Mi corazón comenzó a golpear con tanta fuerza que apenas podía escuchar el monitor cardíaco.
Su mano seguía sujetando mi muñeca.
Firme.
Increíblemente fuerte para alguien que llevaba seis meses inmóvil.
—¿Señor Castellano…? —susurré.
Sus ojos permanecían abiertos, aunque todavía parecían luchar por enfocar el mundo.
No respondió a mi pregunta.
Solo volvió a mover los labios.
—…sigue…
Tragó saliva con dificultad.
—…leyendo.
Durante un segundo me quedé completamente paralizada.
Después reaccioné como enfermera.
Presioné el botón de emergencia.
Las alarmas comenzaron a sonar por toda la habitación.
Pero él no soltó mi brazo.
Todo lo contrario.
Apretó un poco más.
—No…
Su voz era apenas un hilo.
—Todavía… no.
Lo miré sin comprender.
—Necesito llamar al médico.
Negó muy lentamente con la cabeza.
—Treinta… segundos.
Su respiración era irregular.
—Solo… lee.
Jamás había vivido algo semejante.
Un hombre que acababa de despertar de un coma de medio año no preguntaba dónde estaba.
No preguntaba qué había ocurrido.
No preguntaba cuánto tiempo había pasado.
Solo quería que terminara la historia.
Con la mano temblando recogí el teléfono del suelo, donde tenía abierto el libro electrónico.
Busqué la última página.
Y continué exactamente desde la frase donde me había detenido.
Mientras leía, observé algo extraordinario.
Su frecuencia cardíaca comenzó a estabilizarse.
La tensión de sus dedos disminuyó.
Su respiración dejó de ser desesperada.
Como si mi voz fuera el único sonido que su mente reconocía después de meses de oscuridad.
La puerta se abrió violentamente.
Entraron dos médicos, tres enfermeros y varios técnicos.
Detrás de ellos aparecieron los hombres de traje negro que nunca abandonaban el pasillo.
—¡Apártense!
El jefe de Neurología llegó hasta la cama.
—Señor Castellano, ¿puede escucharme?
Nicholas no respondió.
Seguía mirándome a mí.
—Clara…
Parpadeé.
Jamás le había dicho mi nombre.
—¿Cómo…?
Él apenas sonrió.
Una sonrisa casi imperceptible.
—Todas… las noches.
Sentí un escalofrío.
Había escuchado todo.
Cada capítulo.
Cada conversación.
Cada broma torpe.
Cada vez que le había contado lo cansada que estaba.
Cada vez que le confesé que tenía miedo de no poder pagar mis préstamos.
Había oído absolutamente todo.
El médico siguió realizando pruebas.
—¿Puede mover los dedos?
Nicholas obedeció.
—¿Puede seguir mi mano con la mirada?
También.
Todo el equipo intercambiaba miradas de absoluta incredulidad.
Aquello desafiaba cualquier pronóstico.
Media hora después, la habitación quedó nuevamente en silencio.
Solo permanecían dos médicos.
Yo.
Y Marco.
El hombre de traje gris que parecía dirigir toda la seguridad del piso.
Se acercó lentamente a la cama.
Durante unos segundos no habló.
Simplemente observó a Nicholas.
Después inclinó ligeramente la cabeza.
—Bienvenido de vuelta, jefe.
Nicholas cerró los ojos unos instantes.
Cuando volvió a abrirlos, ya no había confusión en ellos.
Solo una calma inquietante.
—¿Cuánto tiempo?
Marco respondió sin rodeos.
—Seis meses y doce días.
Nicholas permaneció inmóvil.
Como si estuviera organizando mentalmente cada pieza del mundo que acababa de recuperar.
—¿Cuántos?
Marco entendió inmediatamente la pregunta.
—Tres intentaron ocupar su lugar.
—¿Y?
—Solo uno sigue vivo.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Los médicos fingían revisar monitores, pero era evidente que escuchaban cada palabra.
Nicholas giró lentamente la cabeza hacia mí.
—Ellos…
Su voz seguía siendo débil.
—¿La molestaron?
No entendí.
—¿Quiénes?
Miró apenas hacia Marco.
Fue suficiente.
Marco respondió de inmediato.
—Nadie se acercó a la señorita Jenkins.
Hice todo lo posible para asegurarme.
Nicholas cerró los ojos unos segundos.
Pareció satisfecho.
Cuando salí de la habitación para completar el informe clínico, noté algo extraño.
Los guardias del pasillo ya no me observaban como a una simple enfermera.
Todos se pusieron de pie al verme pasar.
Uno incluso abrió la puerta para dejarme salir.
Fruncí el ceño.
No entendía aquel cambio.
Hasta que escuché la voz de Marco detrás de mí.
—Señorita Jenkins.
Me giré.
—¿Sí?
Él permaneció completamente serio.
—Hay algo que debe saber.
Esperé.
—Durante seis meses nadie consiguió que el señor Castellano reaccionara.
Ni los mejores especialistas.
Ni su familia.
Ni sus hombres de confianza.
Hizo una breve pausa.
—La primera persona cuyo nombre pronunció al despertar fue el suyo.
Sentí un nudo en el estómago.

—Eso no significa nada.
Marco sostuvo mi mirada.
—En el mundo del señor Castellano…
Su expresión se volvió mucho más grave.
—Significa absolutamente todo.