PARTE 2: LA PRESIDENTA NAVARRO

Adrián llevaba veinte minutos presumiendo ante Victoria cuando las luces de la gala se apagaron.

Una voz anunció:

—Damas y caballeros, recibamos a la presidenta de Navarro Global.

Adrián se puso inmediatamente de pie.

—Esta mujer puede salvar mi empresa —susurró.

Elena apareció en lo alto de la escalera.

Vestía un elegante traje negro. Detrás de ella caminaban su abogado y varios ejecutivos de Navarro Global.

La copa de Adrián se detuvo a medio camino de sus labios.

Victoria palideció.

Margaret dejó caer el bolso.

—¿Elena?

Sophie comenzó a reír nerviosamente.

—Esto debe ser alguna broma.

Entonces cientos de invitados se levantaron para aplaudir.

—Presidenta Navarro.

—Señora Navarro.

—Es un honor conocerla.

Adrián dejó de respirar.

Elena subió al escenario.

—Esta noche debía anunciar una inversión importante.

La pantalla mostró el logotipo de Beaumont Development.

Adrián recuperó parte del color.

Quizá todavía tenía una oportunidad.

Elena continuó:

—El señor Beaumont solicitó trescientos millones de dólares para salvar su compañía.

Todos miraron hacia él.

—Sin embargo, durante nuestra auditoría descubrimos algo interesante.

La pantalla cambió.

Aparecieron documentos, préstamos y garantías.

—Bienes relacionados con Navarro Global fueron utilizados sin autorización para respaldar deudas privadas.

El rostro de Adrián quedó blanco.

—Elena, puedo explicarlo.

Ella lo miró desde el escenario.

—Señor Beaumont, cuando me dejó lavando platos esta noche dijo que yo no entendía cómo funcionaba el mundo de los negocios.

Algunas personas comenzaron a murmurar.

Victoria soltó inmediatamente su brazo.

Elena levantó el primer documento.

—Aquí está el contrato que esperaba recibir.

Lo rompió por la mitad.

—Solicitud rechazada.

Después levantó otro.

—Y aquí está la notificación para iniciar acciones por las irregularidades encontradas en la auditoría.

Margaret se levantó.

—¡Elena, somos familia!

—Curioso.

Elena miró sus manos.

—Hace unas horas yo era la sirvienta.

Sophie bajó el teléfono con el que había intentado grabar.

Adrián avanzó hacia el escenario.

—Hablemos en privado.

—No.

—Soy tu esposo.

Elena sonrió.

—Eso también está a punto de cambiar.

Nathan colocó una tercera carpeta sobre el atril.

Documentos de divorcio.

Adrián se quedó inmóvil.

Victoria comenzó a alejarse discretamente.

—¿Adónde vas? —preguntó Elena.

Victoria se detuvo.

—Esto no tiene nada que ver conmigo.

—¿Segura?

Otra imagen apareció en la pantalla.

Transferencias realizadas desde Beaumont Development hacia una empresa registrada a nombre de Victoria.

Su rostro perdió el color.

Adrián la miró.

—¿Qué es eso?

—No sé.

—Son casi ocho millones —dijo Elena—. Curiosamente, el señor Beaumont solo autorizó tres.

Adrián giró lentamente hacia su amante.

—¿Me robaste?

Victoria retrocedió.

—Tú estabas robando primero.

El salón entero quedó en silencio.

Elena casi sonrió.

En menos de diez palabras, Victoria acababa de confirmar públicamente lo que la auditoría todavía estaba intentando demostrar.

Nathan se acercó y susurró:

—Tenemos suficiente.

Elena descendió del escenario.

Adrián la interceptó.

Ya no parecía arrogante.

—Elena, por favor.

—¿Qué?

Sus ojos estaban desesperados.

—No destruyas nueve años por una noche.

Ella lo miró tranquilamente.

—No fueron nueve años destruidos en una noche.

Dejó los papeles del divorcio frente a él.

—Fueron nueve años que finalmente decidí dejar de desperdiciar.

Y mientras Elena se alejaba entre los invitados, Adrián comprendió demasiado tarde que aquella noche nunca había ido a la gala para conocer a la mujer más poderosa de Nueva York.

Había vivido nueve años casado con ella.

Y jamás se había molestado en conocerla.

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