PARTE 2: LA ÚLTIMA VEZ QUE DECIDIERON POR MÍ

A la mañana siguiente, Adrián despertó convencido de que su plan había funcionado.

Yo ya había tomado una decisión.

No enfrentarlo.

No llorar.

No darle tiempo para inventar otra mentira.

Mientras se duchaba, guardé fotografías de las conversaciones con Isabella, registré los mensajes del médico y fotografié la pastilla que había intentado obligarme a tomar.

Después llamé a una obstetra que no tenía ninguna relación con la familia Wells.

La doctora me examinó esa misma mañana.

—El embarazo continúa normalmente.

Solo entonces pude respirar.

Al salir de la clínica hice dos llamadas.

La primera fue a un abogado.

La segunda, a la abuela de Adrián.

Eleanor Wells era la verdadera presidenta del fideicomiso familiar.

Y había algo que Adrián ignoraba.

Dos meses antes, Eleanor me había entregado personalmente una copia de las nuevas condiciones sucesorias.

El primer nieto no entregaba automáticamente el control a sus padres.

Activaba una revisión del fideicomiso.

Y cualquier heredero que intentara perjudicar deliberadamente a otro descendiente podía perder sus derechos por completo.

Cuando Eleanor escuchó la grabación, permaneció en silencio durante casi un minuto.

—¿Adrián dijo que quería hacerlo por Isabella?

—Sí.

Su voz cambió.

—Ven a verme.

Aquella tarde, mientras Adrián estaba trabajando, abandoné nuestra casa.

Me llevé únicamente mis documentos, algunas prendas y todo lo relacionado con mi embarazo.

Sobre la cama dejé mi alianza.

Nada más.

A las seis y veinte comenzaron sus llamadas.

A las seis y treinta había diecisiete.

A las siete apareció frente al apartamento que Eleanor había puesto a mi disposición.

—¡Sofía!

Golpeó la puerta.

—¡Abre!

No lo hice.

—Sé que escuchaste algo anoche. Puedo explicarlo.

Entonces Eleanor apareció detrás de él.

Adrián se quedó blanco.

—Abuela.

—Explícamelo a mí.

Adrián dejó de hablar.

Eleanor levantó mi teléfono.

—He escuchado suficiente.

—No iba a hacerle daño.

Por primera vez abrí la puerta.

—Me viste tomar la pastilla.

Adrián me miró.

—Sofía…

—Esperaste hasta comprobar que la había tragado.

—Yo pensaba compensarte.

Aquella frase terminó de destruir cualquier duda que me quedara.

—¿Compensarme por nuestro hijo?

—Podíamos tener otro.

Negué lentamente.

—Tú puedes reemplazar cosas, Adrián.

Apoyé una mano sobre mi vientre.

—Yo no reemplazo personas.

Entonces llegó otro automóvil.

Daniel bajó primero.

Isabella salió detrás de él.

—¿Qué significa esto? —preguntó ella.

Eleanor la miró.

—Significa que querías ser madre primero para obtener el Grupo Wells.

Isabella palideció.

—Eso no es cierto.

Saqué las capturas.

Su propio mensaje apareció en la pantalla:

“Yo quiero ser la primera.”

Daniel lo leyó.

Después miró a su hermano.

—¿Qué hiciste?

Adrián no respondió.

Daniel volvió hacia Isabella.

—¿Sabías lo que planeaba?

—¡Claro que no!

—Pero sabías que Sofía estaba embarazada.

—Sí.

—Y le pediste que solucionara el problema.

—¡No dije eso!

Entonces Eleanor habló.

—No importa lo que quisieras insinuar. Importa lo que él decidió hacer.

Miró a sus dos nietos.

—Y ninguno de ustedes controlará la compañía por tener el primer hijo.

Isabella quedó inmóvil.

Eleanor continuó:

—La cláusula que conocen era antigua.

Adrián levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué?

—La modifiqué hace meses.

Por primera vez apareció verdadero miedo en su rostro.

—Abuela…

—Además, después de escuchar esta grabación, he solicitado una revisión completa de tus funciones dentro del grupo.

Adrián me miró.

Parecía incapaz de comprender cómo, en menos de veinticuatro horas, había perdido el control de todo.

Se acercó.

—Sofía, vámonos a casa.

—No tengo una casa contigo.

—Estás enfadada.

—No.

Lo miré directamente.

—Estoy despierta.

Su rostro se quebró.

—Te cuidé durante tres años.

—Sí.

—Estuve contigo cuando murió tu padre.

—Sí.

—Te protegí cuando Daniel te abandonó.

—También.

Respiré profundamente.

—Y utilizaste cada cosa buena que hiciste por mí como permiso para decidir que podías quitarme a mi hijo.

Adrián no encontró respuesta.

—Yo sí te quise, Sofía.

—Quizá.

Sentí lágrimas en los ojos, pero no aparté la mirada.

—Solo que nunca más que a Isabella.

Isabella retrocedió.

Daniel la observó como si por primera vez comprendiera que había pasado años compitiendo con su propio hermano por una mujer que había aprendido a utilizar el amor de ambos.

Yo ya no quería participar.

—Mi abogado presentará los documentos —dije.

Adrián se quedó helado.

—¿Divorcio?

—Sí.

—Sofía, tendremos un hijo.

—Precisamente por eso.

Cerré la puerta.

Los meses siguientes no fueron fáciles.

Pero fueron míos.

Adrián intentó disculparse.

Mandó flores.

Cartas.

Regalos.

Prometió abandonar la empresa.

Prometió no volver a hablar con Isabella.

Incluso dijo que había confundido gratitud, culpa y amor durante demasiados años.

Nada cambió mi decisión.

Cuando nació mi hijo, Eleanor estuvo conmigo.

Adrián lo conoció después, bajo condiciones claras y sin volver a decidir nada por mí.

Lo sostuvo entre sus brazos y lloró.

—Se parece a ti.

—También a ti.

Me miró con una esperanza que conocía demasiado bien.

—¿Algún día podremos empezar otra vez?

Negué.

—Tú ya elegiste.

Miré a mi hijo dormido.

—Y yo también.

Años atrás, Daniel me había dejado frente a un altar para elegir a Isabella.

Después Adrián estuvo dispuesto a sacrificar nuestra familia para volver a elegirla.

Durante demasiado tiempo creí que mi historia consistía en esperar a que algún hombre me eligiera primero.

Estaba equivocada.

Porque aquella noche, cuando escondí una pastilla debajo de mi lengua, hice algo mucho más importante.

Por primera vez…

me elegí a mí misma y elegí proteger a mi hijo.

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