PARTE 2: LA PRUEBA QUE ALEJANDRO NUNCA DEBIÓ PEDIR

Alejandro se detuvo frente a mí.

Cinco años.

Y aun así mi cuerpo recordó antes que mi mente.

La forma en que ocupaba una habitación.

La mirada que hacía callar a ejecutivos.

Pero esta vez no miraba a Elena Vargas.

Miraba al niño dormido detrás de mí.

—¿Cuántos años tiene?

—Vete.

—Elena.

—Estás en un set privado.

Alejandro avanzó.

Me interpuse.

—No te acerques a mi hijo.

Sus ojos bajaron hacia mí.

—¿Tu hijo?

—Sí.

—¿Quién es el padre?

Casi me reí.

—Cinco años sin verme y esa es tu primera pregunta.

—Contéstame.

—No.

Leo se movió.

—Mamá…

Alejandro se quedó inmóvil.

Mi hijo abrió los ojos y se incorporó lentamente.

—¿Quién es?

—Nadie, cariño.

Algo cruzó el rostro de Alejandro.

Dolor.

Tal vez orgullo herido.

No me importó.

Entonces Leo lo miró con atención.

—Yo te conozco.

Sentí que el corazón se me detenía.

Alejandro también.

—¿Me conoces?

Leo señaló su teléfono.

—Sales en los anuncios antes de mis dibujos.

Tuve que contener una sonrisa.

Alejandro no.

—¿Cómo te llamas?

—Leo Vargas.

—¿Y tu papá?

—No tengo.

—Leo —intervine.

Mi hijo frunció el ceño.

—Bueno, mamá dice que sí tengo, pero que está muy ocupado siendo idiota.

Cerré los ojos.

Alejandro me miró.

—¿Eso dices de mí?

—Yo no dije tu nombre.

Silencio.

Entonces apareció el asistente de Alejandro.

—Señor Fuentes, tenemos un problema.

Me mostró su teléfono.

El video ya superaba los ocho millones de reproducciones.

Pero había algo peor.

Alguien había encontrado fotografías infantiles de Alejandro.

Las comparaciones estaban por todas partes.

Mismos ojos.

Misma mandíbula.

Misma pequeña hendidura en la barbilla.

Alejandro habló sin apartar la mirada de Leo.

—Quiero una prueba de ADN.

—No.

—Si es mi hijo, tengo derecho a saberlo.

Me levanté.

—¿Derecho?

Por primera vez mi voz tembló.

—¿Dónde estaban mis derechos cuando destruiste mi carrera en una noche?

—Eso no tiene nada que ver con él.

—Tiene todo que ver.

Alejandro bajó la voz.

—¿Es mío?

Lo miré durante varios segundos.

Después dije la verdad.

—Sí.

El silencio fue absoluto.

Alejandro tuvo que apoyarse en la pared.

—Cinco años…

—Cinco años.

—Me quitaste cinco años con mi hijo.

—Tú me quitaste todo primero.

Su rostro se endureció.

—Voy a reconocerlo legalmente.

—Inténtalo.

—Elena.

—No me asustas como antes.

Tomé la mano de Leo.

—Y si quieres acercarte a él, será mediante abogados.

A la mañana siguiente recibí una citación.

Alejandro había solicitado una prueba de paternidad urgente.

Pero cometió un error.

Para reclamar derechos sobre Leo, tuvo que abrir oficialmente una investigación sobre las circunstancias de nuestra separación.

Y mi abogada llevaba cinco años esperando ese momento.

Clara llegó a mi apartamento con una carpeta.

—¿Recuerdas el acuerdo que firmaste cuando abandonaste Fuentes Entertainment?

—Perfectamente.

—Yo también pensaba que lo recordábamos.

Sacó una copia certificada.

—Pero esta no es la versión que tú firmaste.

La leí.

Había una cláusula añadida.

La señora Elena Vargas renuncia voluntariamente a futuras reclamaciones profesionales, patrimoniales y familiares contra Alejandro Fuentes y sus descendientes.

Sentí frío.

—Esto no estaba ahí.

—Lo sé.

—¿Quién la añadió?

—Todavía no lo sabemos.

Clara pasó otra página.

—Pero hay algo más.

Mi firma digital había sido utilizada tres semanas después de mi salida para aprobar una orden interna.

Una orden de exclusión profesional.

La famosa instrucción que había borrado mi nombre de la industria.

Yo siempre había creído que Alejandro la había firmado.

No era así.

Su firma tampoco aparecía.

Había sido autorizada desde la oficina jurídica de Fuentes Entertainment.

—Entonces ¿quién ordenó destruirme?

Clara señaló el nombre.

Valeria Montes.

Me quedé inmóvil.

—Ella no tenía autoridad para eso.

—Oficialmente, no.

—¿Y extraoficialmente?

Clara abrió el último documento.

Era un poder corporativo.

Alejandro supuestamente había concedido a Valeria capacidad para actuar en su nombre durante seis meses.

Incluía su firma.

La fecha era dos días antes de nuestro divorcio.

Esa tarde Alejandro apareció con su abogado para la prueba de ADN.

Le lancé la copia.

—¿Firmaste esto?

La leyó.

Su expresión cambió.

—No.

—Pues alguien utilizó tu firma para darle a Valeria control suficiente para destruir mi carrera.

—Imposible.

—Entonces compruébalo.

Alejandro llamó inmediatamente a su jefe jurídico.

Veinte minutos después recibió la respuesta.

La firma había sido autenticada electrónicamente desde su cuenta personal.

Pero el dispositivo utilizado no era suyo.

Era una tableta registrada a nombre de Valeria.

Alejandro se quedó blanco.

—Ella tenía acceso a mi despacho.

—Qué romántico.

No respondió.

Llegaron los resultados preliminares de ADN dos días después.

Probabilidad de paternidad: 99,99 %.

Alejandro leyó la cifra sin respirar.

Luego pidió ver a Leo.

Antes de que pudiera responder, Clara entró apresuradamente.

—Elena, tenemos otro problema.

Traía una copia de mi expediente médico del embarazo.

—Alguien solicitó estos documentos hace cinco años.

—¿Quién?

—Fuentes Entertainment.

Alejandro levantó la cabeza.

—Yo nunca supe que estaba embarazada.

Clara colocó la solicitud sobre la mesa.

La fecha era exactamente una semana después de que yo desapareciera.

Alguien dentro de su empresa sabía que llevaba a Leo en el vientre.

Y había pagado para obtener mis registros médicos.

Alejandro leyó el nombre del solicitante.

Su mano empezó a temblar.

No era Valeria.

Era su madre.

Entonces Clara puso delante de nosotros un segundo documento.

Una transferencia de dos millones de dólares realizada pocos días después.

Beneficiaria:

Valeria Montes.

Concepto:

“Cumplimiento del acuerdo relativo al heredero Fuentes.”

Alejandro levantó lentamente la mirada.

Cinco años creyendo que Valeria había sido la mujer que necesitaba proteger.

Y acababa de descubrir que ella había cobrado una fortuna justo después de ayudar a ocultarle la existencia de su propio hijo.

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