legalmente como hija de Michael, podía reclamar activos que Victor llevaba décadas controlando como propios.
Dominic cerró la carpeta.
Entonces comprendió el atentado de otra manera.
Quizá Isabella no había sido el único objetivo.
Quizá alguien había reconocido a Clara antes de que Clara supiera quién era.
—Confirma todo —ordenó.
Enzo asintió.
—¿Y mientras tanto?
Dominic miró hacia cuidados intensivos.
—Mientras tanto, nadie la toca.
Por eso se casó con ella.
No por amor.
Ni por gratitud.
Fue una decisión brutalmente práctica.
Como esposa de Dominic Rossi, Clara tendría protección, abogados y un apellido que Victor Costa no podía atacar discretamente.
Pero cuando Clara despertó tres días después y vio el anillo, no pareció agradecida.
Pareció aterrada.
Intentó hablar.
No pudo.
Dominic se acercó.
—No fuerces la voz.
Ella levantó la mano y señaló el anillo.
Después lo señaló a él.
Dominic no intentó mentir.
—Nos casamos.
Los ojos de Clara se abrieron.
El monitor aceleró.
Una enfermera entró inmediatamente.
Dominic levantó ambas manos.
—No voy a tocarte.
Clara escribió con dificultad sobre una pequeña pizarra:
“¿ESTÁS LOCO?”
Isabella, sentada junto a la ventana, soltó una risa inesperada.
Dominic la fulminó con la mirada.
Clara volvió a escribir.
“ANÚLALO.”
—Cuando sea seguro.
“AHORA.”
—Victor Costa sabe que sobreviviste.
Clara dejó de escribir.
Dominic continuó:
—El hombre responsable del ataque está intentando encontrarte.
Ella escribió:
“POLICÍA.”
—Ya están investigando.
Dominic hizo una pausa.
—Pero hay algo que todavía no entiendes.
Sacó la fotografía de Ellen y Michael.
La colocó delante de ella.
Clara miró la imagen.
Su rostro cambió.
Señaló a Ellen.
“MAMÁ.”
—Sí.
Después señaló al hombre.
Dominic respondió:
—Michael Costa.
Clara negó.
—Creo que era tu padre.
El monitor volvió a acelerarse.
Isabella se levantó.
—Dominic, basta.
Pero Clara agarró la manga de él.
Quería saber.
Dominic puso sobre la cama la copia del fideicomiso.
—Si los documentos son auténticos, Michael dejó activos a su descendiente.
Clara leyó.
Después volvió a mirar la fotografía.
Entonces escribió:
“¿VICTOR LO SABE?”
—Eso intento averiguar.
Su teléfono vibró.
Era Enzo.
Dominic contestó.
—Habla.
—Tenemos confirmación.
—¿De qué?
—Victor conocía la existencia de la hija de Michael.
Dominic se quedó inmóvil.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace tres semanas.
Clara estaba observándolo.
—¿Y?
Enzo tardó unos segundos.
—Encontramos pagos realizados al centro médico de Cleveland.
Dominic sintió que algo cambiaba dentro de él.
—¿El centro donde está Ellen?
—Sí.
Clara alcanzó a leer su expresión.
Tomó la pizarra.
“¿MI MADRE?”
Dominic no respondió inmediatamente.
Error.
Clara intentó incorporarse.
Él llamó a la enfermera.
—Clara, escucha.
Ella escribió desesperadamente:
“¿QUÉ PASA CON ELLA?”
Dominic finalmente respondió:
—Alguien relacionado con Victor ha estado pagando para recibir información sobre su tratamiento.
Clara quedó inmóvil.
Entonces apareció otro mensaje de Enzo.
Esta vez incluía una fotografía.
Dominic la abrió.
Un hombre entrando al centro de tratamiento de Ellen aquella misma mañana.
Debajo aparecía su identidad.
Anthony Bell.
Contador personal de Victor Costa.
Clara vio la pantalla.
Y empezó a llorar en silencio.
Dominic se inclinó hacia ella.
—Voy a encontrarla.
Clara negó violentamente y escribió:
“YO VOY.”
—Acabas de sobrevivir a siete disparos.
“ES MI MADRE.”
Dominic sostuvo su mirada.
Por primera vez comprendió algo.
Podía rodear a aquella mujer de cincuenta hombres.
Podía poner coches blindados debajo de su ventana.
Podía darle su apellido.
Pero no podía convertirla en prisionera para protegerla.
—Entonces iremos juntos cuando los médicos lo permitan.
Clara escribió una última pregunta:
“¿POR QUÉ SABÍAS QUIÉN ERA YO ANTES DEL ATAQUE?”
Dominic dejó de respirar.
Había llegado la pregunta que esperaba evitar.
Porque la verdad era todavía peor.
La noche del Aster Crown no había sido la primera vez que Dominic había visto a Clara.
La había investigado meses antes.
Victor Costa no era el único hombre que buscaba a la hija perdida de Michael.
Los Rossi también la buscaban.
Y Dominic había descubierto su identidad exactamente cuarenta y ocho horas antes del atentado.
Clara observó su silencio.
Luego escribió lentamente:
“TÚ TAMBIÉN ME ESTABAS BUSCANDO.”
Dominic no lo negó.
—Sí.
“¿POR QUÉ?”
Antes de responder, la puerta se abrió.
Enzo entró pálido.
—Jefe.
Dominic se volvió.
—¿Qué pasó?
Enzo miró primero a Clara.
—Ellen Evans desapareció del centro médico hace cuarenta minutos.
Clara dejó caer la pizarra.
Pero Enzo todavía no había terminado.
—Las cámaras muestran que salió voluntariamente.
Dominic frunció el ceño.
—¿Con quién?
Enzo colocó una fotografía sobre la cama.
Clara la miró.
Su rostro perdió todo color.
Era su madre.
Caminando sin resistencia junto a Victor Costa.
Y debajo de la fotografía había un mensaje enviado directamente al teléfono de Dominic:
“Devuélveme a mi sobrina.”
Dominic levantó la mirada hacia Clara.

Por fin todo estaba claro.
Victor no había querido matarla.
Alguien más había ordenado aquellos disparos.
Y esa persona todavía estaba mucho más cerca de los Rossi de lo que cualquiera imaginaba.