PARTE 2: EL PROYECTO QUE ADRIAN ME ROBÓ DURANTE SIETE AÑOS

El correo tenía un asunto sencillo.

ACTIVACIÓN AUTOMÁTICA: PROTOCOLO ORION.

Me quedé mirando aquellas palabras mientras los pasajeros comenzaban a formar fila frente a la puerta de embarque.

Había programado ese mensaje seis meses atrás.

No porque sospechara una infidelidad.

Sino porque ya sospechaba algo peor.

Abrí el correo.

Había sido enviado simultáneamente al director general, al departamento jurídico, a Recursos Humanos y a tres miembros del consejo.

Adjuntos: cuarenta y siete archivos.

Versiones originales.

Historiales de edición.

Correos internos.

Registros de acceso.

Contratos.

Y una carpeta que Adrian nunca supo que yo conservaba.

ORION — AUTORÍA ORIGINAL.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era el director general, Charles Whitmore.

Respondí.

—Emma, ¿dónde estás?

—En el aeropuerto.

—¿Vas a regresar?

Miré mi tarjeta de embarque.

—No.

Hubo silencio.

—Acabo de abrir tus archivos.

—Entonces ya sabes por qué.

—Necesito escucharlo de ti.

Respiré profundamente.

—Durante siete años, Adrian presentó parte de mi trabajo como suyo.

Charles no respondió.

—Al principio eran cambios pequeños —continué—. Una presentación. Un concepto. Una propuesta que yo preparaba y él exponía. Éramos matrimonio. Pensé que estábamos construyendo algo juntos.

—¿Y después?

—Después dejó de pedirme permiso.

Abrí uno de los documentos.

El Proyecto Orion era el contrato más importante que la empresa había conseguido en una década.

Adrian figuraba oficialmente como director creativo.

Pero yo había desarrollado el concepto inicial.

La arquitectura visual.

El sistema de marca.

Incluso el prototipo que había convencido al cliente.

Adrian había cambiado los metadatos antes de presentarlo.

—Emma —dijo Charles—, Orion vale ciento ochenta millones de dólares.

—Lo sé.

—Si esto es auténtico…

—Lo es.

—¿Por qué esperaste seis meses?

Miré por las ventanas del aeropuerto.

—Porque necesitaba saber hasta dónde llegaría.

Y Adrian había llegado mucho más lejos de lo que imaginaba.

Tres meses antes, descubrí que alguien había accedido a mis archivos privados desde su cuenta administrativa.

Entonces preparé el correo automático.

Si yo no cancelaba el envío antes de aquella mañana, todos los documentos saldrían.

Había pensado detenerlo.

Hasta que Vanessa me envió aquella fotografía.

—Hay algo más —dijo Charles.

Su voz había cambiado.

—¿Qué?

—Vanessa aparece en algunos registros.

Me incorporé.

—¿Qué registros?

—Transferencias externas.

Sentí un frío repentino.

—¿Transferencias de qué?

—Archivos de Orion.

Guardé silencio.

—Emma, alguien descargó una versión confidencial del proyecto desde tu cuenta hace nueve semanas. Después la envió a una dirección externa.

—Yo no fui.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque ocurrió mientras estabas presentando en Nueva York. Tenemos el registro de entrada al edificio.

Mi mente empezó a unir fechas.

Nueve semanas atrás.

Adrian me había pedido mi contraseña.

Dijo que necesitaba recuperar urgentemente unos archivos mientras yo estaba fuera.

Se la di.

—¿A quién enviaron el proyecto?

Charles tardó demasiado en responder.

—A Meridian Creative.

Cerré los ojos.

Nuestro mayor competidor.

—¿Adrian vendió Orion?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Y Vanessa?

—La dirección externa utilizada para hacer el primer contacto está vinculada a ella.

La fila avanzó.

Yo no me moví.

—Charles, no borres nada.

—Legal ya está preservando los servidores.

—Y revisa las cuentas del proyecto.

—Ya lo estamos haciendo.

Entonces escuché voces al otro lado.

Charles se apartó del teléfono.

