Mi mano se detuvo sobre el cordón de las persianas.
—¿Por qué?
Liam apartó la mirada.
—Porque dije que no.
—Eso no es una respuesta médica.
—No eres mi médica.
—Perfecto. Entonces considéralo curiosidad profesional.
Sus ojos volvieron a endurecerse.
—Toca esas persianas y estás despedida.
Pensé en Tommy.
En los diez mil dólares.
En el tratamiento que no podía pagar.
Solté el cordón.
—Bien.
Aquella noche Liam tuvo fiebre.
Su infección estaba empeorando pese a los antibióticos, y su respiración se volvió irregular.
Cuando intenté llamar al médico, Leo apareció en la puerta.
—No puede venir esta noche.
—Entonces llévenlo a un hospital.
Leo negó.
—Imposible.
Lo miré incrédula.
—¿Qué clase de gente prefiere arriesgar la vida de un hombre antes que llevarlo a urgencias?
Leo no contestó.
No necesitaba hacerlo.
Los hombres armados del pasillo respondían por él.
Regresé junto a Liam.
Estaba consciente.
—¿Tommy es tu hermano? —preguntó de repente.
Me quedé inmóvil.
Nunca había mencionado su nombre.
—¿Cómo sabes eso?
—Sé quién entra en mi casa.
Sentí un escalofrío.
—¿Investigaste mi vida?
—Leo lo hizo.
—Entonces también sabes por qué acepté este trabajo.
Liam cerró los ojos.
—Leucemia.
Apreté los dedos.
—No vuelvas a hablar de él.
Por primera vez, no respondió con crueldad.
—Entendido.
Poco antes del amanecer, su fiebre aumentó.
Necesitaba examinarlo correctamente.
La habitación estaba demasiado oscura.
Encendí todas las lámparas.
No bastaba.
Miré las persianas.
Después a Liam.
—Voy a abrirlas.
Sus ojos se abrieron.
—No.
—Necesito luz.
—Usa otra lámpara.
—No.
Intentó incorporarse.
—Te dije que jamás…
Tiré del cordón.
Las persianas subieron.
La luz de la mañana inundó la habitación.
Esperé furia.
Un grito.
Quizá que llamara a seguridad.
Pero Liam se quedó completamente inmóvil.
Y entonces entendí.
En la pared opuesta había un espejo.
La luz iluminó su reflejo.
Liam giró lentamente la cabeza.
No temía al sol.
Temía verse.
Las lesiones de su rostro estaban cicatrizando, pero algunas marcas seguían visibles.
—Cinco semanas —murmuré.
—Cierra las persianas.
Su voz ya no sonaba amenazante.
Sonaba cansada.
No obedecí.
—Las seis enfermeras no se marcharon porque fueras peligroso.
Liam me miró.
—Se marcharon porque yo hice que se marcharan.
—¿Por qué?
Hubo un largo silencio.
—Porque ninguna debía verme así.
Entonces alguien golpeó la puerta.
Leo entró apresuradamente.
Vio las persianas abiertas.
Palideció.
—¿Qué hiciste?
—Mi trabajo.
—No entiendes. Esa era la única regla.
Liam habló antes de que pudiera responder.
—Déjala.
Leo se congeló.
—Señor Mercer…
—He dicho que la dejes.
Era la primera vez que Liam me defendía.
Horas después, su fiebre comenzó a bajar.
Cuando llegó el viernes, guardé mis cosas.
Había sobrevivido una semana.
Tommy tendría otra oportunidad.
Leo me esperaba abajo con un sobre.
Lo abrí.
Dentro había cien mil dólares.
—Esto es demasiado.
—No es tu salario —dijo.
Levanté la mirada.
Leo sostuvo mis ojos.
—El señor Mercer pagó directamente el tratamiento de tu hermano.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Por qué?
Una voz sonó detrás de nosotros.
—Porque necesito que vuelvas arriba.
Liam estaba en una silla de ruedas.
Era la primera vez que abandonaba aquella habitación desde mi llegada.
Pero lo que realmente me sorprendió fue el hombre que estaba junto a él.
Traje gris.
Maletín negro.
Rostro familiar.
Lo había visto dos semanas antes en el hospital de Tommy.
Era uno de los administradores del ensayo experimental.
El hombre me reconoció inmediatamente.
—Señorita Carter.
Miré a Liam.
—¿Qué significa esto?
Él permaneció en silencio unos segundos.
Después dijo:
—Tu contratación nunca fue anónima.
Sentí que el sobre temblaba entre mis dedos.
—¿Me elegiste tú?

—Sí.
—¿Por qué?
Liam levantó la mirada hacia mí.
—Porque el accidente que me dejó en esta cama y la enfermedad de tu hermano están conectados por la misma persona.