Víctor sacó el teléfono.
—Encuéntrala.
Marco, su jefe de seguridad, tardó unos segundos en responder.
—¿A la señora Rinaldi?
—A Nora y a mis hijos.
—¿Fueron secuestrados?
Víctor miró las cunas vacías.
—No.
Aquella palabra le costó más que cualquier confesión.
—Se fueron por voluntad propia.
Durante las siguientes tres horas, Chicago dejó de ser una ciudad para convertirse en un mapa.
Aeropuertos.
Estaciones.
Hoteles.
Hospitales.
Carreteras bloqueadas por la tormenta.
Nada.
A las nueve, Marco llegó al ático.
—Tenemos un problema.
—Habla.
—La señora Rinaldi no utilizó ninguna de sus tarjetas.
—Busca las cuentas conjuntas.
—Tampoco.
Víctor frunció el ceño.
Nora dependía económicamente de él desde el embarazo.
O eso creía.
Marco colocó una carpeta sobre la mesa.
—Antes de casarse con usted, su esposa tenía una cuenta bancaria que nunca cerró.
Víctor levantó la mirada.
—¿Cuánto?
—No lo sabemos.
—¿Por qué?
Marco vaciló.
—Porque está vinculada a un fideicomiso privado.
Eso no tenía sentido.
Nora siempre había dicho que venía de una familia común.
Entonces el teléfono de Víctor vibró.
Sylvia.
Rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
La bloqueó.
—Quiero las cámaras del edificio.
Veinte minutos después estaban observando la grabación.
A las 2:14 de la madrugada, Nora había salido del ascensor con los gemelos.
Llevaba a Mia contra el pecho.
Leo estaba dentro de un portabebés.
Dos maletas detrás.
Sola.
Víctor apretó los puños.
Entonces apareció otra persona.
Un hombre alto con abrigo gris entró en el vestíbulo.
Víctor se puso de pie.
—¿Quién demonios es?
Marco amplió la imagen.
El hombre tomó las maletas de Nora.
Después se inclinó sobre los gemelos con una familiaridad que hizo hervir la sangre de Víctor.
Pero Nora no parecía asustada.
Lo abrazó.
—Encuéntralo.
Marco no respondió.
—He dicho que lo encuentres.
—Sé quién es.
Víctor giró lentamente.
—Entonces habla.
—Gabriel Hale.
El nombre le resultaba familiar.
Demasiado familiar.
Gabriel Hale dirigía una de las firmas financieras más poderosas de Nueva York.
Un hombre al que incluso los Rinaldi trataban con cuidado.
—¿Qué relación tiene con mi esposa?
Marco deslizó una fotografía hacia él.
Nora aparecía varios años más joven junto a Gabriel.
—Es su hermano.
Víctor se quedó inmóvil.
—Nora no tiene hermanos.
—Eso le dijo a usted.
Marco colocó otra hoja sobre la mesa.
—Su nombre completo antes del matrimonio era Eleanor Nora Hale.
El silencio se hizo absoluto.
Víctor había investigado enemigos, socios y amantes.
Pero jamás había investigado a su propia esposa.
Había confundido confianza con certeza.
—¿Dónde está ahora?
—Gabriel posee varias residencias.
—Revísalas.
—Ya lo hicimos.
—¿Y?
—Ninguna.
Víctor golpeó la mesa.
—¡Entonces sigue buscando!
Marco permaneció quieto.
—Hay algo más.
Sacó una pequeña memoria USB.
—Nora dejó esto en la caja de seguridad del edificio.
Víctor la conectó.
Apareció un vídeo.
Nora estaba sentada frente a la cámara.
Tenía los ojos hinchados.
Mia dormía sobre su pecho.
—Si estás viendo esto, Víctor, ya descubriste que me fui.
Él dejó de respirar.
—No quiero tu dinero.
—No quiero tu apellido.
—Y no voy a impedir que algún día seas padre de Leo y Mia.
Hizo una pausa.
—Pero primero tendrás que demostrar que puedes serlo.
Víctor bajó la mirada.
Entonces Nora dijo algo que le heló la sangre.
—Y deja de buscarme antes de que descubras por qué Sylvia entró realmente en tu vida.
Víctor levantó la cabeza.
Marco también.
Nora continuó.
—Ella nunca fue solo tu amante.
La grabación terminó.
En ese mismo instante, el teléfono de Marco sonó.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió.
—Señor Rinaldi…
—¿Qué?
—Encontramos algo en el apartamento de Sylvia.
Víctor sintió un escalofrío.
—¿Qué encontraron?
Marco colocó una fotografía sobre la mesa.
Era una pared cubierta de imágenes.
Víctor entrando en restaurantes.
Víctor saliendo de reuniones.
Nora embarazada.
Nora entrando al hospital.
Leo y Mia dentro de la unidad neonatal.
Y en el centro había una fotografía de Nora marcada con tinta roja.
Debajo aparecía una fecha.
La fecha prevista para aquella misma noche.
Víctor levantó lentamente la mirada.
Marco terminó la frase.
—Señor Rinaldi, parece que su esposa no huyó únicamente de usted.

—¿Entonces de quién?
Marco señaló la fotografía de Sylvia.
—De la mujer con la que usted pasó la noche.