PARTE 2: LA SEGUNDA FAMILIA

No dije nada más.

Durante los siguientes dos días, mientras Mateo disfrutaba del viaje con mis padres, yo revisé cuatro años de movimientos bancarios.

Lo que encontré fue peor de lo que imaginaba.

Marcos había pagado el alquiler de Daniela.

La matrícula de Iván.

Sus joyas.

Su ropa.

Incluso había transferencias realizadas el día de nuestro aniversario de bodas.

Pero una operación llamó especialmente mi atención.

Ochenta mil yuanes.

Concepto:

“Entrada vivienda”.

Sentí que se me helaban las manos.

Llamé al banco y pedí información sobre el destino del pago.

Era una inmobiliaria.

Daniela había comprado un apartamento hacía dos años.

Y Marcos figuraba como segundo comprador.

Aquello ya no parecía generosidad.

Parecía una vida paralela.

Esa noche Marcos llamó.

—Mamá dice que todavía no has regresado.

—No.

—¿Cuándo piensas volver?

—Cuando tú regreses.

Guardó silencio.

—Natalia, tenemos que hablar.

—Por supuesto.

—Daniela me contó que bloqueaste las transferencias.

Así que ya lo sabía.

—¿Por qué le preocupa tanto lo que hago con mi cuenta?

—Porque parte de ese dinero estaba destinado a Iván.

Solté una pequeña risa.

—Nuestro hijo nunca ha visto trescientos mil yuanes destinados a él.

Silencio.

—¿Revisaste mis movimientos?

—Revisé los nuestros.

—Daniela necesitaba ayuda.

—¿También necesitaba un apartamento contigo?

Marcos dejó de respirar.

Por primera vez, no tuvo una respuesta preparada.

—Puedo explicarlo.

—Hazlo.

—Daniela no podía conseguir el préstamo sola. Solo puse mi nombre para ayudar.

—¿Y los ochenta mil?

—Fue un préstamo.

—¿Dónde está el contrato?

Silencio otra vez.

Ya no necesitaba escuchar más.

—Regresa mañana —dijo finalmente—. Hablaremos cara a cara.

—Perfecto.

Colgué.

Pero antes de volver a casa hice dos cosas.

Primero, reuní copias de todos los movimientos.

Después consulté con un abogado para proteger mi parte de los bienes familiares.

Cuando Marcos regresó de Hainan, Daniela venía con él.

Entraron juntos.

Ella llevaba precisamente el vestido que habíamos pagado nosotros.

—Natalia —comenzó Marcos—.

Levanté una mano.

—Siéntense.

Daniela frunció el ceño.

—Esto es un asunto familiar.

La miré.

—Precisamente por eso estás aquí.

Dejé una carpeta sobre la mesa.

Transferencias.

Facturas.

El apartamento.

El rostro de Daniela perdió el color.

Marcos se enfureció.

—¿Estuviste investigándome?

—No hizo falta investigar demasiado. Utilizaste nuestra cuenta.

Daniela comenzó a llorar.

—Yo nunca quise destruir vuestra familia.

—Entonces devuelve el dinero.

Sus lágrimas se detuvieron.

—¿Qué?

—Los más de trescientos mil yuanes.

—¡Ese dinero me lo dio Marcos!

—Parte salió de mis ingresos.

Miré a mi esposo.

—Tienes siete días para demostrar qué cantidad era exclusivamente tuya.

Marcos golpeó la mesa.

—¡Es la viuda de mi hermano!

Mateo apareció en el pasillo.

Mi padre lo tomó inmediatamente de la mano y volvió a llevárselo a la habitación.

Yo bajé la voz.

—Precisamente. La viuda de tu hermano.

Empujé hacia Marcos una fotografía del viaje.

—Entonces dime por qué llevas años comportándote como su marido.

Daniela palideció.

Marcos no respondió.

Y comprendí que todavía faltaba algo.

—¿Qué no sé?

—Nada —contestó demasiado rápido.

Daniela miró al suelo.

Me volví hacia ella.

—Daniela.

Silencio.

—Mírame.

Lo hizo.

—¿Qué no sé?

Marcos se levantó.

—Nos vamos.

Pero Daniela no se movió.

—Cuñado…

—He dicho que nos vamos.

Entonces entendí algo.

Ella también tenía miedo de él.

Daniela abrió su bolso lentamente y sacó el teléfono.

—Hay algo que deberías ver.

Marcos intentó quitárselo.

Mi padre se interpuso.

—Ni se te ocurra.

Daniela abrió una carpeta de fotografías.

Había recibos, transferencias y capturas de conversaciones.

Pero no eran mensajes románticos.

Eran discusiones.

Amenazas.

Y una frase de Marcos aparecía repetidamente:

“Mientras yo pague, haces lo que acordamos.”

La miré confundida.

—¿Qué acuerdo?

Daniela comenzó a llorar.

—Después de morir mi esposo, Marcos descubrió algo sobre él.

—¿Qué?

—Una cuenta.

Marcos cerró los ojos.

Daniela continuó:

—Tu marido no empezó a darme dinero porque estuviera enamorado de mí.

Señaló la carpeta.

—Me pagaba para que guardara silencio.

Miré a Marcos.

—¿Sobre qué?

Daniela respiró profundamente.

—Sobre el verdadero origen del dinero con el que compraron esta casa.

El salón quedó completamente en silencio.

La casa que llevaba diez años pagando.

La casa por la que había trabajado horas extras.

La casa que creía nuestra.

Daniela me miró directamente.

—Natalia, una parte nunca perteneció a Marcos.

—¿A quién pertenecía?

Sus siguientes palabras hicieron que mi esposo se desplomara en la silla.

—A su hermano muerto.

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