PARTE 2: LA PREGUNTA QUE DESTRUYÓ AL “HEREDERO” DE PRESTON

A las 10:42 de aquella mañana, mis hijas ya estaban conmigo.

Sophie, de nueve años, llevaba su mochila rosa.

Emily, de siete, abrazaba el conejo de peluche que había tenido desde bebé.

No les dije que su padre acababa de decirme que me las llevara.

Había verdades que ningún niño debería escuchar de la boca de su madre.

—¿Papá viene al aeropuerto? —preguntó Emily.

Tragué saliva.

—No, cariño.

—¿Nos llamará esta noche?

Miré hacia la ventanilla del coche.

—Ya veremos.

Mientras nos dirigíamos al aeropuerto, Preston entraba en una clínica privada acompañado por seis miembros de su familia.

Sus padres.

Su hermana.

Dos tíos.

Y su abuela Margaret.

Siete Hale reunidos alrededor de Brielle Foster como si aquel embarazo fuera una coronación.

Su madre, Victoria, incluso había llevado una pequeña caja.

Dentro había un brazalete de oro que había pertenecido durante generaciones al primer hijo varón de cada rama de la familia.

Preston estaba encantado.

—Hoy veremos al heredero —bromeó su padre.

Nadie mencionó a Sophie.

Nadie mencionó a Emily.

Entonces entró la doctora.

La doctora Rachel Morgan saludó a Brielle y revisó la pantalla.

—¿Diecisiete semanas?

—Sí —respondió Brielle.

Comenzó la ecografía.

Preston grababa con el teléfono.

Victoria lloraba.

Margaret sonreía.

Hasta que la doctora dejó de mover el transductor.

Observó la pantalla.

Después miró el historial.

Volvió a mirar la pantalla.

—Señora Foster, ¿podría confirmar quién es el padre biológico?

Brielle rio nerviosamente.

—Preston.

La doctora miró directamente a mi exmarido.

—¿Preston Hale?

—Sí.

La doctora frunció el ceño.

—Entonces necesito aclarar algo antes de continuar.

La habitación quedó en silencio.

—Señor Hale, ¿usted informó a la clínica sobre su historial médico?

Preston bajó lentamente el teléfono.

—¿Qué historial?

—Su procedimiento de esterilización.

Nadie respiró.

Victoria fue la primera.

—¿Qué procedimiento?

Preston palideció.

—Debe haber un error.

La doctora giró el monitor.

—Según los registros que recibimos del Northlake Medical Center, usted se sometió a una vasectomía hace seis años.

Brielle dejó de sonreír.

—¿Seis años?

Preston se puso de pie.

—Eso es confidencial.

—Preston —susurró su madre—, Sophie tenía tres años entonces.

Yo tampoco sabía nada de aquello.

Porque Preston nunca me lo había contado.

La doctora continuó:

—También consta una prueba posterior que confirmó ausencia de espermatozoides viables.

Brielle retiró la mano de Preston.

—Me dijiste que querías un hijo conmigo.

—Y lo quiero.

—¿Entonces cómo?

Preston miró alrededor.

Por primera vez aquella mañana, no tenía respuesta.

La doctora habló con cautela.

—Una vasectomía no permite afirmar por sí sola quién es o no el padre. Pero dadas las circunstancias, recomendaría una prueba prenatal de paternidad si ambos desean aclararlo.

Margaret Hale observaba a Preston.

No a Brielle.

—¿Por qué te hiciste una vasectomía sin decírselo a Lena?

Aquella pregunta era todavía peor.

Porque seis años atrás Preston y yo seguíamos casados.

Y yo llevaba años creyendo que nuestra familia simplemente se había quedado en dos hijas.

Preston salió de la sala.

Su padre lo siguió.

Brielle empezó a llorar.

Pero Victoria permaneció sentada.

Pensando.

Entonces sacó su teléfono y me llamó.

Yo estaba atravesando el control de seguridad del aeropuerto.

No respondí.

Volvió a llamar.

Después llegó un mensaje.

“Lena, necesito preguntarte algo sobre las niñas.”

