PARTE 2: LA VENGANZA DE ADRIAN

Miré nuevamente la grabación.

El doctor Samuel Hayes había recibido un sobre de manos de Marcus, el hermano mayor de Clara.

Y veinte minutos después, ese mismo médico había entrado en la UCI de mi esposa.

Sentí que la sangre se me congelaba.

Saqué el teléfono.

—Vincent, cierra inmediatamente el acceso a la UCI. Nadie entra ni sale sin autorización del jefe de seguridad del hospital.

—Entendido, jefe.

Me volví hacia el padre de Clara.

Richard Bennett.

Durante seis años, aquel hombre me había llamado inútil.

Se había burlado de mi matrimonio.

Había exigido que Clara se divorciara porque, según él, su hija merecía un hombre poderoso.

Ahora lo observé directamente.

—¿Qué le pagaron al médico?

Richard frunció el ceño.

—No sé de qué estás hablando.

Le mostré la grabación.

Su expresión cambió.

Marcus dio un paso atrás.

—Eso no demuestra nada.

Me acerqué a él.

—Entonces no tendrás problemas explicándoselo a la policía.

Marcus soltó una carcajada nerviosa.

—¿Crees que nos asustas con unos cuantos hombres vestidos de negro?

En ese momento, las puertas del ascensor se abrieron.

Vincent Romano apareció acompañado por dos abogados y varios agentes de seguridad del hospital.

Había sido mi mano derecha durante quince años.

Un hombre que conocía todos mis secretos.

Se detuvo frente a mí.

—Adrian, las autoridades ya recibieron las grabaciones. También hemos localizado los movimientos bancarios relacionados con el ataque.

Richard palideció.

—¿Qué movimientos?

Vincent abrió una carpeta.

—Ciento cincuenta mil dólares transferidos a los ocho hijos de Richard Bennett durante las últimas cuarenta y ocho horas.

Miré a mi suegro.

—¿Quién les pagó?

Nadie respondió.

Entonces sonó una alarma dentro de la UCI.

Mi corazón se detuvo.

Una enfermera salió corriendo.

—¡Necesitamos al médico de guardia inmediatamente!

Corrí hacia la habitación.

Clara estaba inconsciente.

Los monitores emitían sonidos desesperados.

El doctor Hayes se encontraba junto a su cama, sosteniendo una jeringa.

—¡Apártese de mi esposa!

El médico retrocedió.

—Señor, está interfiriendo con un procedimiento…

Pero la enfermera lo interrumpió.

—¡Doctor Hayes, esa medicación no aparece en las órdenes autorizadas!

Dos guardias lo apartaron.

Otro médico tomó el control.

Yo permanecí junto a la puerta, incapaz de respirar.

Durante seis años había enfrentado enemigos que querían verme muerto.

Pero nunca había sentido un miedo comparable.

Porque aquella mujer era la única persona que me había enseñado cómo vivir sin violencia.

Y ahora estaba luchando por sobrevivir.

Una hora después, el nuevo médico salió.

—Su esposa está estable nuevamente.

Cerré los ojos.

—Gracias a Dios.

—Pero debemos mantenerla bajo vigilancia estricta. Encontramos una discrepancia grave en la medicación que intentaron administrarle.

Mi mandíbula se tensó.

—¿Intentaron matarla?

—La investigación determinará las responsabilidades. Hemos conservado las pruebas.

Cuando regresé al pasillo, Richard estaba sentado con la cabeza entre las manos.

Sus ocho hijos permanecían en silencio.

Me acerqué lentamente.

—Tienen una última oportunidad para decirme quién organizó esto.

Richard levantó la mirada.

—Adrian, fue un error…

—Clara perdió a nuestro hijo.

Mi voz apenas era un susurro.

—Tu nieto.

Richard comenzó a temblar.

—No queríamos que llegara tan lejos.

Lo miré fijamente.

—Entonces, ¿qué querían?

Marcus respondió antes que su padre.

—Que dejara de negarse a firmar.

Fruncí el ceño.

—¿Firmar qué?

El silencio volvió a llenar el pasillo.

Vincent colocó otra carpeta frente a mí.

—Jefe, creo que ya encontramos la respuesta.

Dentro había documentos relacionados con una empresa llamada Bennett International.

