PARTE 2: LA PÁGINA TRES QUE DESTRUYÓ DOS MENTIRAS

Emilio tomó la hoja.

Sus ojos recorrieron las primeras líneas.

Después volvió al principio.

—No puede ser.

Sofía palideció.

—¿Qué dice?

La doctora Herrero respondió por él.

—El señor Navarro queda excluido como padre biológico de Lucía.

El silencio fue brutal.

Mi madre dejó de sonreír.

—Eso es imposible —dijo Sofía—. Emilio es su padre.

—Genéticamente, no.

Emilio la miró.

—Me dijiste que habías hecho una prueba cuando nació.

—¡La hice!

—¿Dónde?

Sofía abrió la boca.

Nada salió.

Yo seguía inmóvil.

Horas antes me habían extraído médula para salvar a aquella niña.

Y ahora descubría que incluso la gran revelación con la que pretendían destruirme era mentira.

Pero la doctora no había terminado.

—Hay otro resultado.

Miró hacia mí.

—Rocío fue una compatibilidad extraordinariamente alta para Lucía.

—Es su tía —intervino mi madre.

La doctora negó lentamente.

—Eso fue lo que nos llamó la atención.

Sacó otra página.

—La coincidencia genética entre Rocío y Lucía es demasiado alta para la relación familiar que consta en sus historiales.

Mi corazón empezó a golpearme el pecho.

—¿Qué significa?

La doctora eligió cuidadosamente las palabras.

—El estudio HLA no sustituye por sí solo una prueba formal de parentesco. Pero la anomalía fue suficiente para solicitar una confirmación genética urgente, con las autorizaciones correspondientes al protocolo clínico.

Sofía retrocedió.

—No.

La doctora la miró.

—La prueba confirmatoria indica que usted no es la madre biológica de Lucía.

Sentí que la habitación se inclinaba.

—¿Qué?

Mi madre se agarró al respaldo de una silla.

Eso fue lo que me asustó.

No parecía sorprendida.

Parecía descubierta.

—Mamá —susurré.

Ella evitó mis ojos.

La doctora continuó:

—La madre biológica de Lucía es Rocío.

Emilio dejó caer la página.

Yo no pude respirar.

—Eso es imposible.

—Doctora, llevo ocho años intentando tener hijos.

—Lo sé.

—Nunca he dado a luz.

—También lo sé.

Entonces comprendí que aquello era mucho peor.

Miré a Sofía.

Estaba llorando.

—¿Qué hiciste?

—Yo no quería…

—¿QUÉ HICISTE?

El monitor volvió a acelerarse.

La doctora llamó a una enfermera, pero levanté la mano.

Necesitaba escuchar la respuesta.

Sofía se derrumbó en una silla.

—Hace nueve años necesitabas dinero.

Recordé aquella época.

Tratamientos de fertilidad.

Pruebas.

Una clínica privada.

Un procedimiento de estimulación ovárica que finalmente me dijeron que había fracasado.

Me habían asegurado que ninguno de los óvulos obtenidos era viable.

—No —susurré.

Sofía empezó a llorar más fuerte.

—Mamá conocía a alguien en la clínica.

Giré la cabeza hacia nuestra madre.

Ella permaneció callada.

—Habla.

—Tú estabas casada con Emilio —dijo finalmente—. Tenías estabilidad. Sofía no tenía nada.

No entendía.

Hasta que entendí.

Y deseé no haberlo hecho.

—¿Usasteis mis óvulos?

Mi madre apretó la mandíbula.

—Solo uno.

Sentí náuseas.

Sofía habló entre lágrimas.

—Me implantaron un embrión.

—¿De quién era el esperma?

Emilio levantó la cabeza.

La misma pregunta acababa de cruzarle la mente.

Sofía negó desesperadamente.

—Yo creía que era tuyo, Emilio.

—¿Creías?

—Mamá se encargó de todo.

Todos miramos a mi madre.

Ella ya no parecía triunfante.

—El donante debía permanecer anónimo.

Emilio dio un paso hacia ella.

—¿Entonces llevas ocho años sabiendo que Lucía no era mía?

—Sabía que existía esa posibilidad.

Emilio soltó una risa rota.

—Dejé a mi esposa por una niña que ni siquiera es mía.

Aquello debería haberme dado satisfacción.

No me dio ninguna.

Solo miraba hacia la habitación donde Lucía seguía aislada recuperándose del trasplante.

La niña que yo había amado como sobrina.

La niña por la que había permitido que perforaran mis huesos.

Mi hija.

—¿Lucía lo sabe? —pregunté.

Sofía bajó la cabeza.

—No.

Entonces recordé algo.

—Ella fue quien dijo que Emilio era su verdadero padre.

Sofía cerró los ojos.

—Yo se lo dije esta mañana.

La miré horrorizada.

—Usaste a una niña enferma para anunciar vuestra aventura.

No contestó.

Emilio tomó los papeles del divorcio.

Los rompió por la mitad.

—Rocío, podemos arreglar esto.

Lo miré.

—No.

—Yo tampoco sabía…

—Pero sí sabías que engañabas a tu esposa con su hermana.

Se quedó callado.

—La mentira sobre Lucía no borra la tuya.

Entonces la doctora Herrero intervino.

—Hay algo más que deberían saber antes de continuar esta discusión.

Sacó un último informe.

—Cuando confirmamos la maternidad de Rocío, el laboratorio amplió el estudio para aclarar una discrepancia.

Mi madre empezó a caminar hacia la puerta.

—Yo me voy.

—No —dije.

Mi voz salió baja.

—Tú te quedas.

La doctora miró el documento.

—Encontramos al padre biológico.

Sofía levantó la cabeza.

—¿Cómo?

—Su perfil ya estaba registrado en el sistema de donantes relacionado con la clínica original.

La doctora dejó el informe sobre mi cama.

Vi el nombre.

Y por primera vez aquella noche, fue mi madre quien perdió completamente el equilibrio.

Alejandro Herrero.

Miré a la doctora.

Ella estaba tan pálida como yo.

—Ese es mi hermano —dijo.

Nadie habló.

La doctora pasó a la siguiente hoja.

—Murió hace siete años.

Mi madre empezó a negar con la cabeza.

—No sabía quién era.

Pero la doctora la interrumpió.

—Entonces tendrá que explicar otra cosa.

Sacó un documento antiguo de la clínica.

No era un formulario de donación anónima.

Era una solicitud específica para crear un embrión utilizando mis óvulos y la muestra de Alejandro Herrero.

Y al pie aparecía la firma de la persona que había solicitado aquella combinación genética.

Mi madre.

Junto a una anotación manuscrita:

“Si nace una niña compatible, conservar expediente. Rocío no debe saberlo.”

La doctora Herrero me miró.

—Rocío, tu madre no robó tus óvulos simplemente para darle un bebé a Sofía.

Sentí un escalofrío.

—Entonces ¿para qué?

La doctora cerró lentamente la carpeta.

—Eso es precisamente lo que tenemos que averiguar.

—Porque nueve años antes de que Lucía enfermara, alguien ya estaba intentando crear deliberadamente una niña genéticamente compatible contigo.

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