Me detuve.

Algo en aquella frase me hizo contestar.

—¿Qué quieres?

—¿Sabías que Preston se hizo una vasectomía?

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Me contó lo ocurrido.

Durante varios segundos no dije nada.

Entonces una fecha apareció en mi memoria.

Seis años.

Emily tenía siete.

Sophie nueve.

Ambas habían nacido antes.

Así que aquello no cambiaba nada sobre mis hijas.

Pero cambiaba mucho sobre mi matrimonio.

—No tenía idea.

Victoria guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Cuándo fue la última vez que tú y Preston intentasteis tener otro hijo?

La pregunta me dolió.

—Hace cinco años.

Silencio.

—Lena…

Comprendí antes de que terminara.

Preston ya sabía que no podía darme otro hijo.

Y durante casi un año me había dejado pensar que el problema podía ser mío.

Consultas.

Análisis.

Meses tomando medicación.

Una intervención menor.

Recuerdo haber llorado en el baño después de cada prueba negativa.

Preston me abrazaba.

Me decía:

“Quizá simplemente no está destinado a ocurrir.”

Todo mientras sabía la verdad.

—Tengo que colgar.

—Espera.

La voz de Victoria cambió.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Preston acaba de decir algo extraño.

—¿Qué dijo?

—Que el bebé de Brielle tenía que ser suyo porque él “se aseguró”.

Miré a Sophie y Emily esperando junto a nuestra puerta de embarque.

—No entiendo.

—Yo tampoco.

Colgué.

No era mi problema.

Eso me repetí.

Preston había elegido su vida.

Yo elegiría la mía.

Nuestro vuelo salía hacia Londres en cuarenta minutos.

Había aceptado un puesto como directora creativa de Hartwell International, la empresa que mi abuelo había fundado y que mi madre dirigía desde Europa.

Preston siempre había despreciado aquella parte de mi familia.

Decía que los Hartwell eran “ricos antiguos jugando a empresarios”.

Lo que nunca comprendió era que mi participación personal en Hartwell International valía más que todo el patrimonio Hale combinado.

Durante nuestro matrimonio jamás había utilizado ese dinero.

Quería construir algo nuestro.

Ahora ya no tenía ninguna razón para esconderme.

Mi teléfono vibró otra vez.

Esta vez era mi abogada.

—Lena, no subas al avión todavía.

—¿Por qué?

—Preston acaba de presentar una solicitud de emergencia para impedir que saques a las niñas del país.

Cerré los ojos.

—Él me dijo que me las llevara.

—Lo sé.

—Está escrito en el acuerdo.

—También lo sé.

—Entonces ¿qué pretende?

Mi abogada hizo una pausa.

—No creo que quiera a las niñas.

Abrí los ojos.

—Explícate.

—La solicitud no pide custodia.

Aquello me desconcertó.

—¿Entonces?

—Quiere impedir que Sophie salga de Estados Unidos.

Solo Sophie.

No Emily.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

—Estoy intentando averiguarlo.

Entonces recibí otro mensaje.

De Preston.

“NO SUBAS A SOPHIE A ESE AVIÓN.”

Lo llamé.

Respondió inmediatamente.

—¿Dónde estás?

—¿Por qué Sophie?

—Lena, escúchame.

—Tienes treinta segundos.

Su respiración era agitada.

—Lo que pasó en la clínica no significa nada.

—Eso tampoco es asunto mío.

—Sí lo es.

—¿Por qué?

Silencio.

—Porque Brielle no quedó embarazada de manera natural.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué has hecho?

—Utilizamos una clínica.

—¿Qué clínica?

No respondió.

—Preston.

—Foster Reproductive Medicine.

Sentí que algo se movía dentro de mi memoria.

Conocía ese nombre.

No porque hubiera ido allí con Preston.

Sino porque Sophie había sido concebida allí.

Nueve años antes.

Después de dos años intentando quedarme embarazada, Preston y yo habíamos recurrido a fertilización asistida.

—No.

Mi voz apenas salió.

—¿Qué hiciste?

—Brielle y yo usamos un embrión.