Cuando regresó, habló más despacio.

—Emma, tienes que saber algo antes de subir a ese avión.

—Dime.

—Encontramos un pago.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono.

—¿Cuánto?

—Dos millones cuatrocientos mil dólares.

—¿A quién?

—Una sociedad registrada en Singapur.

—¿Propietario?

—Estamos comprobándolo.

Una voz anunció el embarque final.

—Tengo que irme.

—Emma.

—¿Sí?

—No desaparezcas. Esto acaba de convertirse en una investigación corporativa.

Colgué.

A doce mil kilómetros de distancia, Adrian recibió la misma noticia de una forma menos amable.

La seguridad del hotel llamó a su habitación.

—Señor Miller, hay representantes legales esperando en recepción.

—¿Representantes de quién?

—De su empresa.

Vanessa se levantó de la cama.

—¿Qué pasa?

Adrian abrió su correo.

Su acceso corporativo había sido suspendido.

Su tarjeta empresarial, bloqueada.

El vuelo de regreso pagado por la compañía, cancelado.

Y debajo había un mensaje de Charles.

No elimines ningún dispositivo ni archivo. Legal ha iniciado una investigación sobre Orion.

Adrian miró a Vanessa.

—¿Qué hiciste?

Ella retrocedió.

—¿Yo?

—Meridian.

Su rostro cambió.

Fue apenas un segundo.

Pero Adrian lo vio.

—¿Qué hiciste, Vanessa?

—Nada que tú no supieras.

—Yo nunca autoricé vender el proyecto.

Vanessa soltó una carcajada.

—¿Tu proyecto?

Aquellas dos palabras lo silenciaron.

—Orion era de Emma —continuó—. Tú lo sabías. Yo lo sabía. Todo el departamento lo sabía.

—Baja la voz.

—No puedes seguir fingiendo que eres la víctima.

Adrian agarró su teléfono.

—Voy a llamar a Emma.

—Te bloqueó.

—Encontraré otra manera.

Vanessa lo miró con desprecio.

—Siempre haces lo mismo. Cuando algo sale mal, corres hacia tu esposa para que lo arregle.

Adrian se quedó quieto.

—¿Dónde están los dos millones cuatrocientos mil?

Vanessa perdió la sonrisa.

—No sé de qué hablas.

—Charles encontró el pago.

Por primera vez, ella pareció asustada.

Y Adrian comprendió algo.

—Tú pensabas irte.

—Adrian…

—Bali no era un viaje romántico.

Vanessa tomó su bolso.

—No empieces.

—Me utilizaste.

Ella se giró.

—¿Y tú qué hiciste con Emma durante siete años?

Adrian no pudo responder.

Mientras ellos discutían, yo ya estaba sentada en el avión.

Antes de apagar el teléfono recibí un último mensaje de Charles.

No era texto.

Era un documento.

REGISTRO CORPORATIVO — VANTAGE CONSULTING PTE. LTD.

La empresa que había recibido los 2,4 millones.

Abrí la página de accionistas.

Esperaba encontrar a Vanessa.

En cambio, sentí que se me entumecían los dedos.

La propietaria mayoritaria no era ella.

Era alguien llamado Eleanor Hayes.

Conocía ese nombre.

Todo el mundo en mi familia lo conocía.

Era el nombre de soltera de mi madre.

Mi madre, que llevaba cinco años diciéndome que Adrian nunca sería digno de mí.

Mi madre, que me había suplicado que abandonara la empresa.

Mi madre, que supuestamente no sabía absolutamente nada sobre Orion.

Entonces llegó otro archivo.

Una transferencia realizada seis meses atrás desde Vantage Consulting.

Beneficiario:

Adrian Miller.

Concepto:

“Acuerdo de salida de Emma — primera cuota.”

Me quedé mirando la pantalla.

La fotografía de Bali ya no importaba.

Vanessa ya no era el centro de nada.

Porque seis meses antes de que yo descubriera la aventura, mi esposo y mi propia madre ya habían puesto precio a mi desaparición de la empresa.

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