La compañía familiar estaba prácticamente en bancarrota.

Debía más de ochenta millones de dólares.

Pero había algo extraño.

Los documentos mostraban que Clara poseía el cincuenta y uno por ciento de las acciones.

Me quedé inmóvil.

—Clara nunca me habló de esto.

Vincent asintió.

—Su abuelo le dejó esas acciones antes de morir. Richard necesitaba su firma para venderlas.

Comprendí inmediatamente.

—Y ella se negó.

—Exactamente.

Miré a Richard.

—¿Golpearon a su propia hija porque no quiso entregarles su herencia?

El anciano comenzó a llorar.

—Íbamos a perderlo todo.

Sentí una repulsión indescriptible.

—Ahora sí lo perderán.

Al amanecer, Clara abrió los ojos.

Estaba sentado junto a su cama cuando sus dedos se movieron.

—Adrian…

Me levanté inmediatamente.

—Estoy aquí, amor.

Sus ojos buscaron algo desesperadamente.

Después llevó una mano a su vientre.

—¿Nuestro bebé?

No pude responder.

Las lágrimas me nublaron la vista.

Clara comprendió antes de que pronunciara una palabra.

Un sollozo desgarrador escapó de sus labios.

La abracé con cuidado, evitando sus heridas.

—Lo siento —susurré—. No pude protegerlos.

Ella lloró contra mi pecho.

Durante varios minutos no dijimos nada.

Finalmente, Clara levantó la mirada.

—Adrian, necesito contarte algo.

Le acaricié el cabello.

—No tienes que hablar ahora.

—Sí. Tienes que saberlo.

Su voz temblaba.

—Mi padre no quería solamente las acciones.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

Clara miró hacia la puerta.

—Hace dos semanas descubrí que Bennett International estaba lavando dinero para una organización criminal.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué organización?

Ella apretó mi mano.

—La familia Moretti.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

Los Moretti eran nuestros principales rivales en Nueva York.

Llevábamos años manteniendo una tregua frágil.

—Clara, ¿cómo descubriste eso?

—Encontré contratos falsificados. Mi padre estaba utilizando mi firma sin autorización.

Respiró con dificultad.

—Cuando amenacé con denunciarlo, me dijo que tú también tenías secretos.

Me quedé completamente inmóvil.

Clara me observó.

—Adrian… ¿quién eres realmente?

Por primera vez en seis años, no pude sostenerle la mirada.

—Hay cosas de mi pasado que nunca te conté.

Ella retiró lentamente su mano.

—Entonces es verdad.

—Clara…

—Mi padre dijo que tú dirigías una organización criminal.

El silencio fue insoportable.

Finalmente asentí.

Las lágrimas aparecieron nuevamente en sus ojos.

—¿Durante todo nuestro matrimonio?

—Sí.

Clara cerró los ojos.

—Me mentiste.

Aquellas dos palabras me dolieron más que cualquier herida.

—Quería mantenerte lejos de ese mundo.

—Y aun así terminó destruyendo a nuestro hijo.

No tuve respuesta.

Entonces mi teléfono vibró.

Era Vincent.

«Jefe, encontramos al verdadero responsable del ataque».

Fruncí el ceño.

«¿No fue Richard?»

La respuesta apareció inmediatamente.

«Richard recibió órdenes. Tenemos la grabación de la reunión».

Segundos después llegó un video.

Lo abrí.

Richard estaba sentado frente a un hombre vestido de negro.

Reconocí su voz antes de verle el rostro.

—Quiero que Clara pierda al bebé —decía el desconocido—. Después Adrian estará demasiado ocupado para impedir nuestra operación.

Sentí que el mundo se detenía.

La cámara cambió de ángulo.

Y apareció el rostro del hombre.

Vincent Romano.

Mi mano derecha.

Mi amigo durante quince años.

El hombre al que acababa de confiar la seguridad de mi esposa.

Entonces llegó otro mensaje.

«Adrian, si estás viendo esto, significa que Vincent sabe que hemos descubierto su traición. No confíes en nadie».

Levanté lentamente la cabeza.

Fuera de la habitación, Vincent estaba parado frente al cristal.

Sonriendo.

Y en su mano sostenía el dispositivo que controlaba el acceso a la UCI.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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