PARTE 2: LA PRIMERA TRAICIÓN

Vanessa levantó el segundo documento antes de que Daniel pudiera esconderlo.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué es esto?

Daniel intentó arrebatárselo.

—Dámelo.

Pero ella ya había leído el encabezado.

Solicitud de auditoría forense.

Luego pasó a la siguiente hoja.

Había una lista de transferencias bancarias, empresas proveedoras y números de contrato resaltados con marcador amarillo.

Su rostro perdió el color.

—¿Por qué aparece mi hermano aquí?

Daniel sintió un vacío en el estómago.

Al otro lado del teléfono, Mariana escuchaba cada respiración.

—Porque Mauricio recibió el dinero —dijo con absoluta calma—. Y porque durante tres años ustedes usaron empresas fantasma para sacar millones de la constructora.

Vanessa giró lentamente hacia Daniel.

—Dijiste que todo era legal.

—Lo era…

—¡No me mientas!

Daniel levantó la voz.

—¡Cállate un momento!

Mariana sonrió por primera vez en meses.

No era una sonrisa de alegría.

Era la de alguien que por fin veía cómo las mentiras comenzaban a devorarse entre sí.

Daniel volvió a llevar el teléfono a la oreja.

—¿Qué quieres?

—Ya lo sabes.

—¿Dinero?

—No.

—¿Entonces?

—Quiero que enfrentes las consecuencias.

Él soltó una risa nerviosa.

—No puedes probar nada.

Mariana abrió otra carpeta sobre la mesa donde estaba reunida con su abogada.

Evelyn deslizó varias fotografías.

Fechas.

Firmas.

Estados de cuenta.

Videos.

—Eso mismo dijiste hace diez años cuando ocultaste la primera factura falsa.

El silencio fue inmediato.

Daniel sintió un escalofrío.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque fui yo quien revisó la contabilidad desde el primer día.

Él recordó algo que llevaba años sin pensar.

Mariana había diseñado el sistema financiero completo de la empresa.

Conocía cada proveedor.

Cada cuenta.

Cada autorización.

Cada contraseña antigua.

Simplemente había esperado.

—Hace tres meses entregué una copia completa al consejo de administración.

Daniel dejó caer lentamente el sobre amarillo.

—Estás mintiendo.

—No.

—Si fuera cierto, ya me habrían llamado.

—Todavía no.

Miró el reloj.

—Faltan exactamente doce minutos.

Como obedeciendo a sus palabras, el celular de Daniel comenzó a vibrar.

Pantalla:

Presidente del Consejo.

No contestó.

El teléfono volvió a sonar.

Luego otra vez.

Y otra.

Cinco llamadas perdidas en menos de un minuto.

Vanessa comenzó a retroceder.

—Daniel…

Él seguía mirando la pantalla.

Después entró otro mensaje.

Reunión extraordinaria. Presencia obligatoria.

Seguido de otro.

Queda suspendida cualquier autorización de pagos desde este momento.

Y un tercero.

No abandone la ciudad hasta nuevo aviso.

Daniel sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.

—¿Qué hiciste?

—Solo protegí lo que también me pertenece.

Él respiraba con dificultad.

—La empresa es mía.

—No.

Mariana respondió con una serenidad que resultaba insoportable.

—La mitad de esa empresa sigue siendo legalmente mía.

—Y el dinero que robaste también.

Vanessa miró la caja de terciopelo amarillo que Daniel había comprado aquella mañana.

La abrió lentamente.

Dentro brillaba un enorme anillo de diamantes.

Lo sostuvo unos segundos.

Después lo dejó caer sobre el piso de mármol.

La piedra rebotó con un sonido seco.

—¿Todo esto lo compraste con el dinero de la empresa?

Daniel no respondió.

Vanessa dio otro paso atrás.

Por primera vez comprendía que no estaba junto a un hombre poderoso.

Estaba junto a un hombre investigado.

Entonces sonó el timbre de la casa.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Daniel caminó hacia la puerta creyendo que quizá aún podía controlar la situación.

Cuando abrió, encontró a cuatro personas esperándolo.

Dos auditores externos.

Un notario.

Y el presidente del consejo de administración.

El hombre mayor lo miró fijamente antes de hablar.

—Daniel Cárdenas…

Le entregó un documento con sello oficial.

—A partir de este momento quedas suspendido de todas tus funciones como director ejecutivo mientras concluya la investigación por administración fraudulenta.

Detrás de ellos, otro automóvil acababa de detenerse frente a la casa.

Y cuando Daniel vio quién descendía de él, comprendió que perder el cargo era apenas el comienzo de la peor noche de su vida.

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