—¿De quién?

Preston empezó a llorar.

Era la primera vez que lo escuchaba llorar desde que murió su abuelo.

—Creí que era mío.

—¿Qué significa eso?

—La clínica conservaba material de nuestros tratamientos antiguos.

El mundo alrededor desapareció.

—¿Nuestros?

—Lena…

—¿Utilizaste material genético de nuestro tratamiento para embarazar a tu amante?

—No sabía que era tuyo.

Sentí náuseas.

—¿Qué acabas de decir?

—Me dijeron que utilizarían una muestra compatible.

—¿Compatible con quién?

No respondió.

Entonces escuché a alguien gritando detrás de él.

Brielle.

—¡Díselo!

Preston permaneció callado.

Ella le arrebató el teléfono.

—Lena.

Su voz temblaba.

—Acaba de llegar el informe de la clínica.

—¿Qué informe?

—Después de la ecografía, la doctora pidió revisar el expediente completo del embrión.

Se echó a llorar.

—Preston no es el padre genético.

Cerré los ojos.

—¿Entonces quién?

—No hay padre registrado.

—Eso es imposible.

—El embrión ya existía.

Mis piernas dejaron de responder.

Me senté junto a las maletas.

—¿De quién era?

Brielle tardó varios segundos.

—Tuyo.

El ruido del aeropuerto desapareció.

—¿Qué?

—El óvulo es tuyo, Lena.

Miré a mis hijas.

—¿Y el material masculino?

—La clínica está investigándolo.

Entonces mi abogada me envió un documento.

Un informe de almacenamiento embrionario fechado nueve años antes.

Después del tratamiento que había dado lugar al nacimiento de Sophie, quedaban dos embriones viables.

A mí me habían dicho que ninguno había sobrevivido.

Era mentira.

Uno había permanecido congelado.

El otro figuraba como:

TRANSFERIDO — AUTORIZACIÓN P.H.

Preston Hale.

Fecha:

cinco meses atrás.

Sentí que todo mi cuerpo temblaba.

Mi exmarido había permitido que implantaran en su amante un embrión creado durante nuestro matrimonio.

Un bebé que genéticamente podía ser mío.

Pero algo seguía sin encajar.

Si Preston sabía que se había sometido a una vasectomía, ¿por qué estaba tan convencido de que aquel embrión contenía su material genético?

Abrí la segunda página.

Entonces vi una anotación antigua junto al expediente de Sophie.

“PATERNIDAD GENÉTICA: RESULTADO INCOMPATIBLE CON P.H.”

Dejé de respirar.

Preston no era el padre biológico de Sophie.

Y aparentemente llevaba años sabiéndolo.

Miré a mi hija de nueve años.

—Mamá, ¿estás bien?

No pude responder.

Mi abogada volvió a llamar.

—Lena, encontramos por qué Preston intenta impedir que Sophie salga del país.

—Dímelo.

—Hace tres semanas alguien solicitó acceso a su expediente genético.

—¿Quién?

—Un abogado que representa al verdadero padre biológico.

Se me heló la sangre.

—¿Quién es?

—Todavía no tengo el nombre. Pero hay algo peor.

—¿Qué?

—La vasectomía de Preston no fue el secreto que descubrieron hoy.

Mi abogada respiró hondo.

—La clínica acaba de confirmar que el embrión implantado en Brielle y el embrión del que nació Sophie fueron creados con el mismo material genético masculino.

Miré a Sophie.

Después pensé en Brielle.

En el niño que los Hale ya habían llamado heredero.

Y comprendí la verdad.

Aquel bebé no era hijo de Preston.

Era medio hermano completo de Sophie por ambos lados genéticos.

Mi óvulo.

El mismo padre desconocido.

—Lena —dijo mi abogada—, el hombre que reclama ser el padre de Sophie acaba de llegar a la clínica.

—¿Quién?

Hubo una pausa.

—Adrian Hartwell.

El teléfono casi cayó de mi mano.

Porque Hartwell era mi apellido.

Y Adrian Hartwell era el hermano menor de mi padre.

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