PARTE 2: LA TRANSFERENCIA QUE NUNCA AUTORICÉ

Alejandro se detuvo frente a mí con la respiración agitada.

—Mariana, espera.

Doblé con calma la carta de aceptación de la subespecialidad y la guardé en mi portafolio.

—No tenemos nada de qué hablar.

—Lo de los cuatrocientos cincuenta mil tiene una explicación.

—Perfecto.

—Entonces se la cuentas a mi abogada.

Intentó sujetarme del brazo.

Me aparté antes de que pudiera tocarme.

Durante ocho años fui obstetra.

Había visto mujeres traicionadas.

Esposos arrepentidos.

Promesas desesperadas pronunciadas demasiado tarde.

Sabía reconocer cuándo alguien hablaba por miedo a perder.

No por amor.

Mi teléfono vibró nuevamente.

Era Sofía Mendoza.

—Ya preparé la solicitud de medidas patrimoniales.

—¿Quieres que congele también la cuenta conjunta?

Miré a Alejandro.

—Sí.

—Hazlo ahora mismo.

Él escuchó perfectamente.

—¡Mariana!

—No exageres.

—Solo fue un préstamo.

—Con nuestro dinero.

—Lo iba a recuperar.

—¿Cuándo?

No respondió.

En ese momento Camila regresó al consultorio.

Llevaba una mano sobre el vientre y otra sosteniendo un sobre amarillo.

—Alejandro…

Creo que debemos decirle toda la verdad.

Él negó inmediatamente con la cabeza.

—No.

Ella suspiró.

—Ya no tiene sentido ocultarlo.

Sacó varios recibos bancarios.

Los colocó sobre mi escritorio.

—Aquí están las transferencias.

Revisé las fechas.

Los primeros cien mil pesos habían salido seis meses atrás.

Después otros ciento cincuenta mil.

Luego doscientos mil más.

No fue un impulso.

Había ocurrido durante medio año.

—¿Para qué era ese dinero?

Camila bajó la mirada.

—Para un tratamiento.

Alejandro cerró los ojos.

—Basta.

Ella continuó.

—Fecundación asistida.

Sentí un vacío en el pecho.

Mientras yo lloraba por haber perdido un embarazo y ahorraba para intentar otro tratamiento…

Mi esposo financiaba el embarazo de otra mujer.

Pero algo no cuadraba.

Revisé nuevamente los comprobantes.

Había una autorización electrónica.

Debajo aparecía un nombre.

Mariana López Reyes.

Fruncí el ceño.

—Eso es imposible.

Tomé el documento.

La firma digital era aparentemente mía.

Pero el código de autorización pertenecía a una sucursal bancaria donde jamás había estado.

Miré a Alejandro.

—¿Cómo obtuviste esto?

Él permanecía completamente inmóvil.

—Yo…

No terminé la pregunta.

Ya conocía la respuesta.

Abrí inmediatamente la aplicación bancaria.

Busqué el historial de accesos.

Había varios ingresos desde un dispositivo desconocido.

Todos realizados mientras yo estaba de guardia en el hospital.

Levanté lentamente la vista.

—Alguien falsificó mi autorización.

Camila comenzó a ponerse nerviosa.

—Alejandro…

Dijiste que ella sabía.

Él dio un paso atrás.

—Eso creía.

—Me enseñaste un documento firmado por Mariana.

—Me dijiste que estaban separados financieramente y que podían disponer libremente de ese dinero.

El silencio fue devastador.

Mi teléfono volvió a sonar.

Esta vez era el gerente del banco.

—Doctora López.

Necesitamos verla hoy mismo.

Detectamos varias operaciones irregulares relacionadas con su firma electrónica.

No respondí.

Solo observé a Alejandro.

Había dejado de intentar justificarse.

Porque acababa de comprender que aquello ya no era un problema matrimonial.

Era un posible fraude bancario.

Antes de que pudiera decir una sola palabra, una enfermera abrió apresuradamente la puerta.

—Doctora…

Hay dos agentes de la Policía de Investigación preguntando por usted.

Dicen que necesitan verificar unas transferencias por posible falsificación documental.

Camila dejó caer el sobre al piso.

Alejandro perdió completamente el color.

Y cuando uno de los agentes levantó el primer comprobante, pronunció una frase que terminó de destruir la poca tranquilidad que quedaba en el consultorio.

—La firma no solo está falsificada.

También pertenece a una doctora que, según estos registros, autorizó personalmente el retiro estando en una ciudad donde nunca estuvo ese día.

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