Nadie dijo una sola palabra.
Solo se escuchaba el viejo ventilador girando lentamente sobre nuestras cabezas.
Mauricio seguía sosteniendo la carta con las manos temblorosas.
La volvió a leer.
Después otra vez.
Como si esperara que las palabras cambiaran.
No cambiaron.
—Eso es imposible…
Su voz apenas era un susurro.
—Mi mamá murió cuando yo nací.
Jacinta cerró los ojos.
—Eso fue lo que te hicieron creer.
Sacó de la caja un sobre amarillento.
Dentro había una fotografía tomada en un hospital.
Una mujer muy joven sostenía a un recién nacido envuelto en una manta azul.
En el reverso podía leerse una fecha escrita a mano.
14 de marzo de 1983.
Y debajo:
“Mi hijo Mauricio.”
Mi esposo dejó escapar el aire lentamente.
—Esa manta…
La tenía.
Durante años había permanecido guardada en una caja con las pocas cosas que conservaba de su infancia.
Nunca supo de dónde había salido.
Jacinta comenzó a hablar con una serenidad dolorosa.
—Tu padre y yo nos divorciamos cuando tú tenías apenas cuatro años.
Él tenía dinero.
Influencias.
Yo no.
Solicitó la custodia.
El juez dijo que podía seguir visitándote.
Pero tu padre nunca lo permitió.
Contó que yo era inestable.
Que bebía.
Que representaba un peligro.
Todo era mentira.
Cada vez que intentaba acercarme…
Él cambiaba de domicilio.
De escuela.
De ciudad.
Hasta que un día dejó de responder cualquier notificación.
Mauricio permanecía inmóvil.
—¿Y por qué nunca me buscó cuando fui adulto?
Jacinta sonrió con tristeza.
—Sí lo hice.
Señaló la caja metálica.
—Todas esas cartas eran para ti.
Nunca supe dónde vivías.
Las escribía esperando que algún día pudiera entregártelas.
Diego bajó la cabeza.
—Yo encontré la primera.
Lo miramos sorprendidos.
—¿Cómo?
El niño señaló una grieta del viejo mueble.
—Cuando se desmayó…
Busqué un vaso.
La caja estaba escondida atrás.
Vi las cartas.
No las abrí.
Solo le pregunté quién era Mauricio.
Jacinta comenzó a llorar otra vez.
—Le conté la verdad.
Pero le pedí que no dijera nada.
Quería encontrar el valor para hablar con mi hijo.
No sabía cómo hacerlo después de tantos años.
Mauricio tomó otra carta.
Estaba fechada cuando él tenía doce años.
“Hoy fue tu primer partido de fútbol. Escuché los aplausos desde afuera del campo porque tu padre volvió a llamar a la policía cuando intenté acercarme.”
Otra.
“Hoy cumpliste dieciocho. Espero que seas feliz aunque me odies sin conocerme.”
Otra más.
“Si algún día lees esto, solo quiero que sepas que nunca dejé de buscarte.”
Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.
Era la primera vez, en quince años de matrimonio, que veía llorar así a Mauricio.
Yo seguía observando la habitación.
Entonces algo llamó mi atención.
Sobre una repisa había varias carpetas perfectamente ordenadas.
Las abrí.
No eran recuerdos.
Eran expedientes.
Demandas antiguas.
Solicitudes judiciales.
Constancias de búsqueda.
Cartas certificadas devueltas.
Había más de treinta años de intentos legales para recuperar algún contacto con su hijo.
Ninguno había prosperado.
Jacinta no había desaparecido.
Había sido apartada.
En ese momento sonó un automóvil afuera.
Una camioneta negra se detuvo frente a la casa.
Tres personas descendieron.
El primero era un hombre de unos cincuenta años.
Traje impecable.
Reloj costoso.
Al verlo, Jacinta perdió completamente el color del rostro.
—No…
Él no debía saber que estoy aquí.
El hombre empujó la puerta sin pedir permiso.
Su mirada fue directamente hacia la anciana.
—Así que aquí estabas.
Después vio a Mauricio.
Y quedó inmóvil.
Tardó apenas unos segundos en reconocerlo.
—Hijo…
Mauricio dio un paso atrás.
—No me llames así.
El hombre respiró hondo.
—Vine a resolver este asunto.
Jacinta se aferró al brazo de Diego.
—No le creas.
Nunca viene si no quiere algo.
Entonces el desconocido dejó un portafolio sobre la mesa.
Lo abrió lentamente.
Dentro había documentos notariales.
En la primera hoja podía leerse, en letras enormes:
“Contrato de compraventa del inmueble.”

El comprador ya estaba firmado.
Solo faltaba una firma.
La de Jacinta Robles.
Y comprendimos, demasiado tarde, que la anciana no había pasado semanas muriéndose de hambre por casualidad…
Alguien necesitaba que pareciera incapaz de cuidar de sí misma para quedarse con la única propiedad que todavía llevaba su nombre.