PARTE 2: LA TERCERA BUGAMBILIA

Doña Rosa sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Volvió a leer la primera línea.

Una vez.

Dos.

Tres.

“No vendas la casa antes de buscar bajo la tercera bugambilia.”

Las palabras de Jacinto parecían recién escritas.

Su letra firme.

La misma con la que durante décadas firmó pagarés, permisos del campo y las tarjetas de cumpleaños que nunca sabían decir mucho, pero siempre decían lo necesario.

Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.

—Viejo… ¿por qué no me lo dijiste antes?

No hubo respuesta.

Solo el crujido de la vieja madera del estudio.

Respiró hondo.

Miró el reloj.

Eran casi las nueve de la noche.

La entrega oficial de la casa sería al día siguiente a las diez de la mañana.

Todavía tenía unas horas.


Bajó las escaleras casi corriendo.

Tomó una linterna del cuarto de herramientas.

La cuchara de peltre que Jacinto siempre usaba para trabajar la tierra seguía colgada en el mismo clavo.

La sostuvo unos segundos.

Entonces salió al patio.

Las tres bugambilias permanecían alineadas junto al viejo muro de piedra.

La primera.

La segunda.

La tercera.

La más cercana al pozo clausurado.

La misma donde Jacinto pasaba más tiempo arrodillado.

Rosa clavó la cuchara en la tierra.

La tierra estaba dura.

Muy dura.

Siguió cavando.

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

Cuando ya pensaba que todo era una ilusión nacida del dolor, la cuchara golpeó algo sólido.

Tac.

Se quedó inmóvil.

Volvió a escarbar con las manos.

Apareció una caja metálica completamente oxidada.

Pequeña.

Pesada.

Con un candado viejo.


La llevó hasta la cocina.

Recordó que Jacinto guardaba una llave diminuta dentro de un frasco de café.

Abrió la alacena.

El frasco seguía allí.

Dentro, efectivamente, había una pequeña llave envuelta en tela.

Las manos le temblaban tanto que tardó varios intentos en abrir el candado.

La tapa cedió lentamente.

Dentro encontró tres cosas.

Un paquete de documentos.

Un reloj de bolsillo que perteneció al padre de Jacinto.

Y un cuaderno negro.

Sobre el cuaderno había otra carta.

Esta vez mucho más corta.

“Si encontraste esto, significa que ya no pude detenerte.”

Rosa sintió un nudo en la garganta.

“Perdóname por no contarte la verdad antes. Quise protegerte.”


Abrió el cuaderno.

Las primeras páginas contenían fechas.

Nombres.

Números de escritura.

Croquis hechos a mano.

Después aparecieron fotografías antiguas.

Una de ellas hizo que Rosa dejara escapar un pequeño grito.

Era Jacinto.

Muy joven.

Junto a un hombre idéntico a él.

Dos hermanos gemelos.

Ella nunca había sabido que Jacinto tuviera un hermano.

Pasó la página.

Había otra fotografía.

Los dos hombres frente a la casona.

Y una anotación escrita con tinta azul.

“1978. El día que juramos proteger la propiedad hasta que todo pudiera demostrarse.”

Rosa frunció el ceño.

No entendía nada.


Entonces llegó al último sobre.

Dentro había una escritura antigua.

Mucho más antigua que la casa.

Leyó el encabezado.

“Fideicomiso familiar Murillo-Aranda.”

Beneficiaria final:

Rosa Martínez de Murillo.

Sus ojos se abrieron.

Aquello significaba…

La casa jamás había pertenecido únicamente a Jacinto.

Estaba protegida por un fideicomiso constituido décadas atrás.

Y la venta que acababa de firmar podía no ser válida si las condiciones del documento seguían vigentes.

El corazón comenzó a latirle con fuerza.

Miró el reloj.

Las diez de la mañana aún quedaban lejos.

Tomó el teléfono con manos temblorosas y marcó el número del viejo notario que había intentado detenerla horas antes.

Contestó al tercer tono.

—¿Licenciado Herrera?

—¿Rosa?

Ella respiró profundamente antes de hablar.

—Encontré lo que Jacinto escondió bajo la tercera bugambilia.

Del otro lado de la línea hubo un silencio absoluto.

Después, la voz del notario cambió por completo.

—No deje entrar a nadie a esa casa mañana.

—¿Por qué?

El anciano tardó unos segundos en responder.

—Porque si el documento que imagino está en sus manos… la señora Jimena Alcázar nunca estuvo comprando una simple casona.

Estaba intentando quedarse con algo que lleva treinta y ocho años buscando toda una familia.

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