Sofía sintió que el corazón dejaba de latir durante un segundo.
—¿Qué acabas de decir?
Adrian no respondió de inmediato.
Siguió mirando el techo, como si calculara cuidadosamente cada palabra.
—Solo hice una pregunta.
—No.
Ella se incorporó de golpe.
—No fue una pregunta.
—Insinuaste algo.
Adrian finalmente giró la cabeza hacia ella.
La arrogancia que había mostrado durante todo el día había desaparecido.
—¿Cuántos años tiene Ethan?
—Seis.
—¿Y cuántos años hace que no ves al hombre que dices que es su padre?
Sofía sintió un escalofrío.
—Eso no te importa.
—Me importa desde esta mañana.
Ella frunció el ceño.
—¿Desde que aceptaste donar?
Adrian negó lentamente.
—Desde mucho antes.
Aquellas cuatro palabras hicieron que el aire de la habitación pesara el doble.
—¿Qué significa eso?
Adrian guardó silencio unos segundos.
Después se sentó en la cama, siempre manteniendo la distancia entre ambos.
—Hace tres semanas recibí una llamada del Hospital Central.
—Me dijeron que existía un niño con una enfermedad extremadamente rara.
—Necesitaban encontrar un donante compatible.
Sofía asintió.
Eso ya lo sabía.
—Acepté hacerme las pruebas.
—Cuando llegaron los resultados, los médicos estaban confundidos.
Ella sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
—Porque la compatibilidad era demasiado alta.
Sofía intentó mantener la calma.
—Puede ocurrir.
—Sí.
—Una entre millones.
Adrian la observó fijamente.
—El hematólogo volvió a repetir el estudio en otro laboratorio.
—Pensó que había un error.
La habitación quedó completamente en silencio.
—No lo hubo.
Sofía comenzó a notar un zumbido en los oídos.
—¿Qué encontraron?
Adrian respiró profundamente.
—No encontraron a un donante compatible.
—Encontraron un parentesco biológico extraordinariamente cercano.
Ella negó con la cabeza antes incluso de escuchar el resto.
—Eso es imposible.
—Eso mismo dijeron ellos.
—Porque, según tus documentos, nunca habíamos coincidido en nuestras vidas.
Sofía bajó lentamente de la cama.
Necesitaba poner distancia.
Abrió la ventana apenas unos centímetros.
El aire frío de la madrugada entró en la habitación.
—Te equivocas de persona.
—Nunca te había visto antes del hospital.
—Yo tampoco lo entendía.
Adrian sacó lentamente la cartera que había dejado sobre la mesa.
Extrajo una fotografía vieja.
Muy vieja.
Los colores estaban casi borrados.
La acercó sin levantarse.
—¿Conoces a esta mujer?
Sofía tomó la fotografía.
Su respiración se detuvo.
Era su madre.
Muchísimo más joven.
Sonreía abrazada a un hombre alto que Sofía jamás había visto.
En un rincón aparecía un niño de unos ocho años.
El niño era Adrian.
Las manos de Sofía comenzaron a temblar.
—¿Dónde conseguiste esto?
—En la caja de recuerdos de mi padre.
Ella levantó la vista.
—Mi madre nunca conoció a tu familia.
Adrian habló con absoluta tranquilidad.
—Eso pensaba yo.
—Hasta que encontré cartas.
—Cartas escritas por ella.
Sofía sintió que el mundo comenzaba a inclinarse.
—Estás mintiendo.
—Ojalá.
Adrian abrió otra carpeta.
No parecía improvisado.
Había llevado aquellos documentos desde el principio.
—Hace dos meses murió mi padre.
—Mientras ordenaba sus cosas encontré sobres con el nombre de Elena Bennett.
Sofía sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Ese era el nombre completo de su madre.
Muy pocas personas lo conocían.
Adrian continuó.
—Dentro había fotografías.
—Cartas.
—Y una prueba genética que nunca llegó a entregarse.
Ella dejó caer la fotografía sobre la cama.
—No.
—No puede ser.
—Mi madre murió hace ocho años.
—Nunca me habló de nadie.
—Precisamente por eso empecé a buscarte.
Sofía lo miró con desconfianza.
—¿Por eso apareciste en el hospital?
Él negó.
—No.
—Yo no sabía que Ethan existía.
Ella frunció el ceño.
—Entonces…
Adrian tomó aire.
—Cuando contraté a un investigador para encontrarte, descubrí que tenías un hijo ingresado.
—Y el mismo día que obtuve tu dirección…
—El hospital me llamó porque buscaban un donante.
Sonrió con tristeza.
—El destino tiene un sentido del humor bastante extraño.
Sofía seguía sin creer nada.
Todo aquello sonaba absurdo.
Imposible.
Demasiadas coincidencias.
Entonces recordó algo.
Durante las pruebas médicas, el hematólogo había repetido varias veces una frase que ella no entendió.
“Nunca había visto una compatibilidad así entre personas sin parentesco declarado.”
En ese momento llamaron a la puerta.
Los dos se sobresaltaron.
Eran casi las tres de la madrugada.
Adrian abrió apenas unos centímetros.
Un mensajero del hospital sostenía un sobre urgente.
—¿Señor Cole?
—Necesitan que firme esto inmediatamente.
Adrian tomó el sobre.
Al abrirlo, su expresión cambió por completo.
Toda la ironía desapareció.
Sofía se acercó.
—¿Qué ocurre?
Él levantó lentamente la hoja.

Era un informe firmado por el jefe de Hematología.
Solo había una frase subrayada en rojo.
“Se recomienda repetir con carácter urgente la prueba de filiación genética entre el señor Adrian Cole y el menor Ethan Bennett, debido a que los marcadores obtenidos son compatibles con una relación directa de primer grado.”