PARTE 2: LA RONDA DE FINANCIACIÓN

Doce minutos después, un sedán negro se detuvo junto a la acera.

No era mi padre.

Era Evelyn Shaw, directora jurídica de Whitfield Capital.

Abrió la puerta trasera.

—Señora Whitfield.

Hacía seis años que nadie relacionado con Reed utilizaba mi apellido de nacimiento.

Subí.

—Mi padre sabe lo de la grabación.

—Sí. Y quiere que usted no vuelva a esa casa esta noche.

Le entregué el dictáfono.

Evelyn no sonrió.

—Curtis acaba de confesar algo bastante serio.

—Creía que yo no entendía de finanzas.

—Ese fue su primer error.

El segundo era mucho mayor.

Whitfield Capital no era simplemente uno de los posibles inversionistas de la empresa de Reed.

Era el principal.

La ronda de financiación ascendía a 180 millones de dólares y debía cerrarse a las nueve de la mañana siguiente.

Reed llevaba meses presumiendo de que aquel acuerdo convertiría su startup en un unicornio.

Nunca supo que Douglas Whitfield era mi padre.

Yo había utilizado durante años el apellido de mi madre.

—¿Quieres que retiremos la inversión? —preguntó papá cuando llegué a su casa.

—No por el divorcio.

Él me observó.

—Entonces ¿por qué?

—Porque si Curtis dijo la verdad, están ocultando activos mientras solicitan financiación. Quiero que revisen todo antes de poner un dólar.

Mi padre asintió.

Eso fue suficiente.

A las 6:15 de la mañana, Whitfield Capital suspendió el cierre.

No canceló la empresa.

No destruyó nada.

Simplemente exigió una auditoría extraordinaria antes de liberar fondos.

A las 6:23 Reed me llamó.

No contesté.

A las 6:31 volvió a llamar.

A las 6:40 dejó un mensaje.

—Mara, necesito saber si hablaste con alguien.

A las siete, Curtis ya había comprendido que algo iba mal.

Pero la verdadera sorpresa apareció durante la revisión.

Varias de las empresas que Curtis había descrito como instrumentos para ocultar nuestros bienes también aparecían en documentos entregados a los inversionistas.

Una de ellas había recibido 11,8 millones de dólares.

Otra poseía dos propiedades que Reed me había asegurado que habían sido vendidas con pérdidas.

Y una tercera tenía participaciones de la propia startup.

Evelyn dejó el informe frente a mí.

—Parte de esto podría ser patrimonio matrimonial.

—¿Reed lo sabía?

—Todavía no podemos afirmarlo.

Aquello importaba.

Curtis podía haber diseñado el esquema.

Reed podía haberlo autorizado.

O ambos.

Pero yo no iba a convertir sospechas en hechos solo porque estaba furiosa.

A las diez llegaron los abogados de Reed.

A las once, los auditores externos.

A las doce y cuarto, Curtis dejó de responder llamadas.

Entonces Quinn me escribió.

La amante que horas antes había mordido una manzana en mi sofá ahora enviaba mensajes frenéticos.

“Mara, necesito hablar contigo.”

“Curtis se llevó documentos.”

“Reed está diciendo que todo esto fue idea de Curtis.”

No respondí.

Hasta que llegó una fotografía.

Era una hoja que Quinn había encontrado en el despacho.

Reconocí inmediatamente mi firma.

Solo que yo nunca había firmado aquello.

El documento transfería mi supuesto interés en tres propiedades a una sociedad llamada RHC Holdings.

—Evelyn.

Ella examinó la fotografía.

—¿Qué significa RHC?

No tuve que pensarlo.

Reed Harrison.

Curtis Harrison.

El tercer apellido no aparecía.

Pero el registro corporativo sí.

RHC había sido constituida cinco años antes.

Su tercer socio fundador era Douglas Whitfield.

Miré a mi padre.

Él se quedó inmóvil.

—¿Tú conocías esa empresa?

—Conocía otra versión de ella.

Mi padre pidió el expediente completo.

Diez minutos después su rostro había cambiado.

Años atrás, antes de que Reed y yo nos casáramos, Douglas había invertido discretamente en una pequeña empresa tecnológica creada por los hermanos Harrison.

Cuando descubrió problemas contables, salió del proyecto.

O eso creía.

—Mi participación debía haber sido cancelada —dijo.

Evelyn señaló una modificación posterior.

No había sido cancelada.

Había sido transferida.

—¿A quién? —pregunté.

Evelyn giró la pantalla.

A mí.

La transferencia tenía fecha de cuatro meses antes de mi boda.

Reed llevaba seis años diciéndome que yo no había aportado nada al matrimonio.

Sin embargo, según aquellos documentos, una participación vinculada a mi padre había sido puesta a mi nombre antes de casarnos.

Y Curtis había pasado años moviendo activos para ocultarla.

Mi teléfono volvió a sonar.

Era Reed.

Esta vez contesté.

No gritó.

Su voz apenas era un susurro.

—Mara, antes de que tu padre haga algo más, pregúntale por qué te convirtió en accionista sin decírtelo.

Miré a Douglas.

Por primera vez desde que comenzó todo, mi padre evitó mis ojos.

Y entendí que el fraude de los Harrison quizá no había comenzado con mi divorcio.

Había empezado antes de mi matrimonio.

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