Parte 2: La firma que no pudieron robarme

—Mamá le pidió a Antoine que imitara tu firma —dijo Charlotte.

Vivienne se puso de pie tan rápido que la silla chocó contra la pared.

—Cállate.

Charlotte no lo hizo. Levantó el teléfono.

—Tengo los mensajes. Y una foto del documento.

Gabriel dio un paso hacia ella.

—Charlotte, dame eso.

Me interpuse entre los dos.

—Puedes mostrármelo a mí, si quieres —dije.

Charlotte asintió. En la pantalla apareció una autorización para vender el apartamento. Al pie figuraba mi nombre, escrito con una inclinación que yo nunca usaba. La fecha era de hacía tres días.

Miré a Gabriel.

—Sabías que existía.

No respondió. Genevieve dejó la taza sobre la mesa.

—No tiene importancia. No llegó a utilizarse.

—Entonces no te molestará que la vea mi abogada.

Vivienne extendió la mano hacia el teléfono de Charlotte, pero su hermana retrocedió.

—Me dijiste que Camille había aceptado mudarse —le dijo Charlotte—. Después vi sus cosas en la acera.

Por primera vez, Vivienne no tuvo una respuesta preparada.

Yo saqué mi móvil. Gabriel había bloqueado mi número, pero no podía impedirme llamar a Jacqueline. Le expliqué que había entrado con mi propia llave, que mis pertenencias estaban afuera y que Charlotte tenía una fotografía de una autorización presuntamente falsificada.

Jacqueline me pidió que fotografiara la nota, las cajas y los documentos antes de mover nada. También me recordó que ambos figurábamos como propietarios en el registro y que nadie podía echarme de allí con una nota escrita a mano.

—Voy para allá —dijo.

Mientras esperaba, Gabriel se acercó a mí.

—Quería decírtelo.

—Tuviste tiempo para hacerlo antes de que tiraran mi ropa a la calle.

Se frotó la cara con ambas manos.

—Debo dinero. Pensé que si vendíamos el apartamento podría pagarlo y empezar de nuevo contigo.

—Sin preguntarme.

—Sabía que dirías que no.

Aquella fue la respuesta más honesta que me había dado en meses. Me dolió más que cualquiera de sus excusas.

Jacqueline llegó con un colega. Revisó los documentos que yo había dejado sobre la mesa: la copia del título de propiedad, mi declaración ante notario y el informe sobre la grieta. Después pidió ver la fotografía de Charlotte.

—Conserva los mensajes originales —le dijo—. No los borres ni se los envíes a nadie más por ahora.

A Gabriel le explicó que investigaríamos quién había preparado la autorización y si alguien la había presentado como auténtica. Genevieve protestó. Jacqueline la escuchó hasta que terminó.

—Camille tiene derecho a estar en su vivienda —respondió—. Y tiene derecho a retirar sus pertenencias de la acera sin que ustedes la obstaculicen.

Louis vino en su camioneta para ayudarme con las cajas. Charlotte bajó con nosotros y sostuvo un paraguas sobre los cartones mientras los cargábamos. Tenía las manos frías y le temblaban los dedos.

—Siento no habértelo dicho antes —murmuró.

—Me avisaste ayer. Y hablaste hoy.

No sabía todavía qué ocurriría con su familia. Sí sabía que le había costado enfrentarse a ella.

No pasé la noche en Mile End. Fui al apartamento de Saint-Henri que había comprado para mí. Estaba casi vacío: una cama, una mesa plegable y dos tazas. Dejé las cajas contra la pared y me senté en el suelo hasta que la lluvia dejó de golpear las ventanas.

En los días siguientes, Jacqueline confirmó que se había intentado iniciar una venta. La autorización con mi firma falsa formaba parte de los papeles entregados para prepararla. Presentamos los mensajes, la fotografía y mis muestras de firma para que se investigara. La operación se detuvo.

También inicié la separación de Gabriel. Vendimos el apartamento meses después, mediante un acuerdo formal y con mi firma verdadera. Mi parte no pagó sus deudas.

La última vez que entré en la habitación del mural, la luz de la tarde cruzaba el papel tapiz levantado. Había descubierto aquella pintura buscando el origen de una grieta: bajo una pared que parecía lisa había algo que llevaba años esperando a ser visto. Recogí mi cámara y tomé una fotografía final para el archivo del edificio.

Gabriel me esperaba en el pasillo.

—Nunca pensé que terminaríamos así —dijo.

—Yo tampoco.

Me ofreció ayudarme a llevar la caja que sostenía. Era pequeña. Le dije que podía sola y bajé las escaleras sin apresurarme.

En Saint-Henri coloqué sobre la mesa una de las tazas que había sobrevivido a la lluvia. Charlotte me escribió esa noche para preguntarme si había llegado bien. Le respondí que sí y le envié una foto de la vista desde mi ventana.

Luego deshice la última caja. Había planos, lápices y una libreta nueva. La abrí sobre la mesa y empecé a dibujar cómo quería distribuir mi apartamento.

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