El salón quedó en silencio.
Nadie entendía qué estaba ocurriendo.
Ethan miraba a su asistente como si acabara de escuchar una broma de mal gusto.
—¿Qué acabas de decir?
El hombre tragó saliva.
—Los inversores retiraron las líneas de crédito. Tres bancos congelaron las operaciones y el consejo convocó una reunión extraordinaria.
Eleanor palideció.
—Eso es imposible. La empresa tiene contratos por cientos de millones.
Damian guardó el teléfono en el bolsillo.
—Tenía.
Ethan giró lentamente hacia mis hermanos.
—¿Qué hicieron?
Julian se levantó de la mesa.
—Nada que no pudiera ocurrir después de una revisión financiera.
—¡¿Revisión financiera?!
Ethan avanzó hacia él.
—¡Ustedes sabotearon mi empresa!
Mi hermano mayor sonrió sin humor.
—No.
Hizo una pausa.
—Solo dejamos de sostenerla.
Ethan se quedó inmóvil.
Yo observaba la escena sin decir una palabra.
Durante cinco años, Ethan había creído que mis siete hermanos eran simplemente una familia demasiado protectora.
Nunca preguntó por qué los bancos siempre aprobaban sus proyectos con tanta facilidad.
Nunca quiso saber quién había presentado a su empresa a los primeros inversores.
Nunca preguntó por qué, cuando Vance Group tuvo su primera crisis, una llamada de Julian había conseguido mantener abiertas sus líneas de crédito.
Él simplemente asumió que todo aquello era consecuencia de su talento.
Damian levantó la mirada.
—Proyecto Norte no era tuyo.
Ethan frunció el ceño.
—Por supuesto que era mío.
—No.
Damian sacó una carpeta negra.
—La propiedad intelectual pertenece a Montgomery Holdings.
El rostro de Ethan perdió color.
Chloe dejó de sonreír.
Eleanor miró a su hijo.
—Ethan… ¿qué está diciendo?
Julian tomó la carpeta y la abrió.
—Tu empresa recibió financiación, tecnología y garantías durante los últimos cinco años bajo acuerdos que exigían mantener a Clara como beneficiaria principal de determinadas acciones.
Ethan me miró.
—¿Clara?
Asentí.
—Mi familia no confiaba en ti.
—¿Entonces todo este tiempo…?
—Todo este tiempo tú pensaste que yo era una mujer que necesitaba ser aceptada por tu familia.
Mi voz permaneció tranquila.
—En realidad, tu familia necesitaba que la mía aceptara el matrimonio.
Chloe retrocedió un paso.
—Ethan…
Él no la escuchó.
Seguía mirándome.
—¿Sabías esto desde el principio?
—No todo.
Tomé aire.
—Pero sabía suficiente para entender que no debía entregar mi futuro a un hombre que podía poner el nombre de otra mujer en nuestra propia acta de matrimonio por una apuesta.
Ethan apretó los puños.
—Fue una broma.
—Exactamente.
Miré los pedazos del acta esparcidos sobre sus zapatos.
—Y acabas de descubrir cuánto cuesta una broma.
Eleanor dio un paso hacia mí.
—Clara, podemos hablar de esto como familia.
Julian se interpuso.
—Ya no.
La expresión de mi futura suegra cambió.
—¿Qué significa eso?
—Que la boda está cancelada.
Damian levantó el teléfono.
—Y las negociaciones también.
En ese momento, el asistente de Ethan volvió a entrar corriendo.
—Señor… hay otro problema.
Ethan cerró los ojos.
—¿Ahora qué?
—La junta acaba de descubrir que el contrato de Proyecto Norte está vinculado personalmente a usted.
—¿Y?
El hombre dudó.
—Si la empresa entra en insolvencia, usted responde por determinadas garantías.
Ethan se quedó completamente quieto.
Chloe lo tomó del brazo.
—Ethan, ¿qué significa eso?
Él apartó la mano.
Por primera vez, ella parecía tan preocupada como todos los demás.
Yo recogí mi bolso.
—No es asunto mío.
Ethan levantó la cabeza.
—Clara.
Me detuve.
—¿Qué?
Su voz ya no tenía arrogancia.
—¿De verdad vas a dejarme así?
Lo miré durante unos segundos.
—No te estoy dejando así.
Señalé el acta rota.
—Tú elegiste esto.
Y caminé hacia la salida.
Cuando llegué a la puerta, escuché un sonido detrás de mí.
El teléfono de Ethan.
Una llamada.
El asistente contestó.
Su rostro se volvió blanco.
—Señor Vance… acaban de confirmar que el banco ejecutará las garantías mañana a las nueve.
Me detuve.
No porque quisiera regresar.
Sino porque Julian acababa de recibir un mensaje.
Mi hermano levantó la vista hacia mí.
—Clara.
—¿Qué pasa?
Su expresión había cambiado.
—No era solo Proyecto Norte.
Me entregó el teléfono.
En la pantalla aparecía un documento que llevaba mi nombre.
Lo leí una vez.
Después otra.

Y sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Porque Ethan no solo había apostado con el nombre de su mejor amiga.
Había firmado otro documento usando mi identidad.
Y esta vez, las consecuencias no iban a caer únicamente sobre su empresa.