PARTE 2: LA TRAMPA QUE ELLOS MISMOS CONFESARON

Diego tardó casi un minuto en ponerse de pie.

Tenía el labio partido, la respiración entrecortada y una expresión que mezclaba rabia con incredulidad.

Nunca imaginó que la mujer a la que pensaba dominar acababa de derribarlo en menos de diez segundos.

Mariana permanecía inmóvil frente a la ventana.

Los guantes seguían puestos.

No por miedo.

Por precaución.

—¿Ya terminaste? —preguntó con una serenidad que lo enfureció todavía más.

Diego escupió un poco de sangre sobre el piso de mármol.

—Estás loca.

—No. Solo me defendí.

Él señaló el cinturón tirado junto a la cama.

—¿Quién te va a creer? Vas a decir que intenté golpearte y yo diré que me atacaste sin razón.

Mariana sonrió apenas.

—Eso habría funcionado… si tu mamá no acabara de confesar el plan completo por teléfono.

Diego sintió un vacío en el estómago.

Su mirada recorrió la habitación con desesperación.

—¿Qué dices?

Ella levantó lentamente la vista hacia el detector de humo del techo.

—Mi padre siempre decía que la confianza es buena, pero las pruebas son mejores.

Diego siguió la dirección de sus ojos.

Entonces vio aquel diminuto punto rojo.

Su rostro perdió el color.

—No…

Mariana sacó su celular.

En la pantalla aparecía una notificación.

“Respaldo completado correctamente.”

El video ya estaba almacenado en la nube.

No podía borrarlo.

No podía romper el teléfono.

No podía cambiar lo que acababa de decir su propia madre.

—¿Grabaste todo? —preguntó con la voz quebrada.

—Todo.

Mariana reprodujo apenas unos segundos del audio.

“…Necesitamos que transfiera las propiedades al fideicomiso…”

“…Cuando tengamos esos inmuebles…”

“…Ya nadie va a importar. Ni ella.”

El silencio que siguió fue mucho más fuerte que cualquier grito.

Diego dio un paso hacia ella.

—Escúchame…

—No.

—Mi mamá exageró.

—¿También exageró cuando dijiste que hoy iba a aprender quién mandaba?

Él abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Por primera vez desde que se conocían, Diego no tenía una mentira preparada.

Mariana comenzó a quitarse lentamente los guantes.

Cada movimiento era tranquilo.

Controlado.

Como alguien que ya había tomado una decisión definitiva.

—¿Sabes cuál fue el primer consejo que me dio mi padre cuando heredé la empresa?

Diego permaneció inmóvil.

—Me dijo: “Nunca firmes un documento cuando alguien tenga demasiada prisa.”

Se acercó a la mesa donde descansaba una elegante carpeta azul.

Dentro estaban los documentos del supuesto fideicomiso que Diego llevaba días insistiendo en que firmara.

Mariana los levantó.

Los observó durante unos segundos.

Luego los rompió en dos.

Después en cuatro.

Y finalmente dejó caer los pedazos sobre la cama.

Diego dio un grito.

—¡¿Estás enferma?! ¡Esos papeles eran importantes!

—Lo sé.

Ella tomó su teléfono otra vez.

Marcó un número que conocía de memoria.

La llamada fue contestada antes del segundo tono.

—Licenciado Salgado.

—Buenas noches, Mariana. ¿Todo está bien?

—Necesito que mañana a primera hora inicie el proceso para proteger todos los bienes de la empresa.

Hubo un breve silencio.

—¿Ocurrió algo?

Mariana miró fijamente a Diego.

—Sí.

Respiró hondo antes de continuar.

—Mi esposo acaba de revelar que solo se casó conmigo para quedarse con la herencia de mi padre.

Del otro lado de la línea, el abogado cambió inmediatamente de tono.

—¿Tiene pruebas?

Ella observó otra vez el detector de humo.

—Más de las que imaginaba hace una hora.

El abogado respondió sin dudar.

—Entonces no firme absolutamente nada. Envíeme una copia de todo. Mañana mismo solicitaré medidas de protección patrimonial y prepararemos la denuncia correspondiente si existen elementos suficientes.

Diego sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.

Intentó acercarse.

—Mariana… podemos hablar como adultos.

Ella colgó la llamada.

Lo miró con una mezcla de tristeza y decepción.

—Eso era exactamente lo que esperaba hacer contigo cuando acepté casarme.

Tomó la tarjeta de la habitación.

Abrió la puerta de la suite.

Dos guardias de seguridad del hotel, alertados por el ruido de la pelea, ya se encontraban frente a la entrada.

Uno de ellos preguntó con cautela:

—¿Todo está bien, señora?

Mariana respondió sin apartar la mirada de Diego.

—No.

Hizo una breve pausa.

—Pero lo estará en cuanto este señor abandone mi habitación.

Los guardias dieron un paso al frente.

Y Diego comprendió, demasiado tarde, que el verdadero combate no había empezado cuando levantó el cinturón.

Había empezado en el instante en que creyó que podía convertir el amor en una estafa.

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