PARTE 2: LA PRIMERA MENTIRA DE LA FAMILIA.

Sebastián permaneció inmóvil varios segundos.

Había visto cuerpos destrozados por explosiones, compañeros heridos y ciudades reducidas a escombros.

Nada de eso le revolvió el estómago como los moretones que cubrían la piel de Camila.

Con la yema de los dedos rozó apenas una marca morada sobre su brazo.

Ella se estremeció.

No por el dolor.

Por miedo.

Ese pequeño gesto terminó de romperlo.

—Perdóname —susurró.

Camila negó con la cabeza.

—Ellos decían que, si te contaba algo, perderías tu carrera.

—¿Quién más sabía?

Las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de Camila.

—Todos los empleados antiguos.

—La notaria.

—El contador.

—Hasta el médico que vino cuando me desmayé.

Sebastián sintió que el aire se volvía pesado.

No era una agresión aislada.

Era un plan cuidadosamente construido durante los seis meses que él estuvo fuera.

Sacó el celular viejo que había encontrado.

—Necesito que me digas la verdad.

Camila respiró hondo.

—Tu mamá falsificó primero tu poder notarial.

Después dijeron que tú habías decidido vender los terrenos para invertir en la empresa de Ramiro.

Cuando algunos socios dudaron, mostraron documentos con tu firma.

—Nunca firmé nada.

—Lo sé.

—Después vinieron por mí.

Me llevaron con un notario diciendo que eran trámites bancarios para ayudarte durante la misión.

Cuando descubrí que eran escrituras ya era demasiado tarde.

Me encerraron durante horas hasta que acepté firmar.

Sebastián cerró los ojos.

Cada documento que había visto esa tarde encajaba perfectamente.

No habían robado únicamente propiedades.

Habían robado toda su identidad.

Abajo comenzaron los aplausos.

Doña Graciela brindaba con los invitados.

—Hoy celebramos el crecimiento de Arriaga Construcciones gracias al esfuerzo de Ramiro.

Las palabras atravesaron el techo como un insulto.

Camila sujetó la manga de Sebastián.

—No bajes.

Por favor.

Ramiro bebe mucho cuando presume delante de la gente.

Hoy puede hacer cualquier cosa.

Sebastián besó suavemente su frente.

—Precisamente por eso voy a bajar.

Pero no para pelear.

Voy a escuchar.

Guardó el teléfono dentro de la chamarra.

Activó discretamente la grabadora del reloj militar que seguía usando en servicio.

Cuando abrió la puerta, la música cubría las conversaciones.

Ramiro levantó una copa.

—¡Miren quién decidió aparecer!

El héroe regresó justo cuando la empresa volvió a dar ganancias.

Los invitados rieron.

Sebastián sonrió con absoluta tranquilidad.

—Eso parece.

Doña Graciela se acercó y acomodó el cuello de su camisa como cuando era niño.

—No hagas preguntas incómodas delante de nuestros socios.

Todo se hizo pensando en proteger tu patrimonio.

—Claro, mamá.

Solo quiero entender cómo crecieron tanto en seis meses.

Ramiro respondió antes que ella.

—Hay oportunidades que solo aparecen cuando alguien sabe tomar decisiones.

Sebastián levantó su copa.

—Entonces brindemos por las decisiones.

Y por quienes las firmaron.

Durante una fracción de segundo, el rostro de Ramiro perdió el color.

Doña Graciela dejó de sonreír.

Ambos entendieron que Sebastián ya había visto algo.

Pero todavía ignoraban lo más importante.

Mientras todos fingían celebrar, el reloj militar seguía grabando cada palabra.

Y, exactamente en ese instante, el comandante de la Guardia Nacional que había servido bajo las órdenes de Sebastián cruzaba la reja principal con una carpeta sellada.

Dentro llevaba el informe pericial que demostraba que todas las firmas atribuidas al capitán durante su misión habían sido falsificadas.

La primera mentira de la familia estaba a segundos de derrumbarse.

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